"JETTATORE", DE GREGORIO DE LAFERRERE, EN EL GALPON

La mala suerte también se corteja

Buenos Aires era una ciudad mucho más cosmopolita que hoy, al punto que en ocasión del tercer censo (1914) más de la mitad de sus habitantes había nacido en el extranjero. En «Gente bien», de Federico Mertens, Florencio Parravicini hacía el papel de un inglés que chapurrea el castellano y la platea estallaba en risas. Si alguno de nuestros dramaturgos registrara la forma de hablar de los inmigrantes coreanos que viven hoy entre nosotros y se esfuerzan (y fracasan) en hablar como nosotros, el efecto cómico sería inmediato, y por la misma razón. Hoy no son cómicos ni el acento gallego ni el italiano, porque sólo un extranjero de paso, no un inmigrante, lo tiene. No le interesa parecer criollo; no tiene pretensiones infundadas de ser como todos; no es cómico. No nos damos cuenta, pero nunca dejamos de remedar, así sea entre dientes, los esfuerzos de los inmigrantes que quieren hablarnos en español. Es una crueldad; nos reímos del payaso que recibirá las bofetadas. Todo contratiempo absurdo, todo fracaso de una voluntad terca tiende a ser cómico, como las caídas inesperadas, las tortas de crema en la cara, el puntapiés en el trasero de un hombre de frac.

En «Jettatore» el mayor efecto cómico debió estar a cargo de don Lucas (Marcos Flack). Laferrère lo quiere ridículo en sus pretensiones amorosas, y así debe parecerlo. Es un personaje que requería un gran actor cómico, uno de aquellos actores que podían mantener al público en vilo sólo con visajes, distorsiones de la voz y tropezones. Todo le sale mal; pero el antihéroe no ve las distancias. No ve que es el cartón ligador. Toda la «jettatura» consiste en que alguien crea que hay «jetattores», cuando no los hay. Algunos vestigios de esta comicidad hemos conocido últimamente: el imaginario mérito como intérprete de Alberto Olmedo se reduce a un mínimo repertorio de gestos y muecas; la gracia de Julio Chávez en «Ella en mi cabeza» de Oscar Martínez no estuvo en su capacidad como actor, que la tiene, sino en las distorsiones de voz que hizo para mantener el interés del espectador en una obra imposible.

Aquellas obras «cómicas» se han beneficiado de un equívoco trasmitido de generación en generación. Se recuerda la risa, pero no se recuerda cuál fue el resorte de la risa; por eso las carcajadas en el teatro suelen ser miserables, porque, contra lo que dicen los actores cómicos y sus directores, el humor es el género más fácil, al punto que muy a menudo sólo requiere torpeza. Cualquier buen actor que se lo proponga hace reír, como sucede con las cosquillas; y las risas son contagiosas. Por algo hay risas grabadas en las series de televisión.

En la escena de hoy «Jettatore», representada tal cual, es patética. Simplona, reitera su idea a todo lo largo de la obra. Personajes entran y salen, hablan y hablan de lo mismo y al fin triunfan los jóvenes. Cabía la posibilidad de buscarle el contrapelo, de reexaminarla críticamente, como hizo Francisco Xavier con «Invisibles», del mismo Laferrère (teatro Babilonia, Buenos Aires, 1989); Dervy Vilas, que dirige esta versión, lo hace con destreza profesional, pero no trae nada nuevo. Pero el estreno de «Jettatore» en Buenos Aires (1904) con la presencia en el palco del presidente de la Argentina, Julio Argentino Roca, en momentos en que era inminente el estallido de la revolución planeada por Irigoyen, es cómico en sí mismo. Algo más amargo nos sabe el oportunismo de Laferrère, que antes que dramaturgo era político: «Locos de verano» fue, antes que el título de la ulterior obra de Laferrère, el mote que el gobierno asignó a los revolucionarios radicales de 1905 para rebajarlos por el ridículo. Ya podemos reír, porque la risa remedia todo. También en la Banda Oriental, en la tierra purpúrea, había una revolución, con artillería, lanzas y caballos. Pero de esa época rescatamos los triviales vaivenes de algunos niños bien. Como dice Mephisto   Brandauer para justificar su claudicación ante el nazismo, «Yo soy sólo un actor». *

JETTATORE, de Gregorio de Laferrère, por El Galpón, con Guadalupe Pimienta, Fernando Vannet, Solange Tenreiro, Carolina Pereira, , Marcos Flack, Angeles Vázquez, Fernando Alonso, Enrique Martínez Pazos, Nadina González Miranda y Daniel Cabrera. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Ana Semino música de Gabriel Estrada, dirección general de Dervy Vilas. En teatro El Galpón, sala Atahualpa.

 

Batuqueiros en Australia

El conjunto uruguayo Os Batuqueiros regresó a nuestro país tras cumplir una serie de actuaciones en tierras australianas, presentándose ante una nutrida colectividad uruguaya de emigrantes en el Club Uruguayo de Sydney y en el Show Ground de Farfield. *

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