Tormentas, tormentos y crepúsculos
El actor, ya casi anciano, llega, el día de fin de año y en medio de una tormenta de nieve a un viejo hotel de la otrora elegante playa de Ostende, la antigua residencia de verano del rey de Bélgica, para encontrarse con el director del festival de Flensburg que ha de encargarle «El rey Lear».
No hay otra obra posible: Minetti odia los clásicos, salvo Lear, ha sido destituido de su puesto de director de teatro y expulsado de Lübeck. Estamos en un quinto acto, en un réquiem, en una atmósfera entre marchita y de fin del mundo, como en «Muerte en Venecia», de Thomas Mann.
Minetti no se aloja en el hotel, no tiene dinero para ello; quizás sea huésped del director del festival de Flensburg. Se sienta, mira alrededor, instala su presencia, todavía egregia, ensaya una vez más sus dotes de actor en la encarnación de sí mismo. El conserje, una mujer de rojo, unos huéspedes que adelantan, con sus máscaras, la fiesta de Noche Vieja pasan; el director no llega. Minetti se ufana de una máscara que le confeccionado expresamente nada menos que Ensor; pero esto hace desconfiar aún más. Demasiada casualidad que sea James Ensor, nativo de Ostende (13 de abril de 1860; muere también en Ostende, el 19 de noviembre de 1949), el autor de la máscara…. La vida de Minetti es, en ese mundo ambiguo y excitante de la recepción de un hotel, una mezcla de ficción y realidad. Mediada la obra, dudamos que un director de teatro haya citado a Minetti. Tampoco sabemos si está en posesión de sus medios; nos sorprende que repudie todo el teatro clásico, salvo «El rey Lear»; que lo hayan expulsado de Lübeck y no ya destituido, suena asombroso en un país donde no hay pena de destierro y con relación un hombre pacífico y un artista reconocido. Pero así, en la ambigüedad, en la duda, en la vida de la contradicción, Minetti, no sin trabajo, se va poniendo de pie. Lo hemos reconocido. Minetti ni siquiera es Minetti. Es un impostor que lleva su nombre: es nuestro amigo, Thomas Bernhard, también bambollero e increíble, también admirable y frágil: y los lectores habrán observado que el nombre de Minetti es, y no casualmente, Bernhard.
La acción no sucede en un momento cualquiera. Es el fin. Esto no es noticia, porque para Thomas Bernhard todos los momentos están al filo de la vida; como si estuviera jugando a la ruleta rusa con seis balas en el revólver. No hay paz y no habrá paz; no hay alegría, ni podrá haberla aunque llegue el mismísimo director del festival de Flensburg con el sombrero en la mano.
Juan Carlos Moretti y Ernesto Calvo han llevado la pieza de Bernhard un poco más allá del libreto. En el marasmo de la agonía invernal de Minetti, no hay nada que demuestre que la mujer de rojo, el conserje y la ruidosa fiesta sean reales. Para esta puesta en escena, todos los personas son ficciones, delirios de Minetti: como Minetti, mucho más que un actor que existió en la realidad, es una creación de Bernhard. De la mujer de rojo sólo queda, sobre una silla, su traje. Para definir mejor esta concepción, el director Ernesto Calvo está en escena siempre, como un soporte, por fuerza precario, de la escasa pero aún densa humanidad del protagonista. Calvo lee las acotaciones, indica la acción que Minetti no puede realizar por sí solo. Por este medio Minetti resulta más solitario, más patético, como si ya hubiera cortado amarras y, a los zarandeos, hubiera comenzado a volar.
Los unipersonales – o los dramas reducidos a monólogos- son para los actores su más difícil prueba, su pasión y muerte. Allí no hay respiro. Toda la responsabilidad está sobre sus hombros. Un paso en falso y la pieza se derrumba. No puede disimularse ni pasarse por alto un error de ritmo o de dicción. Nuestro compatriota Juan Carlos Moretti nos había brindado el tenso diálogo «La última noche de Giordano Bruno» de Renzo Sicco; pero él también va un poco más allá y compone un Minetti definitivo. Encontramos en su interpretación todo lo que quiso mostrar Bernhard: esa mezcla de coraje y temor, de alarde deteriorado y de desfalleciente grandeza, de insolencia y, en el fondo, conmovedora humildad. Es tan plena la composición y tan interior, que una vez que lo vimos no podemos olvidarlo. Con todas sus contradicciones, y muy probablemente por ellas, ya no podemos creer que Minetti, el del viejo hotel de Ostende, no haya sido real, tanto o más real que el actor Bernhard Minetti; que una pura creación literaria, ya a punto de convertirse en inmortal, no haya buscado la vida y la muerte en aquellas playas desiertas. Si vamos al hotel Ambassador o al más moderno Best Western de Ostende lo encontraremos, coqueteando con la mujer de rojo, atándose los cordones de los calzoncillos largos. Juan Carlos Moretti, con su voz y sus gestos, dio vida a un personaje de ficción; y nada mejor podemos decir. *
MINETTI, de Thomas Bernhard, con Juan Carlos Moretti y Ernesto Calvo, luces de Germán G. de Blas, atrezzo y máscara de José Luis Cesteros, dramaturgia y dirección de Ernesto Calvo. En teatro El Galpón.
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