Psicópata Americano: Violencia yuppie
Cuando la novela American Psycho salió a la calle, ya tenía detrás de sí una larga polémica que incluía una media docena de directivos editoriales aterrados, un editor furioso por el texto que le habían obligado a leer y un escritor que estaba confirmando la mala reputación que había adqurido con sus dos libros previos.
Con la versión fílmica de la novela de Brett Easton Ellis ocurrió algo similar pero en una escala mucho menor: Christian Bale, el protagonista, fue considerado por la prensa hollywodense una suerte de muerto vivo, entendiendo que después de interpretar a Patrick Bateman, pocos papeles le iban a caer.
Bale contestó tímidamente que él era un actor y que en la vida había que hacer de todo. De hecho, el papel que Bale aceptó ya había sido rechazado por Leonardo Di Caprio, quien consideró que el film iba a ser perjudicial para su carrera.
Sin embargo, el entorno de Psicópata Americano parece estar cuidadosamente diseñado para escandalizar lo menos posible. Claro, tomando en cuenta que se trata de un film que narra como un bien formado y musculoso yuppie se dedica a destrozar a sus amantes y amigos con un hacha y una motosierra, entre otras dulzuras.
La directora Mary Harron (Yo le disparé a Andy Warhol) ha sido enfática en señalar el componente de humor (negro, obviamente) del film, como una forma de suavizar la violencia que se ve en la pantalla. Descartadas están las escenas de sexo explícito que marcan buena parte de las páginas del libro, que en caso de ser trasladadas al cine darían como resultado un film lisa y llanamente pornográfico.
Así las cosas, es claro que Psicópata Americano necesariamente pone su foco en una zona algo distinta a lo que intentara Brett Easton Ellis, quien, según sus propias palabras, se limitó a mostrar el mundo de los yuppies de los ochenta, tal como lo recordaba.
Eliminar las secuencias de sexo, que en el libro están generalmente antes de los descuartizamientos y demás asquerosidades es, sin duda, limar buena parte de la carga subersiva del texto. Y es muy probable que nadie, salvo algún director de cine gore, se atreviera a filmar tal cual la violencia que Easton Ellis narra.
Queda por ver si el film saca partido de la implacable sensación de homogeneidad y anonimato que marca a Bateman y su entorno, rodeado de símbolos materiales y absolutamente vacío de afectos y sentido. Recordando la descripción que Easton Ellis hacía del vacío rostro de Bateman, la única pregunta que queda en el tintero es ¿por qué a nadie se le ocurrió que Rob Este, protagonista de la espantosa serie televisiva Guantes de seda, era el intérprete que el film necesitaba?
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