Humor absurdo y detectives epigramáticos
Una manera de describir este filme es decir que se trata de una comedia negra con rasgos de historia detectivesca, cargada de situaciones humorísticas, diálogos absurdos y frases epigramáticas. El protagonista es un perdedor a quien el destino ha jugado varias malas pasadas, hace lo que no quiere hacer y es quien no quiere ser. Pero ha salido de la cárcel y confía en que las cosas van a cambiar para mejor. Al principio parece ser así. Luego conoce al exitoso dueño de un restaurante vegetariano, y todo empieza a enredarse.
Tal vez no haya que contar mucho más acerca del filme, parte de cuya eficacia deriva precisamente de su gusto por la sorpresa, lo insólito, lo inesperado. La primera impresión puede ser la de que nada tiene que ver con nada, y sin embargo las cosas se van encadenando: algo que comienza de manera bastante extraña y bizarra crece en extrañeza y bizarría, hasta un final muy loco. En una segunda visión, empero, cuando el espectador conoce ya todos los trucos, es posible descubrir la destreza y la inteligencia con que está armado el conjunto: en realidad todo tiene que ver con todo, la aparente simpleza del humor esconde una considerable sutileza, y se percibe mejor incluso una entrelinea levemente mórbida.
Detrás del filme está la personalidad del propio director Ondricek, nacido en la ciudad de Praga en 1969, estudiante en la célebre escuela FAMU de esa ciudad y en el Columbia College de Chicago, autor de numerosos videos musicales, comerciales y filmes documentales antes de saltar al largometraje de ficción con Septej (1996), una película de la que se ha dicho que tenía «adrenalina, amor e imaginación» y que llegó a llamar la atención en el muy juvenil festival de Rotterdam, además de convertirse en su país en uno de los mayores éxitos de taquilla (apenas por debajo de Kolya, premiada con un Oscar).
La mejor fama de Ondricek comenzó empero con su siguiente película, Samotári (2000), una comedia sobre un operador turístico y la elaborada farsa que él y otros checos arman para venderles una imagen «cotidiana» del país a los visitantes. En esa película de (se ha dicho) humor extraño asomaban ya como actores los mismos Machacek y Trojan que son aquí protagonistas y colibretistas. Ello establece una obvia relación entre ambos filmes, más allá de la diversidad de estilos. Quizás haya que ser checo para apreciar cien por ciento el humor de esta comedia, pero el ochenta por ciento de ella, por lo menos, es universal. Y muy divertido. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad