Se viene U-571

La batalla del Atlántico

Seguramente cuando el espectador se deja arrastrar por la acumulación de imágenes de un largometraje como U-571, de Jonathan Mostow, hay como una sensación de regreso a las matinés. Toda la ambientación del espacio bélico, el calado épico de las criaturas involucradas en el desarrollo del conflicto y la propia escritura visual así lo comprueban.

No hay en el filme, por lo tanto, reflexión alguna sobre la idea terrible de la guerra y sus impactos devastadores. Tampoco existe aquella profunda meditación interior que veteaba al estado de ánimo de los personajes tal como se lo practicaba en la reciente (y brillante) Delgada línea roja) o en otros proyectos cinematográficos.

En todo caso, Jonathan Mostow eligió la superficie para hacer el relato de una historia encima y bajo el fondo del Oceáno Atlántico: construir un discurso narrativo donde los personajes con sus gestiones personales y colectivas son los que elaboran el comentario de la propia instancia confrontativa.

Hay héroes (el componente aliado) y desde luego villanos (los nazis). Y, a la manera de las más entrañables matinés, hay inevitablemente una misión casi imposible a cumplir: hundirse en el mar para capturar no solamente a ese submarino alemán averiado y a la deriva y que asimismo da nombre al filme, sino que esencialmente habrá que secuestrar un pequeño sistema de comunicación que –por entonces– utilizaba el enemigo para establecer una conexión entre los distintos submarinos que operaban haciendo destrozos mayores en la inmensidad del Atlántico y, sobre todo, en las áreas de tránsito de destructores o naves de mayor envergadura.

Entre las internas personales (entre el teniente que compone McConaughey y el capitán que cumple correctamente Bill Paxton) y la idea de misión suicida sucede este correcto regreso a las turbulentas aguas de la memoria de la Segunda Guerra.

El aparato denominado «Enigma» es el elemento que puede costar muchas vidas, pero todo sea en pos de la ofensiva aliada y de contrarrestar los golpes letales de los alemanes.

Así que U-571 se concentra en dirimir netamente una lucha donde la muerte impacta en los primeros minutos de metraje: el hecho de hacerse pasar por alemanes frente a verdaderos alemanes (para tomar por asalto el submarino de marras) no llega a cerrar del todo, y allí muere el temerario agente especial David Keith y asimismo el capitán encarnado por Bill Paxton.

Un destructor alemán se encarga de volar en pedazos al submarino aliado, y por lo tanto, los sobrevivientes (Matthew McConaughey, el excelente Harvey Keitel y demás) se montan al U-571 y tratar de sobrevivir en un juego del gato y el ratón con el temible destructor alemán que le lanza arsenales de bombas de profundidad.

Lo cierto es que el filme posee, en un deliberado tono menor, una aplicada ambientación, tenaces roles interpretativos (en particular de MacConaughet) y un paisaje de guerra donde el suspenso, el clima claustrofóbico e hipertenso dentro de la nave bajo el mar redondean una pintura de aquellas voces, aquellos fogonazos y asimismo aquella idea de heroicidad tan inconfundiblemente estadounidense en su manera de expresarse y de exponerse.

Toda una matiné con barcos y submarinos, torpedos y aviones de reconocimiento: U-571 recrea sin que la intensidad decaiga todo un escenario histórico revisitado por Jonathan Mostow con una artesanía que en este caso es sinónimo de solvencia. No es una película mayor ni pretende serlo, pero puede verse.

Estrenada en Punta del Este. En Montevideo, desde el viernes 6.

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