El agite de Los Pericos
Cuando Los Pericos decidieron marcar el cierre de su más que incidente y expresivo concierto con sus clásicos «El ritual de la banana» y «No me pares», el público masivamente se había dejado seducir de antemano. Fue un show para fans de la estilística o el proyecto de canciones que han propuesto a lo largo de más de una década el Bahiano y los suyos: ven, baila, corea y todos nos divertimos. Así fue.
Como prólogo al set intenso de los argentinos, los habituales números artísticos locales actuaron como soportes y mandaron respectivamente sus ideas de hacer canción popular o rock: la propuesta de No Te Va A Gustar está en pleno desarrollo de sus potencialidades expresivas y creativas.
Esa química entre furiosa y melancólica, de estirpe coloquial, posee aciertos parciales y una personalidad sonora que está en fase de crecimiento. Es un proyecto que debe decantarse, afinarse aún más, especialmente en esa inevitable conexión o ligazón que debe existir entre texto y respaldo estrictamente musical. Por momentos impactaron; en otros, el grupo se queda a mitad de camino, aunque habrá que seguir escuchando esta línea de gestión musical con atención. Kongo Bongo vive y lucha con su línea especialmente rítmica y con una textualidad que no ofrece novedades y que ciertamente los ha situado dentro del pelotón de las diversas manifestaciones sonoras de la cultura rock uruguaya. El auditorio se manejó con ambas bandas locales.
Los Pericos, desde el vamos, lograron movilizar a su prendidísimo auditorio con canciones como «Pupilas lejanas», «Nada que perder», entre otras para júbilo de una gente más que jubilosa como receptores. Es que no solamente han crecido como instrumentistas (y el Bahiano como un cantante de ineludible temperamento y expresividad), sino que al mismo tiempo mejoraron notablemente su modo escénico y su forma de abalanzarse sobre un público multitudinario además de regular su concierto con una estructura muy afinada de su repertorio que recorrió –para el placer de sus fans– buena parte de su obra fundada con gran solvencia interpretativa. Personalmente soy de los que piensan que efectivamente el proyecto de Los pericos creció en todos sus niveles ejecutivos –y por ello ganó en expansión y en popularidad–, pero no obstante no alcanza para darles el mérito de ser una banda mayor.
En todo caso en recital de hora y media comprobaron que se trata de un proyecto con ambiciones que a veces hasta parecen desmesuradas, y que le restan volumen. Pero en la vorágine de un concierto, parece que nada importa si el público está complacido. Ergo, Los Pericos se vuelven inevitablemente una forma de la complacencia. Tienen, por supuesto, sus grandes aciertos, se atreven a visitar a Bob Marley (en términos de tributo) y por cierto desde luego que lucen carismático (especialmente el Bahiano), pero después del sonido luminoso invitando permanentemente a bailar, a agitar en el más noble de los términos, todo parece diluirse y cuando uno llega a casa pone cualquier disco de Sublime y entonces las cosas vuelven a su exacto lugar.
De igual modo, la gente se acopló a la modalidad y a la sensibilidad musical de Los pericos y todo fue de fiesta.
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