Más allá de las nubes, de Antonioni y Wenders

Tan lejos y tan poco

La fusión de estos pesos pesados de la pantalla grande llevó al celuloide el título Más allá de las nubes, una adaptación de cuatro textos que el propio Antonioni había escrito por la década del ochenta en el libro Quel bowling sul Tevere.

Lo primero que puede decirse es que Más allá de las nubes es Antonioni antes que Wenders. El director de Las alas del deseo logró captar y respetar la esencia tanto conceptual como visual del maestro italiano, sin descartar posibles presiones del cineasta itálico que (según se dice), llegó a discrepar con algunas propuestas del creador de El estado de las cosas.

El filme reúne cuatro historias dispares; una de ellas (Crónicas de un amor inapresable), plantea el desencuentro afectivo de dos jóvenes en un hotel de Ferrara. El segundo relato (La muchacha y el delito) deriva en la búsqueda especial que un director cinematográfico emprende en la ciudad turística de Portofino hasta toparse con una inesperada sobre un trágico hecho de sangre.

En tercer lugar (No busque más volverme a ver), la acción se traslada a París donde se entrecruzan los destinos de algunos personajes en calidad de amantes, mujeres despechadas y maridos abandonados. Por último (Este cuerpo de barro), plantea el amor no correspondido de una joven mujer que, por su vocación religiosa, rehúsa los requerimientos sentimentales de un muchacho desconocido.

Detrás de estas líneas de acción aparece el universo de Antonioni con sus componentes temáticos sobre la incomunicación y la soledad. Una preocupación constante a la que el director de El desierto rojo suma una interrogante acerca de la eficacia con que las imágenes puedan transmitir esas zonas cerradas al ojo humano.

Cada fotograma es un monólogo de John Malkovich donde señala la siguiente idea: «Nosotros sabemos que bajo la imagen revelada existe otra imagen más fiel a la realidad y, bajo ésta, otra aún y que, detrás de esta última, puede aparecer de nuevo otra imagen. Así hasta llegar a la imagen verdadera de dicha realidad absoluta, misteriosa, que nadie nunca verá».

Esta misteriosa verdad revelada detrás de las apariencias engañosas puede ser un tópico fácil de advertir en el pasaje de La muchacha y el delito donde un bello rostro femenino puede ocultar la tremenda historia de un parricidio. Pero quedarse sólo con el concepto básico de Antonioni sería parcializar el total de una obra que puede conceder tantas lecturas como lectores de esta propuesta audiovisual.

El filme también supone, a fin de cuentas, un homenaje de Wenders al realizador de El eclipse (a pesar de los probables encontronazos) y un intento de explicar lo inexplicable; esas interrogantes mayúsculas que hablan de las pasiones. El cineasta tiene la responsabilidad de rastrear el mundo, percibir sus entrañas y filtrar esa mirada inquisitiva en las correspondientes imágenes de imágenes, corriendo el riesgo que dichas superficies (¿de superficies?) puedan resultar incompletas tanto para el emisor como para el receptor. Y la superficie visual que documenta el filme es coherente con el circuito esteticista de Antonioni en donde se superponen prolongados planos secuencias, algunos encuadres casi geométricos y la clásica morosidad para enfatizar ciertos pasajes, justicia es decirlo.

Más allá de las nubes agrega poco y nada a la obra consumada de Michelángelo Antonioni pero refresca la memoria sobre uno de los aportes más relevantes que tuvo el cine a mediados del Siglo XX. De paso, el homenaje se viste de estelaridades de la talla de John Malkovich, Sophie Marceau, Fanny Ardant, Jean Reno, Marcello Mastroianni y Jeanne Moreau. No es poca cosa, aunque Antonioni hace años que ya ha dicho todo lo que tenía que decir.

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