El peso de lo no vivido
«Griselda se maneja siempre en el conflicto –explica Moretti–. Nunca sabés en qué va a terminar esa visita, que está representada en tiempo real, sin cortes, desde que la hija llega hasta el final. No hasta que se va, porque en realidad se va varias veces. Pero vuelve.»
Más allá de la peculiaridad de la situación, «los temas que trata son universales desde el punto de vista humano. ¿Cómo se hace para reanudar una relación? –agrega–. Siempre el peso de lo no vivido es muy grande. Y hay un espacio para la reflexión, pese a la brevedad. Está la necesidad de esa hija, la búsqueda de la imagen materna. Y atrás está siempre lo que no se dice. Siempre hay un doble texto que está como multiplicando la pieza».
«La hija, Leticia (Solange Terneiro) ya es una mujer casada con hijos. ¿Cómo integra en su familia a esa madre? La madre, Matilde (Stella Texeira) tiene un carácter muy fuerte, que no facilita las cosas. En un momento le dice que no la abandonó por problemas económicos: ‘quería ir a bailar’. La tercera, Eugenia (Rebeca Franco), que es la compañera de la madre, todo el tiempo es como un puente entre las dos, y contrasta con la agresividad de Matilde», explica el director.
«Finalmente, otra cosa genial, la autora no resuelve el conflicto. Las deja. La última palabra, ‘Mamá’, no es concluyente –opina–. No sabemos cómo va a evolucionar esa relación».
Griselda Gambaro, nacida en 1928, es una de las más relevantes autoras teatrales de Argentina, además de novelista. Fue etiquetada en el grupo de dramaturgos «del absurdo», que en los 60 confrontaba con los «realistas» sociales. Durante la dictadura debió emigrar cuando el propio Videla firmó un decreto prohibiendo una novela suya. Actualmente es una de las intelectuales más respetadas, y de las más prolíficas. De profesión maternal es de 1999 (fue dirigida por Laura Yusem) y ese mismo año ya estrenó Dar la vuelta.
Moretti, que integra El Galpón desde 1962, actuó en 30 obras, iluminó otras 45. Entre ellas, La malasangre de Gambaro, dirigida por Carlos Aguilera en Casa del Teatro. Como director, se ha revelado en los últimos años, con un Florencio en 1992. Tiene en cartel dos obras de Raquel Diana, Cuentos de hadas y Escenas de la vida posmoderna. La primera acaba de ser invitada al Festival de Porto Alegre e irá al de Cádiz con un contrato para hacer una gira por España.
«Me hubiera gustado ver la puesta argentina. Yo no soy de los que tengo miedo de que me influencie. Al revés, creo que me hubiera enriquecido» –dice Moretti–. «Lo mismo en los ensayos, los actores te pueden alertar sobre un punto de vista que se te había escapado».
«Un texto me tiene que atrapar por algún lado en la primera lectura. A veces, como decía Peter Brook, por ‘un oscuro presentimiento’. Pero al comenzar a trabajar, no todo está muy claro. Yo empiezo hablando mucho con las actrices. No tanto leer. Después ya vamos arriba del escenario, improvisando, largando cosas. No hay cosa más linda que el trabajo con los actores. El descubrimiento del alma de esas personas es fantástico» –dice con entusiasmo–. «Si uno logra tocarle el alma a un actor, tiene un porcentaje de ganancia que es muy grande. Y hay que trabajar hasta los defectos. con el ser integral, con lo que es y lo que no es la persona».
En el caso de El Galpón, reconoce riesgos adicionales. No sólo que «el elenco de Mnoushkine en París ensaya de 9 a 21 un año y aquí, por ejemplo Solange venía con las preocupaciones de las finanzas de El Galpón, para trabajar a lo sumo 3 o 4 horas». También, pasa que «a veces un elenco trabaja mucho junto y nos relacionamos como una familia. Pero en el escenario, la relación debe ser otra para poder enfrentar al hecho artístico. Pasa por lo disciplinario, por lo ético. Tenés que tener las coordenadas muy claras. Si no, no se produce la creación».
Terminados los ensayos, un día como hoy, viene el estreno y con él otro tipo de gratificación. «Me gusta el teatro que dice cosas sobre seres humanos.
La relación que se produce con el público, por ejemplo con Cuentos de hadas, es fantástica. Ahí uno siente que se produce el fenómeno». Y todo valió la pena.
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