"¡Dense prisa, vamos a cerrar!"
El arte no es imaginación, y desde antaño se nos invitó a desconfiar de la «loca de la casa»; para Fernando Alonso debe ser, si no la reina, el primer ministro. Los locos pueden ser divertidos, a ratos, decir verdades, lucir brillantes. Al fin uno quiere encontrarles unidad en la diversidad, y comprende que está ante el vacío. Podríamos decir que por partes, algo hemos disfrutado de la pieza: algunas secuencias con emoción e ingenio, algunos buenos momentos en la actuación, una fuerza de integración que lucha contra la extrema variedad y para los que gustan de la «música popular» quizás la música. Nos han dicho que la banda sonora es muy buena; no vamos a contradecir esta afirmación, pero escenografía, música, sonido, ambientación musical y coreografía son prescindibles. Tal vez sean un lujo; tal vez el lujo tenga algún sentido, como un homenaje casual a la belleza, a su necesaria adopción por la vida corriente; pero el lujo es una rosa que se regala a la mujer que se ama, y muchas rosas no hacen una obra de teatro. «Â¡Dense prisa, vamos a cerrar!» nos recuerda una escena de Peer Gynt, cuando pela una cebolla y se asombra de no encontrar más que capas y no un centro. Debajo de las escenas hay otras escenas, por detrás de las imágenes, más imágenes. Avanzamos en un mundo que se desvanece ante nuestros pasos.
Algo hay, seguramente, del mundo moderno en la obra. Tiene su misma complejidad vacía; la vida que se nos propone hoy parece, más que en otro momento de la historia, pura complicación. Como tal, es insatisfactoria; y de los personajes esbozados en «Â¡Dense prisa, vamos a cerrar!» se puede decir mucho, menos que parezcan felices, ni siquiera por un momento. Al fin, una dramática intervención de Fabiana Charlo cierra la obra como un grito desesperado. El efecto general de la pieza es raramente humorístico, y agradecemos a Alonso que no lo haya intentado, que por una vez el teatro nos presente algo serio, como para personas mayores; pero la nota que queda en el aire, pese al final con la voz en off cómicamente amenazadora, es la opresión de una angustia que no encuentra ni su objeto ni un contacto.
Hemos entendido muy poco. Muchas cosas nos resultaron arbitrarias, aunque no caprichosas. Atraviesa la atmósfera algo de devoción por el arte, algo del silencio de la creación, algo cercano a las fuentes de la vida; no pudimos asirlo. Seguramente es nuestra falta; pero la acción, si es que existió, y los muchos vericuetos de la pieza, no nos dieron tiempo a reflexionar. Quizás la obra pertenezca a un mundo del futuro donde ya no se piense, actividad riesgosa y hasta socialmente peligrosa.
Los lectores habrán comprendido que «Â¡Dense prisa, vamos a cerrar!» es una pieza respetable. Admiramos sus accidentes: la interpretación, el buen ritmo, el buen movimiento de conjunto, la precisión de gestos, movimientos, palabras, tonos de voz, en una palabra, la presentación profesional, en el mejor sentido del término. Pero si admiramos los accidentes, la sustancia es escasa. Hubo lo necesario para una obra viva, pero Lázaro quedó en su tumba. *
¡DENSE PRISA, VAMOS A CERRAR! de Aceredo, Alonso, Alonso, Amaral, Charlo, Jorysz, Rodríguez y Sartori, con Daniel Jorysz, Cristina Sartori, Alejandra Aceredo, Fernando Amaral, Fabiana Charlo, Ignacio Alonso y Fernando Rodríguez. Vestuario de Verónica Lagomarsino, escenografía e iluminación de Alvaro Domínguez, movimiento coreográfico de Noemí Alem, selección musical de Fernando Alonso, Fernando Amaral y Fernando Rodríguez, música original y ambientación sonora de Ignacio Alonso y Martín Perrone, dirección de Fernando Alonso. En teatro de La Candela.
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