Elarqa, el Times, los concursos
El gobierno Sanguinetti eligió eludir este tradicional método de seleccionar proyectos y encargó algunas de sus obras más relevantes (Torre de Antel, pabellón de Hannover) directamente al arquitecto Carlos Ott, a quien el mandatario –para justificar– comparó con Pelé.
Además, la revista tiene la tradicional sección de diseño (sillones y equipamiento de oficina) y una interesante entrevista al arquitecto griego Yorgos Simeoforidis.
A favor de los concursos, la introducción cita numerosos argumentos, además de la posibilidad de elegir entre los mejores anteproyectos. Vale recordar que si el propio Ott es reconocido y ahora todos sabemos que es un gran arquitecto, es porque ganó un concurso (la Opera de la Bastilla). Pero también que en el concurso para el nuevo Liceo Francés de Montevideo salió quinto.
Son ventajas «la generación de una instancia colectiva en la que cientos de pares abordan un mismo tema», la libertad que da el trabajar con un cliente algo difuso que sólo presenta reglas del juego claras: las bases. En una extensa entrevista, Gustavo Scheps, que fue perdedor, repetidamente ganador y jurado, ahonda conceptualmente y llama a no caer en frases hechas: «no debe asumirse que es la herramienta idónea para producir ‘la’ mejor arquitectura en cualquier circunstancia».
Reconoce al menos cuatro «inconvenientes» de los concursos: su carácter de «instancia explosiva», que limita la relación con el cliente, la posibilidad de que las bases «tiendan a desprender una idea preformada», la posibilidad de que los concursantes proyecten en función del jurado y el costo social, material y personal que implica precisamente que cientos de profesionales hagan proyectos para archivar.
Termómetros culturales
Pero este mismo gasto es relativo. Si la torre de Antel hubiera ido a concurso, aún si ganaba el proyecto de Ott, nos hubiera quedado como documento un muestrario de los mejores intentos de la arquitectura nacional.
La significación cultural de los concursos excede a la obra resultante. Es leyenda que fue un punto de inflexión en nuestra arquitectura el proyecto para el Hospital de Clínicas. Surraco había presentado un anteproyecto de hospital de pabellones (tipo Pereira Rossell) y cuando se le pidió que lo mejorara, viajó a los EEUU y vio los hospitales de torre.
También están publicados los anteproyectos para el Palacio Legislativo. O los presentados para la sede del Chicago Tribune, de donde se aprende en qué estaba la arquitectura de la época. Memorable el de Loos, que propuso una gigantesca columna jónica, pelada y llena de oficinas.
Los proyectos rechazados sirven a veces más que los construidos para conocer la mentalidad de la época. Emir Rodríguez Monegal ubicaba a Onetti en la literatura latinoamericana hablando del concurso que perdió por llegar «demasiado temprano» y del que perdió por hacerlo «demasiado tarde».
Este número de Elarqa contiene diagramas de los proyectos ganadores, segundos premios y menciones de los concursos para seis obras: el monumento a la justicia frente a la suprema corte, la Regional Norte de la Universidad en Salto, el Parque Lavalleja (arroyo Carrasco y la Rambla), la sede del Centro de Farmacias, el memorial de los detenidos desaparecidos y el mencionado Liceo Francés.
El New York Times
Pero volviendo a los diarios, ilustramos esta nota con proyectos para el nuevo local del New York Times, que se va de la 43 y Broadway, cuadra de los teatros que bautizó como «Times Square» (plaza Times). Para la nueva sede de la 8º avenida entre las 40 y 41, llamó a concurso privado en el que intervinieron cuatro grandes de la arquitectura mundial, cuatro Pelés, digamos. Las bases pedían un edificio de 200 metros de alto con 121 mil metros cuadrados cubiertos.
Renzo Piano, uno de los dos autores del Centro Pompidou, que en su momento revolucionó con edificios que sacan para afuera sus «intestinos», propuso una torre que parece sostenida en el aire, rodeada de vidrios parasoles que parecen colgar de la nada.
Norman Foster, autor entre otras obras, de la nueva cúpula del Reichstag, un prisma de lado triangular con muchas plantas, todo en su estilo mezcla de ‘high tech’ con ecología y ahorro de energía.
Frank Gehry, autor del museo Guggenheim de Bilbao, cubierto de metal ondulante, una torre ondulante.
El cuarto es el tucumano César Pelli, autor del Bankboston en Ctalinas Norte (Buenos Aires) que en Nueva York construyó torres para el Museo de Arte moderno y un edificio contiguo al Carnegie Hall. Basado en el concepto de rascacielo como «montaña artificial», proyectó una con fachadas facetadas.
Compartí tu opinión con toda la comunidad