NEURONAS Y NEUROSIS

Preguntas sin respuesta o la devaluación del conocimiento

El tiempo pasa pero la memoria queda. Anteriores generaciones encontraban programas de preguntas y respuestas en los que los sufridos participantes debían mostrar que eran especialistas en un determinado, muy acotado, sector del amplio mundo. Esos expertos debían enfrentar su saber al de figuras representativas, muy calificadas en esas áreas y que con rostros de jurados «sabelotodo» hacían zancadillas y arteras trampas para lograr que el preguntado perdiese su control, su dominio del tema. «Martini Pregunta» fue un clásico de ese estilo en la televisión nacional. Tuvo varias idas y venidas hasta que en este siglo XXI el cambalache de la nadería lo dejó atrás.

En aquella época hubo otros programas en los que el saber ocupaba lugar por lo que todo se jugaba a la suerte, alguna vez con aire desordenado como los que hacía Isidro Cristiá o los casos de «Diga By, diga Lo» o «El castillo de la suerte», y los participantes ganaban por pura casualidad algún premio que no implicaba más que un reconocimiento a esa buena fortuna.

 

Poco por acá, nada por allá

En los últimos 20 años el entretenimiento de estos programas cambió su estrategia. Los creadores pensaron que era hora en la que el televidente fuera también un participante más, para tratar de probar en su casa que sabía más que el asustado respondón. La fórmula fue sencilla. Bajar el nivel de severidad en las cuestiones y que el basamento de las dudas fuera más simplón, menos exigente, más «light». Casi como para acompañar el ritmo de vida actual en el que la anorexia y la bulimia llegasen también al cerebro y uno pudiese estar en línea con todos, desconociendo todo. Uno de los ejemplos fue «El tiempo es oro», que, sin embargo, tuvo la inteligencia de machacar sobre preguntas muy locales, y eso fue bastante para reivindicarlo o por lo menos no escandalizarse por la chatura que se venía y se venía.

 

Tonterías importadas

En esta temporada, Canal 10 decidió tirar la casa por la ventana y en esa defenestración compró un formato inglés, que sería un toque de un geniazo aunque para los uruguayos pueda considerarse todo lo contrario, un tal David Taylor. Este señor, al parecer, pensó que había que poner a los participantes en situaciones insólitas, agresivas, sometiéndoos a golpes y porrazos que los televidentes deberían acompañar con una risa plena, por ser tan curiosos, tan extraños. Y lo llamó «Distracción». Lo que hemos visto es tan poco, tan lastimoso, que uno termina preguntándose para encontrar su respuesta, si al final era necesaria una «importación» para lograr imponer algo tan trillado como el tirarse huevos los unos a los otros o lanzarles muchas cremas o ponerle mucha pimienta a un sobre antes de cada pregunta.

 

Los llamadores de fidelidad

El programa apuesta a dos puntas. Una, la importancia del premio, un automóvil Cero Kilómetro que, en estos años, es tentador para cualquiera. La otra, la más trascendente, darle cabida a Orlando Petinatti. Su presencia es la invitación al mayor fenómeno de la comunicación de los últimos 15 años. Guste o no, así es. Nadie en estas épocas ha logrado capturar tanta audiencia en sus tardes de la radio. Montevideo, se ha quedado quieta por sus pedidos y no encontró rivales que pudieran acercársele a la popularidad y lealtad que tuvo en Océano. Bastaba subir a un ómnibus o a un taxi y ahí se le escuchaba. Su pase al grupo Sarandí y Futura en sus inicios lo vio perder la magia de su desfachatez, pero ahora anda nuevamente recuperando su lugar de compañero-cómplice que ayuda a tardes disparatadas, para muestro gusto muchas veces muy zafadas, pero esto puede ser culpa de la pacatería que llega con la vejez.

Petinatti en televisión no ha alcanzado aún el encastre perfecto con el medio. Sus años en Teledoce fueron desaprovechados en gestos y mohínes que encerraban doble intención. No fue suficiente.

Ahora en el pase a Saeta, Canal 10, se le encuentra encorsetado en lo que suponemos son las reglas mínimas exigidas por los dueños del formato. Pero continúa siendo el «uno» por su desenvoltura, su naturalidad, aunque suele tener serios choques con el gran problema: la devaluación del conocimiento.

En el programa del pasado jueves 28, los seis elegidos para ganarse un Chevrolet tuvieron que responder y no supieron responder cosas que años atrás a cualquier uruguayo le hubieran parecido una vergüenza. Les recordamos algunas de esas preguntas, desconocidas por los contestadores. La ciudad de Mar del Plata en qué provincia argentina está?, y alguien dijo la bestialidad de Córdoba. Ya por eso deberían haberlo echado. Más difícil era responder ¿qué significa la OIT? No lo supieron. Luego alguien dijo que el «David» era obra de Da Vinci en lugar de Miguel Angel. Otra consulta fue «cuál era la capital de Lavalleja». Y nadie supo. Otro dijo que Florencio Sánchez era argentino. Y una mujer respondió que la máxima autoridad de la Iglesia Católica era el sacerdote y no el Papa. También se oyó que Ernesto «Che» Guevara era chileno. Otro afirmó que Alemania era el país que tenía fronteras con Francia y Portugal. Con esas respuestas, por mejor comunicador que se sea, no se puede lograr salvar la mediocridad del contenido. Los esfuerzos fueron vanos. Petinatti, le otorgamos un mínimo de confianza, debería haber elegido otra cosa. *

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