Cuentos completos
En estos «Cuentos completos», que compilan parte de su mejor producción narrativa, el escritor Mario Delgado Aparaín construye múltiples universos humanos, que registran la peripecia de personajes mínimos, con sus triunfos, miserias, pérdidas y amargos fracasos.
Estas historias se agrupan estratégicamente en relatos del Norte y del Sur, lo que trasunta una valoración de la identidad geográfica y cultural del paisaje y las costumbres de un territorio dividido por el Río Negro.
Este curso de agua no es una mera frontera hidrográfica, sino una elocuente expresión de costumbres, voces diversas y peculiaridades que atañen a idiosincrasias bien definidas.
En todos los casos, el autor trabaja las peripecias locales que emergen de memorias ancestrales, relevando con el rigor de un retratista- los desvelos, las angustias y los sueños de personajes casi siempre mínimos.
Hay una sensación de inexorabilidad cuasi determinista, que nace de fatales causalidades y de existencias individuales que sobreviven a la intemperie de la realidad y al incesante entrecruzamiento de los destinos.
Los escenarios de ficción están colmados frecuentemente de agobiantes soledades, como en el caso del personaje de Lautaro.
Otra peculiar situación es la de Menafra, en quien aflora una inimaginable valentía para enfrentar una situación límite.
La pluma de Mario Delgado Aparaín no sólo indaga en los paisajes de la cotidianidad a prueba de eventuales cambios en las cansinas rutinas, sino también en lo testimonial.
Un buen ejemplo de ello son los relatos protagonizados por negros, en los cuales, soslayando todo discurso estridente, el escritor denuncia la pobreza, la marginación, el abuso y la explotación laboral a la que son sometidos por parte de poderosos patrones.
Sin embargo, también en este caso el narrador apela al recurso de la ironía, que funciona como una suerte de válvula de escape y de exorcismo contra los demonios más temibles del alma humana.
Ese humor desenfadado viaja retrospectivamente en el tiempo, hasta aterrizar en la época de la colonización. En ese contexto, «Historia de unos huesos con un general adentro» es un relato tragicómico, que discurre entre el drama y la desmesura.
«Causa de buena muerte», uno de los títulos sin dudas más conocidos y comentados del autor, es una pequeña obra maestra de la narrativa costumbrista.
El lenguaje coloquial construye los testimonios de quienes aportan su propia versión sobre la misteriosa muerte de Peixoto, que es el protagonista de marras. Hay, en este caso, una fuerte apuesta al humor delirante y el absurdo.
El cuentista indaga siempre en la intimidad de sus personajes, todos ellos criaturas mínimas de remotos pueblos chicos, pero también infiernos grandes de pasiones exacerbadas.
En esos sitios agobiados por el desamparo, este auténtico cronista de vidas describe, con singular elocuencia, cualquier acontecimiento inusual que provoca una lógica conmoción.
Sin embargo, ni esos acontecimientos excepcionales modifican la proverbial atonía cotidiana, porque la lógica existencial de los lugareños siempre es más fuerte.
Parte de los relatos ambientados en ese norte profundo están salpicados de tragedias, de misteriosas defunciones, de secretos inconfesos, de miedos ancestrales y de supremacías que se dirimen mediante sangrientos dueños criollos.
Con la maestría de los grandes narradores, Mario Delgado Aparaín fabula incluso con la historia, materia prima a la que siempre extrae buenos réditos literarios.
Su pluma se desliza por los azarosos territorios de una patria en armas, la de las guerras de divisas entre blancos y colorados.
El autor entreteje la trama de sus relatos entre la realidad y la ficción, la tragedia fratricida y la incertidumbre de un Uruguay dramáticamente fracturado por la violencia y la visceral lucha por el poder de míticos caudillos.
Este paisaje, que opera como trasfondo histórico, permite al cuentista la construcción de peripecias máximas y mínimas, de epopeyas reales y grandes aventuras humanas de supervivencia.
En la serie de cuentos bautizados como «Historias del Sur», el autor construye otras vivencias y realidades, que condensan la particular idiosincrasia de los uruguayos que habitan la región más cercana a la capital del país.
