Orhan Pamuk: ¿premio Nobel de la concordia o al revés?
La vida es apasionante y misteriosa. Orhan («rojo») Pamuk, premio Nobel de Literatura 2006, podría estar de acuerdo o no con esa frase. En efecto, la Academia de los Nobel, en Estocolmo, ¿imaginaba que el mismo día 12 de octubre la Asamblea francesa aprobaría una ley que considera un delito que se pueda negar el genocidio sufrido por los armenios de los turcos?
La Academia de los Nobel ha posibilitado, el día 12, que el escritor turco Orhan Pamuk haya hecho coincidir los dos acontecimientos, es decir, el Premio y la delicada y compleja historia de la masacre de los armenios. Justamente hace un año, el memorable autor Me llamo Rojo (nadie puede decir que miente) y de la prodigiosa novela Estambul, ciudad y recuerdos se confrontará con los tribunales de su país por haber asumido, en una entrevista concedida al periódico suizo Tagel Anzeiger, que Turquía era responsable de las masacres de kurdos y de armenios. Añadió: «Casi nadie se atreve a decirlo, salvo yo». Se consideró, por un juez de Sisli, que el escritor podía ser inculpado, según el artículo 301 (sobre denigración de la «identidad turca», pero lo cierto es la ofensiva de la Unión Europea y la realidad de una nueva Turquía que aspira a integrarse en la «Europa ampliada» eliminaron la posibilidad de que el autor de La casa del silencio (como de El astrólogo y el sultán: oriente y Occidente en el imperio, todas traducidas ya al español) o El libro negro, no fuera a prisión. Ahora, Pamuk declara que Francia se ha excedido.
Yo creo que lo esencial permanece: que Orhan Pamuk superará la controversia y el escándalo para ser lo que es: un inmenso escritor de dos mundos históricos y de la memoria de Estambul, es decir, de la vieja Constantinopla de Bizancio que dejara asombrados a los cruzados del papa Urbano II cuando, en su yihad, como huestes de masacres, se encaminaban hacia Jerusalén (Al-Quds o Ciudad Santa, también para los islámicos de Mahoma) en 1099 porque se culminó con una matanza de islámicos y judíos, que quedó, para siempre, en la memoria árabe. De igual suerte que la sangre derramada de los armenios.
Lo que no hay duda es que si Benedicto XVI, al citar al emperador del siglo XIV como prueba contra Mahoma, hubiera asumido las masacres, también, de las cruzadas cristianas en sus ocho cruzadas, se hubiera establecido un equilibrio en su proyección teológica sobre la razón y la fe, ya que las guerras santas derivadas de la apelación del papa Urbano II, en 1095, hubieran permitido pensar que la memoria no tiene, solamente, una dimensión: un solo camino.
De la misma manera, la coincidencia (¿?) entre el Nobel y la decisión de la Asamblea francesa no impide, al menos a mí, rescatar una verdad aleccionadora: que Orhan Pamuk, con sus libros, con sus novelas, ha tendido un puente entre dos universos que hoy requieren, para sobrevivir con dignidad sobre todos los fanatismos, incluidos también los de las cruzadas, un entendimiento. Hijo de una familia opulenta, arquitecto de profesión y con su casa sobre los prodigios, absolutamente fabulosos, de Estambul-Constantinopla, la obra de Pamuk es una mirada sobre la Turquía que vio morir el último califato bajo la impresionante obra –laicismo y Estado nuevo– de Mustafá Kemal Ataturk, Padre de los Turcos. Esa fascinante obra (lean su Estambul y vuelen a Constantinopla) es un mirador sobre un país, como Turquía, que está físicamente, sobre «dos continentes» y, a la vez, sobres dos o más religiones porque Turquía, laica (kemalista) e islámica espera que el puente «rojo» (Orhan) sea un cambio para el entendimiento en Europa y no para la polémica: del griego, polemos, guerra. *
Diario El Universal, de México
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