Crónica de una aristocracia decadente
Aunque en algunas naciones europeas conservan el prestigio que otorga la tradición, estos personajes de rancia estirpe que suelen ostentar pomposos títulos nobiliarios, ya no gozan de la visibilidad social de otros tiempos.
Sin embargo, en muchos casos, siguen amasando faraónicas fortunas, algunas de las cuales fueron obtenidas por sus antepasados mediante la conquista, el pillaje y la explotación de sus súbditos.
Aunque numerosos personajes contemporáneos detentan privilegios económicos similares, la aristocracia es actualmente una suerte de reliquia aún subyacente en el imaginario colectivo, que fue barrida de los primeros planos por la dinámica de los acontecimientos. En La condesa blanca, el talentoso realizador James Ivory ensaya una escrutadora mirada sobre el singular mundo de los aristócratas, en un filme ambientado en el Shangai de 1936.
Por entonces, la populosa ciudad china vivía un clima de particular agitación, por las permanentes disputas políticas y la inminente invasión japonesa.
Los intereses de las potencias imperiales occidentales que años después entraron en guerra contra el denominado eje nazi-fascista, transformaron a China en un auténtico epicentro de intrigas políticas, negocios y diplomacia de escala internacional.
Desde las primeras secuencias, Ivory, que adquirió prestigio y notoriedad con sus visiones desencantadas de la alta sociedad, imprime en el celuloide la tensa atmósfera de una ciudad anegada por extranjeros, muchos de ellos refugiados políticos.
En ese particular contexto histórico y ambiental, la narración está centrada en la figura de un diplomático norteamericano en decadencia (Ralph Fiennes), quien sufrió terribles pérdidas familiares y quedó ciego en un grave accidente. Asumiendo estoicamente su soledad, el protagonista se apresta a reconstruir su vida en esa Shangai al borde del abismo.
Sin embargo, la ausencia de afectos no le permite encontrar el rumbo adecuado, pese a su obsesión por abrir un club nocturno propio que le permita aislarse del caos y la violencia exterior.
Un encuentro casual con una condesa rusa exiliada interpretada por Natasha Richardson, comienza a modificar el curso de su traumática existencia.
La hermosa mujer, que abandonó su país natal tras el triunfo de la revolución bolchevique, perdió todos sus bienes y privilegios. A consecuencia de esta precaria situación, trabaja como camarera y circunstancial pareja nocturna de los selectos clientes que frecuentan un lujoso cabaret.
En horas de la madrugada, la condesa regresa a una pensión, en la cual sobrevive hacinada junto a otros familiares y a su pequeña hija, al punto que debe aguardar su turno para poder descansar durante el día en una cama.
A través de estos dos personajes centrales que comparten sendos sentimientos de frustración, James Ivory va tejiendo la compleja trama de conflictos humanos y afectos largamente reprimidos. En torno a ellos, se mueve un submundo a menudo sórdido, que incluye a poderosos capitalistas, altos dignatarios y hasta un elegante espía japonés (Hiroyuki Sanada), cuyas actividades constituyen todo un enigma a develar.
Como es habitual en la producción del aclamado realizador cinematográfico, la narración es ajustada y morosa, privilegiando más los diálogos que la acción.
La peripecia de los protagonistas transcurre en forma paralela a la evolución de los acontecimientos políticos y militares de la época, en un relato que discurre entre un soterrado romance y una visión inicialmente bastante marginal del marco histórico de referencia. Sin alcanzar la monumental estatura cinematográfica de recordados títulos como La mansión Howard y Lo que queda el día, James Ivory construye un filme de aliento épico en torno al periplo existencial de estos poderosos en franca decadencia, transformados, a la sazón, en auténticos parias.
Obviamente, el habitual virtuosismo del realizador está presente en la estupenda reconstrucción de época, el esmerado cuidado de los vestuarios y la impactante resolución visual de las escenas finales.
Sin embargo, a medida que evoluciona rumbo a un desenlace poco convincente, el extenso relato que insume casi dos horas y media- se va desdibujando en inconvenientes lugares comunes.
Aunque la correcta narración corrobora el indudable oficio del autor, tanto la psicología de los personajes como la definición del contexto histórico, merecían un abordaje bastante más minucioso. Pese a estas salvedades, el rubro actoral eleva la calidad del producto final, merced a las excelentes actuaciones protagónicas de Ralph Fiennes y Natasha Richardson, sin soslayar la efímera pero disfrutable interpretación de Vanessa Redgrave.
LA CONDESA BLANCA. Reino Unido, Alemania, Estados Unidos y China 2005. Dirección: James Ivory. Producción: Ismail Merchant. Guión: Kazuo Ishiguro. Música: Richard Robbins. Fotografía: Christopher Doyle. Reparto: Ralph Fiennes, Natasha Richardson, Vanessa Redgrave, Madeleine Potter, John Wood, Hiroyuki Sanada y Madeline Daly. *
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