Séptimo Festival de Teatro de Porto Alegre
Porto Alegre sumó así a su accidentada topografía, que puede dejarnos sin aliento en el repecho que va de la plaza de la Alfandega al teatro San Pedro, una accidentada meteorología. Pero todo está previsto o todo puede ser conjurado, así sean los elementos de la naturaleza o las imperfecciones humanas, por la organización de Luciano Alabarse, cuya personalidad y dinamismo llega continuamente a todos los lugares del festival, incluyendo la supervisión de los hoteles, restaurantes y transportes al servicio de la prensa internacional.
Luciano ha mantenido prácticamente al equipo de años anteriores, y todo fluye sin prisas y sin pausas, sin agitacion pero con eficiencia, con enorme velocidad y además con una sonrisa en los labios de todos, de modo tal que ya es un comienzo de fiesta llegar a la Usina do Gasometro, ese centro Pompidou o Beaubourg de Porto Alegre, cuyas instalaciones nos reciben con una exposición de fotografías de Sebastián Salgado sobre los refugiados del mundo, que nos recuerda el sentido militante del arte y de la vida.
Sonido y furia
El primer espectáculo que vimos fue Una vida llena de sonido y de furia, del grupo de Curitiba «Sutil Companhia de Teatro». Una adaptación del libro High fidelity de Nick Hornby, que cuenta la vida de Rob Fleming, disc jockey del «Groucho Marx Club» de Londres, en los comienzos de la década del 90. Rob es un hombre de treinta años que acaba de ser abandonado por Laura, y en su pena anota, y luego evoca, las peores separaciones de su vida, los cinco mejores discos de la época, las cinco mujeres que podrían hacerle olvidar a Laura. Con este hilo argumental la obra trata de evocar el pasado, la memoria involuntaria que lo devuelva tal cual fue, como Marcel Proust con la Magdalena o las baldosas desiguales. La idea es apasionante, y más lo es en el mundo de hoy donde como anota Eric Hobsbawm en su Historia del Siglo XX: «Los hombres de hoy padecen de una extraña destrucción del pasado, como si el porvenir hubiera adelgazado al hombre, como el filo al cuchillo».
La obra se apoya en sólidos elementos audiovisuales: el director y adaptador Felipe Hirsch maneja una variada panoplia de efectos, muy ajustados y eficaces, que apoyan la evocación de la memoria. Así la música, que será un deleite para los aficionados al rock, que tiene a las figuras emblemáticas de Bob Dylan y Kurt Cobain casi permanentemente sobre el escenario. Así los efectos luminosos y cinéticos, con una perfección técnica difícil de igualar y nada fácil siquiera de imaginar.
Los propósitos son nobles y la inspiracion se dirige a caminos tan difíciles como trascendentes; pero el resultado final, perseguido a través de casi tres horas de sonido y furia, significa muy poco.
No sabemos si el propósito de Hirsch es mostrar la imposibilidad del hombre de hoy de recuperar el pasado, la alienación de nuestra potencia más subversiva y remodeladora que es la memoria. Si este fue su propósito, posiblemente lo haya logrado, pero por la paradójica vía del fracaso y de la incomunicación. Sin duda, tres horas para decir que no hay nada para decir, así sea en medio de una banda sonora impecable y mediante imágenes perfectas, es demasiado.
Creemos que el esmero de la Sutil Companhia en la puesta en escena tiene como correlato un cierto descuido en el libreto, que no va más allá de un largo monólogo de Rob, donde todo parece parejamente insignificante. Se dirá que el héroe es insgnificante, pero Chejov u O’Neill logran dar toda la dimensión de una tragedia con frases comunes dichas como al pasar antes del desayuno o mientras se vuelve del comedor, sin que los agonistas sean conscientes de los abismos que están revelando.
En Una vida llena de sonido y de furia no vemos sino las superficies, y llegamos hasta las evocaciones literales de la memoria voluntaria, siempre moldeada por el presente y por todo el psiqueo ocioso. La consecuencia es que no hay personajes que muestren un claro perfil, no hay una progresión, no hay un desenlace. No hay, para decirlo de una vez, un destino. Lo lamentamos, porque Rob no es un idiota, y su historia, que tiene mucho y sonido y muy poca furia, se adivina valiosa y significativa.
Compartí tu opinión con toda la comunidad