NEURONAS Y NEUROSIS

Realidades mentirosas

El derrame de neuronas buscando romper porcentajes de audiencia parece simple y redituable. Basta encontrar alguna idea y desarrollarla hasta el cansancio con todas sus variables. Están los que copian, agregando alguna diferencia, como localismos que hagan creer que estamos en una producción muy propia. También están los que ni gastan neuronas y franquician pagando para hacer lo mismo que otros.

Detrás de todos los «realities shows» hay mucho manipuleo, mucho dinero para premios, mucha humillación para participantes y mucha audiencia que se regodea con los papelones ajenos.

Desde el casi legendario «El Gran Hermano» («The Big Brother, original) que llegó al Río de la Plata con la conducción de una insoportable Soledad Silveyra, los pobres humanos están siendo sometidos   por mucha o poca plata–a dejar olvidada su dignidad, degradándose, abochornándose y sufriendo para que unos supuestos perfectos jueces se rían o destraten y para que el televidente, si es de los cómplices de este triste indecoroso estilo, vote llamando a un teléfono, que deberá pagar, por supuesto.

 

Idolos de barro

Este año, en la telecable, en el Sony, se vio «American Idol», una especie de » «Si lo sabe, cante» o «Cante y gane» de los años 60, que por aquí hacían Roberto Galán o Cacho de la Cruz. El público estadounidense batió récords de fanáticos, que al fin hasta dieron por el traste, con su votación telefónica, con la decisión del terceto de jurados, unos fulanos muy sabihondos y crueles, como Simon Cowell, creador en Gran Bretaña de «El factor X» y jurado de este «American Idol» y que ahora produce ese mismo Factor X en Colombia, con más éxito, sin duda, que la ampliación que hizo Sony con «Latin American Idol». Si el yanqui era alejado a nuestros gustos, el que pretende ser latinoamericano da cachetadas a nuestro seguimiento. Los tres jurados son además conocidos de unos pocos y son, para más clara ubicación del área centroamericana, sin duda un mercado más cercano y más rendidor. Se eligieron tres centros de concentración, Caracas, Bogotá y Buenos Aires y en cada uno de ellos se presentaron miles, cientos de miles de aspirantes a la idolatría.

Hubo una preselección tonta en Internet y, en pocas semanas, pese a todos los soñadores, fueron quedando diez. Y están llegando a las definiciones. Hay quien se pregunta cómo de tanta gente se pudo sacar tan rápidamente a tan pocos. Están quienes dudan del sistema de elección y sostienen que se trata de un concurso prefabricado, con candidatos que la misma Sony, disquera, ya tenía entre aquellos osados que han presentado sus temas para una edición. Porque, parece lógico, de tantos miles de candidatos, si a cada uno les lleva por lo menos cinco minutos para probarlos, todavía estarían por años de preselección. Lo que es claro es que saben elegir los fulanos más lamentables, más absurdos, mas risibles y por eso los más tristes.

 

Frankenstein al revés

Los canales estadounidenses se han llenado de programas de estos formatos. Vale aclarar que dejamos de lado «The amacing race», que es una competencia con pistas y proezas; «The apprentice», «Dancing with the Star» -que aquí compró Marcelo Tinelli-, «Tempation Island», «Survivors», «Fame» y más. Que además están los que buscan ídolos, en los chiquilines, los adolescentes, los cantantes que han perdido popularidad, los más chistosos, los más talentosos, los solteros y las solteras que pueden elegir futuros cónyuges o las mujeres que quieren ser top models.

Pero vale repasar aquellos más, todavía, truculentos. Que parecen ser generadas en aquella obra de Mary Séller donde el joven estudiante de medicina, Victor Frankenstein, hacía todo lo posible para crear una nueva vida y le salía  macanas de la vida– un abominable monstruo. En ese camino está «Extreme Makeover». En este se busca a feas totales, gordinflonas, deformes y otros desgraciados de este mundo que no se miran en el espejo y que desesperados aceptan someterse a cirugías, decenas de ellas, y terminan quedando más o menos presentables. En este programa participaron hombres y mujeres, y hasta se llegó al caso de una pareja que estaba por casarse y que se sometió, por separado, a la reconstrucción de su figura y que solo supieron cómo había quedado el otro en el momento de entrar a la iglesia. Nunca supimos cómo terminó y si hubo o no casorio. También se está viendo «The Swan», donde solo entran mujeres para dejar de ser patitos feos y pasar a ser hermosos cisnes. Son meses de seguimiento de estos sufrimientos hasta que las presentan lindas y desde allí irán eliminándose hasta que una se quede con dólares para gastar en volver a ser fea. Si usted está cenando frente a su televisor es poco recomendable para una digestión tranquila, porque ver cómo les arrancan los dientes cariados o les tajean el cuerpo para sacarles grasas o verrugas no es tan apetitoso como un buen vino. Casi casi lo que se ve en la serie «Nip/Tuk», la de los dos cirujanos estéticos, donde hay humor negro abundante y también planos desagradables con sangre por doquier.

Otro de los muy aplaudidos por los del Norte fue el «Quiero tener una cara famosa», emitido por MTV. Que el mundo puede rechazarle, sucede siempre. Pero los abatidos y quejosos participantes de este show tenían cerebro nulo porque solo aspiraban a parecerse, sometiéndose a otras salvajadas de los cirujanos, a Elvis Presley, Britney Spear o Electra. Y otro, por la misma MTV, que se llama «Made», aunque es menos pretencioso, ya que solo se quiere algún arreglito, como para ir tirando. En todos estos casos, como eran de allá, a nadie se le ocurrió tener la cara de Carlitos Gardel o del flaco Zitarrosa. Eso sí, estamos seguros de que si compran los derechos en Argentina todos van a querer ser Maradona o «Pampita».

Al final, a uno le queda la duda de si los mamarrachos de las telenovelas no son más sanos y culturizantes que estos bodrios plagados de mal gusto.

Como dijo Discepolín, «igual que en la vidriera// irrespetuosa// de los cambalaches// se ha mezclao la vida, // y herida por un sable sin remache// ves llorar la Biblia// junto a un calefón». Y habrá que sentarse a un lado porque en el horno todos nos vamos a encontrar. *

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