Aunque desestima todo propósito discursivo, el narrador alude a la dictadura y al miedo instalado en un poblado pequeño, cuyos habitantes parecen no comprender cabalmente qué está sucediendo.
Sin embargo, no abandona su tono irónico y su trazo irreverentemente sarcástico, para describir esas situaciones inusuales, nacidas del vientre de la causalidad y de las inexorables inflexiones de la historia.
Incluso, describe minuciosamente el perfil del delator y colaboracionista con el gobierno militar, representado en un cartero que viola y lee la correspondencia de sus vecinos, alegando que está prestando un «servicio a la patria».
Estos personajes, consecuentes alcahuetes del poder de turno que tantos abundan en nuestro tiempo, también merecen una mirada jocosa que trasciende al mero tiempo evocado.
El cuentista narra encuentros y desencuentros, exilios internos y soledades consuetudinarias, que transcurren en el paisaje de Mosquitos, ese mítico ámbito pergeñado por su pluma, en el que todo es inercia pueblerina y eterna siesta veraniega.
Corroborando su reconocida predilección por la literatura policial, Delgado Aparaín construye relatos poblados de crímenes comprobados y presuntos suicidios.
Sin embargo, esas historias están ciertamente muy distantes de lo convencional en el género, porque en ellas prevalece, como es habitual, una atenta mirada a las miserias y las decadencias.
Abundan las víctimas y los victimarios, los sospechosos que no pueden ser inculpados por falta de pruebas, investigadores inteligentes, atolondrados y hasta retirados y postrados por la vejez y el alcohol.
El autor recorre los siempre tortuosos laberintos del alma, para dar cuentas de grandes derrotas de individuos mínimos. Esa permanente apelación a personajes entrañables es, a su vez, una suerte de ejercicio introspectivo, que discurre entre la memoria y la construcción de universos de ficción rayanos en el mito.
Uno de los cuentos más extensos y sin dudas fascinantes es «La Leyenda del fabulosísimo Cappi». En más de un sentido, este relato tiene un efecto reparador de las heridas del corazón, los fracasos afectivos y los sueños postergados.
Es una historia de amores posibles e imposibles, de borrachos golpeadores, fanáticos religiosos, pederastas activos y pasivos y mujeres que mastican desencantos, pero no dejan de tejer pacientemente sus utopías emancipadoras.
El autor sabe mixturar las leyendas de trazo onírico con los padecimientos sociales y hasta el alegato ecologista, en el insoslayable cuento «El canto de la corvina negra».
Este relato reinventa la sensibilidad, para conmoverse ante el drama del naufragio y la peripecia de los pescadores artesanales, recurrentemente castigados por la competencia desleal de la pesca industrial depredadora.
La pluma de Mario Delgado reconstruye un paisaje de autoritario terror urbano en «Recordaré sólo las noches». Esta historia de trazo autobiográfico, ambientada en la Buenos Aires de la década del setenta del siglo pasado, recrea la agobiante devastación de un país escarnecido por una brutal dictadura en tiempos del terrorismo de Estado.
El relato está articulado como una cronología que evoluciona lentamente rumbo a un dramático desenlace, que demuele la fugaz felicidad acumulada.
Estos «Cuentos completos» atesoran buena parte de la mejor producción narrativa de Mario Delgado A
paraín, más allá del multitudinario reconocimiento logrado por sus novelas y su trabajo periodístico.
Todas las narraciones tienen la virtud que les otorga la intemporalidad, cualidad siempre intrínseca a la literatura de calidad.
El vasto universo ficcional del autor abarca desde los tiempos de la conquista de estos territorios otrora vírgenes, hasta nuestra atribulada contemporaneidad.
El autor confirma sus virtudes de avezado cuentista y agudo observador de la realidad, hurgando en intimidades humanas con la sagacidad de un arqueólogo y la impronta de su humor característico.
Aunque es frecuente la caricaturización de personajes y situaciones, ello para nada condiciona el aporte reflexivo ni la hondura dramática.
En esta obra, que es un minucioso retrato de peripecias cotidianas, Delgado Aparaín somete a permanente escrutinio las conductas humanas, en un abordaje psicológico, emocional y hasta afectivo. *
(Editorial Alfaguara)
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