Sobre el debate en Zona Urbana Estrictamente personal
Además sobre todos cae el peso de la «objetividad» y es archisabido que nadie puede disfrazar su trabajo de total ecuanimidad cuando respira sensaciones intransferibles acumuladas por los entornos que formaron su personalidad y lo que se suma por parte del medio de comunicación donde trabaje, por más libertad que suponga tener. Por lo que la «subjetividad» es dueña casi absoluta en toda información, por más aparente sobriedad, seriedad, honestidad, con que el buen manejo de la experiencia pueda aderezarse en el decir o en el escribir.
El riesgo es mayor cuando se manejan líneas de acción muy cercanas a las fronteras del manipuleo, del flechamiento, de lo abusivo, de la intolerancia, de la humillación u otros caminos donde el objetivo es provocar, para obtener así la resonancia, el eco a favor o en contra, de los receptores de esos mensajes.
Suele suceder que, además, eso se agrava con profesionales que se dejan arrastrar por el facilismo, que no aprietan los frenos de la cordura y, por el contrario, aceleran los mecanismos de ataque como mejor defensa.
Bajo cuerda
En estos tiempos surgió una camada de comunicadores, más en el campo de la televisión, que impuso un estilo de destrucción. Basta encontrarse con las informaciones policiales y su importancia gravitante, donde la truculencia y lo sanguinolento son el mejor respaldo para atrapar el interés de los receptores de la noticia. Lo mismo ocurre con aquello que mueve el aire internacional.
En el área periodística nacional las referencias más controversiales –en este momento– las ha prácticamente monopolizado Ignacio Alvarez, con presencia en CX 8 Radio Sarandí pero con un gran despliegue de ruido y escándalo en «Zona Urbana» por el 10.
Desde su entrada en la tele acaparó acusaciones, desmentidos, críticas, juicios descalificantes y el fortalecimiento de los bandos, hinchas y censores.
Esos antecedentes, reales o irreales, me generaron, en lo que es estrictamente personal, un rechazo a su estilo que mantuvimos por años, sin verle ningún programa, por lo que nuestro juicio estará por tanto limitado a muy poco del quehacer de un periodista. Pero, el miércoles 5 una llamada telefónica nos invitó a ver lo que pasaba en ese canal.
Vale, entonces, precisarles que todo es una visión parcial y que cuando entramos en Saeta ya se encontraban enfrentados Rafael Michelini y Pedro Bordaberry en una polémica como no se vivía desde hace mucho.
El programa era una entrevista a Pedro Bordaberry, ex ministro de Turismo, todo bien armado, bien preparado, con tiempo suficiente para impedir sofocones o titubeos al visitante. Lo que se quería, y eso debería saberlo el conductor, era una reivindicación del padre del invitado, o sea Juan María Bordaberry, presidente electo primero y luego amistoso cómplice de los militares, transformado en el dictador que ponía su imagen para defender parte de los años más críticos de ese período negro, triste, perdido en muertes, secuestros, desapariciones, persecuciones y otros crímenes de lesa humanidad bajo el manto de lana de los corderos. Aceptar ese objetivo parece indecoroso y es doloroso para la memoria de periodistas que desaparecieron, emigraron o murieron en el buen ejercicio de su profesión. Porque en ese tiempo en solitario entre Alvarez y el ex ministro se sostuvo que Bordaberry padre era inocente o casi. Ahí llegó Rafael Michelini. Desde ahí lo vimos.
