Inauguran un alemán y cuatro uruguayos
* En la breve trayectoria de Pablo Bruera (Montevideo, 1972) hay una voluntad de expresarse por medios plásticos. De sus tanteos iniciales, primarios y olvidables, en el dibujo y la pintura, fue construyendo, con la frecuentación de diversos talleres, una dignidad expresiva que consolidó en el plano de la tradición del cuadro de caballete. Por sus vinculaciones laborales en medios gráficos (al igual que otros colegas) frente a las interrogantes quizá angustiantes de los nuevos medios, prefiere recorrer los sólidos caminos seculares.
Las obras fechadas en 1998, paisajes de ciudades ficticias o caprichosas (a la sombra venerable de las que elaboró Hilda López), están signadas por efectos atractivos por su formulación abierta, curioso maridaje de líneas y planos que apresan pinceladas sueltas, con ráfagas de instancias poéticas. Luego, apela al formato mayor, emplea el temible betún de judea, y rigidiza la composición con planteos contradictorios, apegado a un pasado reciente. Una muestra que, por lo menos, plantea un expectante porvenir individual. (Instituto Goethe).
* Enrolado en la temática paisajista está también Juan Giménez, aunque la obvia dependencia de Bruno Widman e Ignacio Iturria (en clave menor, acaso mínima), retórica y amanerada, adelgaza el interés. Sin embargo, en las acuarelas, especialmente una, de fresco talante inventivo, abre una incógnita en el camino a seguir. (Sala Carlos F. Sáez)
* María Minetti tiene antecedentes escultóricos bien establecidos. Desde el año pasado, que optó otra orientación formal, los resultados no han cuajado con entera felicidad. Si en la Colección Engelman Ost la estructura presentada era más apta para el espacio natural y abierto (hay que ver lo bien que funciona Octavio Podestá en los jardines del Crandon), la apresurada propuesta actual en vidrio, es incomprensible. Aún con las referencias mitológicas, el ensamblaje infeliz del rayo (torpe en el diseño, el color, el material elegido y la ubicación) y las ondulantes chapas de vidrio (Agueda Dicancro las empleó en los primeros tiempos) el conjunto es escasamente significante a pesar del exceso de espectacularidad escenográfica. (Museo de Arte Contemporáneo)
* En «Rapsodia» y «Entertainment», lo atendible de Diego Focaccio (Montevideo,1967), extraño pintor de una erótica abstracta que no cultivó con regularidad y no siempre bien comprendido, abandona, no se sabe si circunstancialmente, el cuadro para proponer dos aspectos a modo de instalación (también sonora, hay un CD ROM) con una asepsia en el montaje, cuidado del detalle y calculado en la visión general que si satisface por la claridad de disposición de los elementos, la lectura obedece a códigos de circulación restricta. (Alianza Cultural Uruguay Estados Unidos)
* «La Mesa» de Enrique Medina, pintor con antecedentes estimables en el geometrismo y la figuración, uno de los notables profesionales (incluso en su abundante faz comercial), de la pintura uruguaya, se interna, de repente, por la temática religiosa. Ofrece un homenaje a Leonardo da Vinci tomando como punto de referencia «La última cena», ese fresco (o los escasos restos que quedaron) malamente reconstruido en Milán y habilitado al público en 1999. Lo hace a través de telas enormes y pequeñas, simulando efectos de relieve, en todos los colores y tonalidades posibles, desde el blanco al negro. La habilidad para resolver la composición no impide la monotonía, la falta de inspiración y el aburrimiento de una sala abarrotada de amenazadoras figuras bíblicas. Con severidad, con escasos elementos, Agueda Dicancro demostró en la Bienal de Porto Alegre que el tema puede tener una dimensión severamente emotiva y connotativa, incluso de contemporaneidad, de primer nivel. (Galería Latina)
* La fotografía es abundante en varias salas. Pero el ensayo multidisciplinario de «Montevideo X 3″ (fotos, música, textos) esquivando cualquier recorrido turístico es una interpretación inteligente de un trío francés que supo ensamblar (en lo técnico, en lo conceptual) una visión convincente de la ciudad. (Colección Engelman Ost, lunes a viernes de 17.00 a 19.00).
Inauguraciones de la semana
Hay varias, algunas con escasa información. Lucía Pittaluga exhibirá con el título «Jardín», en Galería Del Paseo (miércoles a las 19.00); Marcos Ibarra, el mismo día, en Sala Cinemateca, mientras Ricardo Galicchio presentará dibujos en el boliche La Crêperie, el jueves.
El martes coinciden dos exposiciones. En el Centro Municipal de Exposiciones, el alemán Georg Baselitz (1938) figura reconocida internacionalmente entre las principales del neoexpresionismo o pintura salvaje, emergente a fines de la década del setenta. Pintor, escultor y grabador, presentará una retrospectiva de 81 estampas. Un importante catálogo de 135 páginas y numerosas reproducciones, texto de Götz Adriani, acompaña la muestra auspiciada por el Instituto Goethe. Su obra se singulariza por disponer las figuras al revés ( pintadas o dibujadas de esa manera y no dadas vuelta), en clave simbólica.
En Galería Pocitos, Luis Arbondo, un artiguense con fecunda trayectoria en el país y el exterior, reaparece con «Montevideo X 2″, doce trabajos y dos maneras de enfocar la visión urbana.
En un diálogo con Arbondo, se pudo ampliar sus motivaciones y otras cosas. Acerca de la exposición: «El motivo tiene varias connotaciones. Una, mostrar mi trabajo de los últimos tiempos. Dos, pasar a otra etapa en mi trabajo y tres, ponerme nuevamente en el mapa, es decir, decir que todavía existo, ya que en este país en cuanto no exponés con cierta frecuencia, desaparecés y es como si ya no existieras. Acerca del tema: Porque es la ciudad donde vivo, la ciudad de la cual estuve ausente durante 20 años y la ciudad que me duele. Si bien es una visión figurativa, no lo es en cuanto no se refiere a un paisaje o un lugar que se pueda localizar en la ciudad, sino que me llamo ‘un ladrón de cachitos de ciudad’ que luego recompongo en un elemento único. De ahí que todavía me considero un abstracto y nunca dejé de serlo aunque la forma parezca lo contrario. Vivimos en una cultura del ‘todo gratis’. Parece cosa de locos, pero no lo es. Todo el desarrollo del quehacer cultural de este país es todo gratis, menos para quien lo hace, es decir, las pinturas cuestan, los enmarcados cuestan, los catálogos, los sobres y los sellos de correo también. Cuesta dinero que sale del bolsillo del artista que con mucho sacrificio paga (y a precio de mercado), quedando muchas veces endeudado durante largo tiempo. Los ejemplos abundan y son conocidos».
Del cambio del plano al volumen afirmó: «Resulta que un día al terminar de pintar un cuadro, me puse a mirarlo con el ojo crítico, tratando de ver los errores, esos que no se ven cuando uno está metido de lleno en su elaboración. En ese momento me vino a la memoria los viejos libros infantiles que al abrirlos cobraban volumen, una casita de Caperucita Roja o el castillo donde vivía el ogro.
A partir de ahí me interesé en saber cómo se hacían. Me llevó mucho tiempo llegar a concretar la idea hasta que al fin la logré. Todavía hay aspectos que me cuestan un poco, no estoy del todo satisfecho, pero creo en lo que hago y seguiré trabajando hasta obtener mejores resultados».
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