Boca de ouro
Boca de ouro de Nelson Rodrigues fue estrenada en Sao paulo el 16 de diciembre de 1999 y es la última puesta en escena de Zé Celso Martínez Correa, sin duda el más importante director de una generación cuya actividad comenzó a fines de la década del 50.
Vista esta obra luego de la apolínea El Traje de Peter Brook, lo que allí es medida, orden, arquitectura es en Zé Celso ruptura de límites, contribución del happening, materiales diversos que aparecen por todas partes y cuya organización no es fácil de establecer.
De entrada Zé Celso sorprendió al elegir para su obra algo muy distinto al teatro de la oficina de Sao Paulo: El teatro San Pedro, un equivalente de nuestro Teatro Solís. Ese fue su primer símbolo: la herradura del teatro, con sus luces doradas, alude a la boca ornada de una completa dentadura de oro que Boca de Ouro, un siniestro capitalista del juego clandestino, obtiene forzadamente de un dentista atemorizado, que no casualmente interpreta el mismo Zé Celso.
Este reciclamiento de un espacio tradicional es una señal del sincretismo que profesa el director: nada se da en vez de algo, sino además de algo, y sin que signifique la abolición del pasado, aunque sea también, necesariamente, su modificación.
En este mismo punto Brook y Zé Celso se encuentran.
Ambos quieren en el teatro ideas que tengan un rostro, así como Brook abrió una ventana, y no sólo la de Filemón en Sophiatown, para que viéramos el mundo de Africa que, lo soportemos o no, es también el nuestro, y por esa abertura hizo entrar al escenario occidental a millones de hombres, también el mensaje de Zé Celso, no menos universal y cosmopolita, apunta a una solidaridad y a una identificación con todo el género humano.
El Brasil es un país de un mundo nuevo, pero lleva en sí a todo el mundo antiguo, como el Teatro San Pedro llevaba en sí el germen de esta puesta en escena que hubiera sorprendido a quienes lo construyeron: los peregrinos se separan en los templos, mas se vuelven a encontrar en los caminos.
Borges, cuya vida fue dinamizada por una continua tensión entre Europa y América, observó que clásicos y románticos discutieron atronadoramente, pero que sus aciertos y sus fracasos eran iguales: Vaz Ferreira, con una formación intelectual análoga, persiguió línea a línea los «paralogismos de falsa oposición» que bloquean el pensamiento. La libertad comienza, y tal vez termina, en nuestros espíritus.
A pesar de que aparente echar mano a toda su panoplia de recursos escénicos, Zé Celso, construye una puesta en escena de paradójica fidelidad al texto de Nelson Rodrigues.
Nada falta y se nos dice que no falta una línea– de lo que escribió Rodrigues; pero también es fiel al alma del autor, que solía decir, en relación a la puesta en escena de sus obras, y con alusión a las ideas de Oswald de Andrade, que le gustaría ser devorado.
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