Dulce y melancólico: el rostro detrás de la máscara
Todas las notas de prensa aclaran que esta última realización de Woody Allen juega –muy al estilo borgeano– con la biografía ficcionada de un supuesto Emmet Ray, eximio guitarrista de las primeras décadas del siglo. A partir de esta premisa, el director de Zelig acomoda sus piezas e, incluso, llega a ofrecer diversas variantes (en el supuesto desenlace de una escena), como probables versiones de lo que «en realidad» pudo haber ocurrido en determinado momento de la historia narrada. De todos modos, esta «mitología» no es tomada demasiado en serio por el propio autor (que aparece frente a una cámara fija hablando del artista, al igual que otros presuntos «especialistas» musicales que inventan hasta una discografía del personaje en cuestión).
Esas mismas notas de prensa también han señalado que esta nueva propuesta de Allen rinde tributo a sus predilecciones musicales, en donde el jazz aparece ubicado en un sitial de privilegio (no debemos olvidar que el propio cineasta es clarnietista y toca en un selecto club de Nueva York una vez por semana, quizás como placentera terapia de sus obsesiones personales). Y aquí es –quizás–, donde emergen nuevamente esos puntos de contacto entre el creador y todos los personajes que ha venido plasmando en escena desde sus comienzos. Obviando aquellas realizaciones en donde el propio crador ha asumido un rol protagónico y las señales eran más claras, Dulce y melancólico, a juicio de quien suscribe, resulta otra vuelta de tuerca en donde el autor se oculta detrás de un alter ego para desnudar su alma y confesarse.
Es así que aparece un artista egocéntrico, vanidoso e incapaz de madurar en el terrreno afectivo. Con una sinceridad desprovista de piedades, Woody Allen se radiografía sin demasiadas autojustificaciones. Allen es Ray retratado de pies a cabeza; con sus manías, contradicciones y genialidades. Cuando el artista se despoja de su guitarra, baja del pedestal, se convierte en un canallesco misógino aterrorizado: un ser débil aunque ligeramente simpático pero definitivamente inconsciente del daño que causa en los sentimientos ajenos. Sin lugar a dudas el creador de Todo lo que usted quería saber sobre el sexo y no se animaba a preguntar, se conoce muy bien. Incapaz de confesar públicamente su realidad humana, apela al arte que lo ha consagrado para autocastigarse o, a lo mejor, redimirse.
En este caso, el resultado de su personal terapia cinematográfica impresiona como una obra menor a pesar de la excelente interpretación de Sean Penn (que obtuvo una nominación al Oscar como Mejor Actor por este trabajo) y la no menos descollante presencia de Samantha Morton, también nominada, por el papel de una muda (¿velada ironía de Woody?) que resulta ser el amor imposible de Emmet Ray.
En resumen, imperdible para los amantes del jazz y seguidores incondicionales de Woody Allen entre los que se encuentra el autor de esta breve nota. Ahora sólo resta seguir esperando una nueva entrega de este talentoso cineasta. Hasta la próxima, Woody.
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