OXIMORON, DE SABRINA SPERANZA Y CRISTINA VELASQUEZ, EN EL TEATRO DEL MERCADO

La escena del teatro no es una reunión social, aunque debe ser una fiesta

Actuar es un arte difícil; pero lo sobrevaloran. Sienten extrañas emociones; les da vueltas la cabeza, pero están firmes en el escenario. Han aprendido a hacer suyos a Shakespeare, a Esquilo, a Chejov. Han tocado el cielo; y creen que siempre que actúen será convocado ese estado místico. Piensan que el tema no importa, y vemos y oímos dos historias sin conexión entre sí; las dos historias tienen un destello de grandeza pero terminan en un lugar común y en un préstamo. La primera historia es la muy gastada del muchacho, Rubén (Cristina Velásquez), a quien el padre quiere iniciar en el sexo con una prostituta, su fracaso y su inmediata asunción de que es homosexual. Esta horrenda historia atrae, aunque no se sepa por qué: pero atrae el crimen, porque hay un crimen; y en el crimen suele estar la tragedia. La historia de la «iniciación» es la historia de una violación brutal, del padre al hijo, quizás la primera relación homosexual de la víctima; una violación que deja una impronta. Pero Velázquez y Speranza sólo atinan a poner en los labios del desdichado un pobre «Â¡Tengo derecho a hacer de mi cuerpo lo que me venga en gana!». Quizás no estés haciendo, Rubén, lo que te viene en gana; y ese fue tu drama, y quizás tu tragedia; y la intensidad de Velázquez casi dice lo que la trama pasa por alto. La segunda es de corte policial, y parece extraída de un video o DVD. Algo como «Carrie»: es la venganza de Josefina, postergada y excluida. Hubo, también aquí, momentos que nos ilusionaron: los actos de contrición de la muchacha, que se le han grabado en el alma hasta hacerla sentir culpable siempre. Allí se sintió el poder de percusión, puramente mecánico, de palabras y ritos. Entrevimos parte de la educación de algunas de nuestras jóvenes, la potencia trituradora de la religión, los poderes del miedo, el extraño respeto hacia quien habla en nombre de Dios. Esos poderes existen; y el personaje de «Oximoron» da testimonio. Intimidar es un arte también, y sobre todo un artificio. Pascal decía que si nos arrodillamos y tomamos agua bendita suficientes veces, creeremos en Dios. Los iniciados en los misterios de Eleusis debían caminar previamente más de diez kilómetros; podía no haber nada en el pozo Kalíkoros, pero había endorfinas en la sangre. Pero ese instante de «Oximoron» fue, de nuevo, un destello: vino el crimen absurdo de la jovencita vengativa, a lo Stephen King, y su muerte. No le encontramos justificación al cavernoso prólogo, a cargo de Horacio Lapuriz, que reitera obsesivamente la palabra «perdón», que tanto va a significar en la historia de Josefina, y que, por si fuera poco, agrega aquel impertinente latiguillo, que fatigó Alberto Restuccia, del saludo al público y de la inmediata queja porque no le contestan «Â¡Buenas noches!», lo que le permite al actor apremiarnos con que aquel silencio es «mala educación»: y aquí también apareció el convento. Pero la escena del teatro no es una reunión social, aunque debe ser una fiesta.

OXIMORON, de Sabrina Speranza y Cristina Velásquez, con Horacio Lapuriz, Cristina Velásquez y Sabrina Speranza. Escenografía de Herson Sapone, luces de Alejandro Carbonell, dirección de Alejandro Dutra. En Teatro del Mercado.*

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