ARTE

Dos grandes dibujantes nacionales

En el Cabildo de Montevideo, Alejandro Turell, nacido en 1975, licenciado en artes plásticas y visuales, pertenece a la Generación del Segundo Milenio. Generación no equivale a tendencia o movimiento estético, sino que agrupa artistas disímiles que en el amanecer del siglo XXI consolidan su formación y formalizan un lenguaje propio pero unidos por un común denominador que los diferencia de las generaciones que los precedieron: una visión aguda de la realidad, un entusiasmo en comunicarla y un profesionalismo en la ejecución formal. Con esos atributos identificables en la colectiva reunida en torno al Premio Paul Cézanne 2004, veinteañeros y treintañeros pusieron de manifiesto un talante innovador en el panorama artístico nacional.

Turell, que en salones nacionales ya había llamado la atención, incluso premiado, fue accediendo a la conformación de un mundo particular, hecho de castigado rigor conceptual y manual. Acumuló un bagaje científico proveniente de la arqueología y las ciencias naturales, con lecturas de Humboldt, Darwin y Larrañaga ensamblando las investigaciones del ayer con las preocupaciones ambientales de hoy. No es pues, de extrañar, que su instalación en el Cabildo de Montevideo titulada C 14 (radiocarbono 14, elemento que fija la fecha aproximada de antiguos fósiles y material orgánico), establezca un recorrido por los orígenes de los elementos y sus transformaciones impuestas por la actividad humana y la propia naturaleza.

La instalación C14 es sencilla y compleja a la vez. La enorme sala municipal podría aplastar y devorar los pequeños grabados y sus respectivas planchas y, sin embargo, el montaje feliz conduce al receptor a concentrarse en ellos, a descubrir el origen de las especies. Son recreaciones de fósiles, aguafuertes y gofrados, dibujos a lápiz y acuarela, que alternan, en oposición y contraste con tanques con aceite quemado, objetos cubiertos de blancas plumas y una línea orientadora y vinculadora de carbones que atraviesa toda la sala mayor. A la manera de los códices de Leonardo, las preocupaciones filosóficas de Beuys plasmadas en dibujos y grabados, o los dibujos de Alberto Greco, y por otro lado, próximo a las propuestas de Rimer Cardillo y Carlos Capelán, Alejandro Turell va desentrañando, en clave poética, los meandros ocultos de la vida que fue y las argucias de la imaginación para develarla. El catálogo, con prólogo inteligente de Thiago Rocca, en íntimo contacto con la obra y sus intenciones, es un buen complemento para el visitante.

De muy otro registro es la muestra de Horacio Guerriero (Hogue), montevideano de 1956, en la Alianza Francesa. Virtuoso del dibujo, cuyos secretos conoce desde tiempos juveniles revelados en la década del ochenta, incursionó por la caricatura y el diseño gráfico, Hogue exhibe en Cuestión de piel una serie sombría de pinturas y dibujos sobre tela y papel, empleando el pastel y el acrílico, una mezcla no siempre adecuada a la eficacia expresiva, restando claridad estructural a la materia coloreada. Cercano a la figuración de algunos surrealistas, apunta hacia la alegoría, en formas entrecruzadas de representación humana, vegetal y animal, en estado de gestación o embrionario, encapsuladas en valijas, cáscaras de maní, frutos, cajas, encajes u hojas de árboles.

El aspecto pictórico resulta denso, obsesivo y la pincelada no asume el poder liberador y expresivo. En cambio, en una sola obra, Tríptico, tela dibujada en sobrio blanco y negro, de grandes dimensiones (360×220 cms.) ubicada en el escenario, la mano infalible del dibujante recorre con fluidez la tela, establece contrastes sutiles entre grises atenuados y otros intensos, la inventiva lineal no parece tener contención y la mirada del receptor es cautivada por el esplendor barroco de ese potente toro con un niño en gestación de inquietantes connotaciones en su metamorfosis estructural con prolongamientos vegetales hasta conseguir una notable unidad.

Hay un aspecto muy negativo a señalar, ajeno a Hogue, pero que lo afecta sensiblemente. Es la falta de respeto hacia la obra del artista por los encargados de la sala pluridimensional de la Alianza Francesa que, al otro día de inaugurada la exposición (pasó con Juan Burgos, se destrozó a Mariana Duarte, vuelve a reiterase cada vez que se organiza cualquier acto), se interponen sillas, proyectores, computadoras, pantallas de cine, se descuida la iluminación (la del escenario estaba apagada y hubo que esfuerzos visuales para detectar la obra). De continuar así, el autor de estas líneas se abstendrá de visitar la sala y de incluirla en la cartelera. Es mejor dedicarse a otros emprendimientos que no alteren de manera tan grosera la obra en exhibición. *

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