Dos muestras colectivas inocuas

Solitarias y desangeladas, 1000 metros cúbicos (Centro MEC) y Una y tres tiras (Instituto Goethe) transcurren sin ningún atractivo. En la primera, se pretende generar «diferentes percepciones sobre la ciudad», un intento fallido que se diluye como agua entre las manos. De los once participantes, pocos revelan una pizca de imagen renovadora. Se destacan el video de Patricia Bentancur, los dibujos de Javier Gil y la performance Lomo de burro (registrada en video) de Javier Abreu, lúcida propuesta que invita a la reflexión. La amplitud de la sala devora las obras, las anula, y no invita a subir al primer piso (escalera incómoda mediante) donde continúa la exhibición.

La insistencia en realizar una exposición anual por el Centro de Tapicistas de Uruguay (CETU) no va más allá del ánimo corporativo por conservar y reunir una actividad que aplacó su energía de los dorados años 50, 60 y 70. Por múltiples razones, una de las cuales es económica, el tapiz perdió impulso creador. Se limita al mini tapiz en esta edición a tiras de 30 centímetros de altura por 8 de ancho, en una demostración de fiesta escolar findeañera. El conjunto, anémico de creatividad, tiene un trabajo atendible de Bernardo Cardarelli, colgante de papel blanco, un modesto atractivo en el refinado Felipe Maqueira y desilusionan los envíos de Olga Bettas (brillante en una muestra anterior en Marte) y Blanca Villamil (original en dos unipersonales en la temporada). Montaje y curadoría inexistentes.

 

Pintor colombiano en el Blanes

El catálogo es atractivo. Muy bien diagramado y con numerosas reproducciones que incitan al largo viaje hasta el lejano Museo Blanes. Pero la exposición no se corresponde con el catálogo. Son veinte cuadros y los menos provocativos. Los cuatro textos son elementales, sin explorar la personalidad del pintor ni arriesgar hipótesis sobre su obra, decorativa en su planimetría con siluetas de hombres desnudos (en otras del catálogo parecen tener sentido), fechadas en 2003, asépticas y decorativas, o referidas a naturalezas muertas y escenas de películas. La buena factura, el contraste de planos lisos y uniformes de color que, al encuentro, dibujan formas bien delimitadas, no son suficientes para que esta muestra permanezca hasta marzo, desplazando el rico acervo del museo.

 

Finaliza la gran bienal de San Pablo

Esta semana es la última para visitar la 27ª Bienal de San Pablo. Será la más memorable de todas y constituirá un referente inevitable para otras futuras. Revolucionaria desde el título, Cómo vivir juntos, la curadora general Lissette Lagnado, sin muchos antecedentes internacionales o locales de fuste, actuando con un equipo bien articulado, reveló un talento innovador, de fuerte contenido político sin deslizarse hacia la ideología o el panfleto. Claro, tenía los antecedentes de las Documenta de Catherine David y Owin Enwezor (la de éste, menos interesante) pero se las ingenió para dar un toque de distinción personal al anular la presencia de los monstruos sagrados del arte internacional, apelar a un par de ellos y situarlos en pie de igualdad con talentos desconocidos provenientes de Africa, Cercano Oriente, Asia y América Latina. Más concentrada en el número de artistas (casi la mitad de sus congéneres), sin imposiciones de pabellones nacionales (como sucede en Venecia), evitando así el parque de diversiones que se asocia a estos encuentros multiculturales. Al contrario, esta nueva edición promovió la reflexión constante, el conocimiento de creadores de primer nivel hasta ahora ignorados o poco difundidos encarando problemas de aquí y ahora, sin pedantería estética o filosófica de divagantes alcances que suele afligir al provincianismo local. Se privilegiaron las instalaciones, el video y la fotografía con sus nuevos recursos operativos y los artistas marginados del tercer mundo accedieron a esta plataforma internacional. Algo nuevo bajo el sol del arte contemporáneo. Menos concurrida por críticos, gestores, curadores y artistas uruguayos que así mantienen un olímpico distanciamiento con la realidad que importa, pontificando, la mayoría de ellos, sobre la nada en un enternecedor discurso del anestesiante ombliguismo nativo. Quizá cuando se editen los catálogos, uno con los seminarios previos realizados antes de la inauguración, esta bienal refuerce el convencimiento de su carácter precursor para aprender a convivir. *

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