Cópulas secas
Lo de «acicatear al espectador sin permitirle el respiro» podemos entenderlo. Trata de estimularlo, moverlo sin parar; y en efecto, todo se mueve en «La redención» de un lado al otro del teatro. Pero también se trata de mostrar al espectador sin que pueda evitarlo, los «antivalores» y el «espejamiento» de una familia de ficción. Suponemos que los «antivalores» son los que guían la conducta de la familia protagonista –«antivalores» contrarios, por definición, a los «valores»–, y también que el «espejamiento» quiere decir que debemos vernos allí, como en un espejo. Lo queramos o no, somos esa familia desmantelada; y si no queremos admitirlo, allí está Rabuffetti para acicatearnos de modo que nos rindamos a la evidencia. Otras partes de la entrevista parecen confirmar esta interpretación: para la autora la obra «denuncia… lo perverso de las relaciones entre padres e hijos, en el entendido de que es posible y necesario que esto cambie».
Posiblemente haya, antes de esta pieza de Rabuffetti, algún que otro estudio sobre la familia; pero sólo ella ha sabido denunciar, con tanta impavidez, que la relación padre hijo es perversa. Es verdad que Rabuffetti no explica cómo llegó a esa lapidaria conclusión, que suponemos la corona de un serio estudio; pero respiremos hondo. Para Rabufetti «es posible» (¡gracias a Dios!) «y necesario» (¡menos mal!) «que esto cambie». Casi hace arder nuestros rescoldos de ideas sobre una sociedad más justa cuando dice que la obra plantea una «opción de modificar la realidad». ¡Pero por supuesto, Rabuffetti!. Siempre creímos, con la Tesis XI, que «…los filósofos no han hecho sino interpretar el mundo de diferentes maneras, lo que importa es transformarlo».
¿Rabufetti revolucionaria? Oh, no. Escuchemos su fórmula para la redención de la perversidad que «denuncia»: «…quizás el padre no entienda a su hijo… pero no deja de manifestarle su amor… Y esto hace toda la diferencia a la hora de intentar cambiar las cosas, tanto en el ámbito individual como» (en el) «social». Pero… ¡un momento! Reconocemos al autor que, sin duda, inspira (o acicatea) la mente de Rabuffetti. Es Pelé. ¿No se acuerdan? Todo debe hacerse con mucho amor. Eso será suficiente. Es nuestro deber construir una sociedad donde sean imposibles la pobreza y la explotación del hombre por el hombre; pero eso sólo puede hacerse con amor. Con amor, suponemos, por la Cámara de Industrias, las cámaras de gas, el Ministerio de las Empresas, los rompehuelgas, los invasores de Irak, los creadores del muro de México, los carceleros de Guantánamo, los genocidas de Turquía y Juan María Bordaberry, de quien no se dirá que su relación padre hijo es «perversa».
Las ideas (sic) de Rabuffetti son de una ingenuidad que causa estupor; pero lo más asombroso es que ni ella ni su entrevistador parecen conscientes de su rancio conservadurismo. Se nos dirá que los escritores, los artistas (los «creadores», como se llaman a ellos mismos, con ese gustito a Dios Padre que contiene la palabra «creador») pueden no ser muy precisos en las ideas políticas; sin embargo, Mauricio Rosencof mostró en «Las ranas» a la vida lumpen y a la familia lumpen, si eso existe. Hay en «Las ranas» verdad y piedad; simpatía y enjuiciamiento. Ahí estaba, y sigue estando, la familia crítica, la que duele a ellos y a quienes no se rehúsan a echarles una mirada. La de los niños desnutridos que nos molestan en los bares justo cuando tratamos de ingerir unos merecidos sorbos de café con leche. Las familias de las que Rabuffetti no se ocupa. Sin duda, no las conoce. Seguramente no quiere conocerlas; no le interesan. Muestra lo que sólo podemos identificar como una familia de la clase media, donde se da el milagro permanente de nuestro teatro, ya sea por parte de los mayores (Prieto, Armas, Magnabosco) como 0de los jóvenes (Calderón, Rabufetti): nunca se sabe de qué viven los personajes, con qué y cómo se ganan la vida; pareciera que los autores tuvieran prohibido por ley hasta ponerse a pensar en ello. Como dice Juan José Sebreli: «Sólo la seguridad económica garantiza la indiferencia respecto del dinero» («Buenos Aires, vida cotidiana y alineación», pág. 43), y es sintomático que el tema de La redención sea una fiesta, ocupación típica de la clase ociosa.
La redención se desarrolla por divagaciones. No hemos identificado ni un plan ni una trama; no sólo no vemos los propósitos que dice haber tenido Rabuffetti: no vemos ningún otro. A la fiesta o dentro de ella viene el cansado episodio de Caperucita y el lobo (nada como lo más moderno para encontrar lo más viejo), que la fornica; siguen cópulas varias, presentadas de modo tal que Rabuffetti debe estar convencida de que no bien sus personajes dicen «coger» los retrógrados (¿y perversos?) nos morimos de espanto. Pero de nuevo, a no alarmarse. Esto no es ni la Argentina ni el Brasil. Nada tan audaz como la segunda parte de «Cacilda!» del sexagenario Zé Celso Martínez Correa o su puesta en escena de «Boca de ouro» de Nelson Rodrigues. La redención es, en este aspecto, sucede plenamente en el «Tontovideo» de Roberto De las Carreras. Aunque se trata profusamente de sexo, Rabuffetti no muestra una pierna. No hace lucir un mínimo seno. Todo sucede con los pantalones y las polleras puestos. Aun así cubiertos, los amagues sexuales podrían tener pasión: no la tienen. Son una serie de atropelladas y empujones, un tanto brutales, mucha agitación y ningún síntoma de placer o alegría.
La redención es, con claras ventajas sobre su más cercana perseguidora, la peor obra del año. Con toda lógica, un jurado integrado por Graciela Escuder, Jaime Yavitz, Enrique Sena, Dervy Vilas y Alfredo Goldstein le adjudicó el premio de la Cofonte del año 2005. *
LA REDENCION, de Fiorella Rabuffetti, por el teatro Circular. Con Natalia Acosta, Xavier Lasarte, Bertha Moreno, Gustavo Bianchi, Martín Castro, Martín Abdul Gani, Fiorella Rabuffetti, Emiliano Russo y Valentina Seijo. Escenografía y vestuario de Iván Arregui, selección musical de Darío Prieto y Fernando Paleo, coreografía de Fabián Santarciel, iluminación de Martín Rodríguez, dirección de Ramiro Perdomo. Estreno del 13 de octubre teatro Circular, sala 2.
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