Trampas al solitario
Por un lado, un Pedro muy atildado, bien maquillado, por otro un Rafael desmelenado, desencajado, transpirado por apuros, nervioso por esas afirmaciones que no encajaban con su verdad. Los minutos se fueron sucediendo en golpes muy bajos de Pedro, que llevó dos grabaciones logradas en forma inconsulta, una práctica que entendemos una estratagema desgraciada, con Rafael y otra con Gonzalo Fernández. Grabaciones cuyo contenido ya conocía el periodista y que supo dirigir hacia el momento donde hacerlas oír. En una de ellas Michelini sostiene que tiene una convicción (una convicción no es una certeza), sobre que el dictador no dio la orden de matar a su padre ni a Gutiérrez Ruiz, mientras que en la otra Fernández introdujo un nuevo ingrediente, poco conocido, que esos crímenes habrían estado relacionados con problemas de dinero, de los lingotes obtenidos por liberar a Mailhos y que «el Toba» y «Zelmar» habrían manejado esa fortuna del PVP y otra del MNL.
El cebo tendido a Rafael era claro y lo tragó. Solo hubo gritos, acusaciones y cuando se quiso refutar esos dichos se encontró con que el conductor amenazaba con bajar los decibeles y efectivamente lo hacía al silenciar los micrófonos.
Alvarez mostró preocupación en la confusión de gritos, más interesado en acallar a Rafael, mientras Pedro insistía, aunque no hubiera lugar, en desmerecer a su contrincante con la acusación de «Mentiroso», «Usted es un mentiroso», una, diez, cien veces, lo que lleva a recordar a aquel famoso publicitario nazi llamado Goebbels que sostenía que «una mentira repetida mil veces se hace verdad». Y eso sí que resultó asustante, porque veíamos a un fulano que parecía tener un solo latiguillo, en realidad dos, destruir a su adversario y hacernos creer que su papá era un hombre bueno, magnánimo, inocente.
No debe negársele al hijo que defienda a su padre pero todo tiene sus límites. Si el progenitor es culpable de crueles delitos, pues no sirve argumentar que es un hombre de 80 años y debería dejársele en paz. Rafael logró ubicar un golpe duro, que es el más válido y rescatable, el de preguntar: ¿por qué Juan María Bordaberry no se defendía él y utilizaba al hijo para rescatar la dignidad familiar? No hay quien crea que el dictador ignorase lo que pasaba entre 1973 y 1976. Tenía, en ese entonces, 50 años. Estimar que desconocía lo que ocurría es imaginar que el dictador era ciego, sordo y mudo. Puede, hay que aceptarlo, que no fuera quien lo ordenase. Pero su silencio lo hizo coautor de todas las barbaries de aquella dictadura Cuestiones que están en mano de la Justicia y que son duras como para justificarlas: el atentado a la Constitución y su participación en los crímenes de Zelmar y Gutiérrez Ruiz. Que hacen inexplicable la presencia del hijo para salvar a un padre muy descarriado, demasiado descarriado porque muchos habrán olvidado que fue echado poco después por su proyecto de eliminar a los partidos políticos.
Zapatos apretados
El resultado probó que el conductor fue incapaz –¿a propósito?– de manejar lo caldeado del ambiente y por momentos tendía su apoyo a los dichos de Pedro al procurar siempre detener a Rafael pero nunca a aquél. Lo buscado se alcanzaba, o sea se estaba capitalizando un procedimiento que podría entenderse infame, llegar a provocar explosiones de ira en los dos contendores y terminar el juez venciendo en la lucha. Lo que no es un buen aval para nadie, por más objetivo que sea o que se crea. Después de esto, creo aferrarme al acierto de no ver futuros programas, lo que, es claro, no le hará cambiar el estilo.
Pero hay otra que no puedo ni quiero dejar pasar, tras el corte, en el final, uno de los periodistas que acompañan esta aventura de «Zona Urbana», Gabriel Pereira, dijo: «Estoy podrido» del pasado, de seguir insistiendo en ese pasado. Un dislate tremendo. Hasta su compañera, Cecilia Bonino, se dio el lujo de discrepar con ello, por ser demasiado desagradable. El hecho de que sea muy joven y no tenga recuerdos de la dictadura no puede llevarle a rechazar la búsqueda de verdades. Los años acumulan pasiones, es cierto. Ignorarlas hace daño. *
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