El Camino del Norte

El ser humano, como criatura gregaria y social que es, tiene la acuciante necesidad de pertenecer a un grupo con el cual pueda identificarse ideológica y espiritualmente.

Cuando esta socialización es muy fuerte, el individuo logra sentirse parte de la sociedad y de integrarse a un colectivo con el que comparte sus experiencias cotidianas, en pos de construir presupuestos y valores colectivos.

En esta época hedonista y de exacerbado individualismo, resulta paradójico advertir que la globalización nos lleva, cada vez más, a parecernos y a uniformizarnos, como estrategia para no exponernos a la marginación social.

En este contexto, resulta harto riesgoso construir un discurso alternativo a las pautas dominantes de la sociedad contemporánea.

En el centro de este debate está el desarraigo, que refiere a la pérdida de identidad del ser humano, a la sensación de no pertenecer a un lugar, grupo o sociedad. En casos extremos, esta situación conlleva una mutación del individuo, que suele transar para no poder el marco referencia que nos otorga la inclusión en un grupo.

«El camino del Norte», de Horacio Vazquez-Rial, si bien no trata ningún tópico específico, nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el tema de la pérdida de referentes sociales y el desafío del reencuentro y la reinserción en una comunidad.

Varios son los personajes y los escenarios que transita esta novela. Sin embargo, quizá uno de los protagonistas más visibles sea Kramer, un ser humano de pasado confuso y que no recuerda demasiado los últimos dieciocho años de su vida, tiempo en que el que fue un desaparecido más, dado por muerto por familiares y amigos.

Este hombre, que asume un particular protagonismo en el relato, es un desarraigado, no sólo por no pertenecer a ningún lugar en su calidad de oficialmente muerto, sino también por sus evidentes dificultades para descubrir quién fue y quién es.

Esa azarosa búsqueda la comparte con extraños y desconocidos aliados, que parecen saber más de su vida de lo que él puede recordar.

Entre estos seres se encuentra Lucinda, una prima que fue su primer gran amor, el más lejano pero también el único que dejo una marca imborrable en su alma.

Otros personajes del pueblo en el cual vive esta mujer -que es el único referente que Kramer conserva y a quien acude en busca de sosiego- desfilan en el decurso de la narración, aportando sustancia y cotidianidad al relato. Empero, esas criaturas literarias parecen algo forzadas en su constante búsqueda de respuestas metafísicas y existenciales, lo que les resta bastante credibilidad y las transforma, a la sazón, en camuflados reflejos del autor. Si bien el autor elabora una suerte de intriga en torno a lo que ocultan sus personajes, un puñado de seres que suelen diferir de lo que en un primer momento parecen, la novela no logra conmover, ni por su temática ni por su pulso narrativo.

Sin embargo esta novela de Horacio Vazquez-Rial genera, por momentos, cierto interés en el lector, por la correcta construcción del retrato psicológico de cada personaje. *

(Grupo Editorial Norma)

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