Las víctimas inocentes de la barbarie
Resulta virtualmente imposible determinar con certeza la génesis de estos fenómenos de exterminio colectivo, que seguramente se remontan a la propia prehistoria y perduraron hasta la era contemporánea.
Pese a mejorar en muchos casos la calidad de vida de la humanidad, paradójicamente, la ciencia y la tecnología también han sido puestas al servicio de la violencia y el autoritarismo.
Un ejemplo muy concreto y doloroso fueron los holocaustos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, dos actos de barbarie deliberada y recurrentemente ignorados.
El siglo XX -que en su primera mitad asistió a dos grandes conflagraciones bélicas que modificaron el curso de la historia- fue un tiempo de hecatombes y desastres de proyección planetaria.
El fin de la denominada guerra fría y del mundo bipolar, que en su momento generó una razonable expectativa, no deparó ciertamente la distensión y la paz que permitiera avanzar hacia nuevos horizontes de progreso y equidad social.
Uno de los más álgidos y sangrientos conflictos es la guerra árabe israelí que martiriza a Medio Oriente, una enconada disputa que ha sacrificado a varias generaciones, en la que conviven intereses geopolíticos, territoriales, religiosos y, naturalmente, económicos.
Los demoledores bombardeos israelíes contra el Líbano que terminaron en una tregua bajo supervisión internacional, pusieron nuevamente bajo la lupa un tema recurrente: el padecimiento de las poblaciones civiles, condenadas a morir o emigrar compulsivamente.
En Domicilio privado, el cineasta italiano Saverio Costanzo construye un desgarrador fresco testimonial, que retrata la angustia de una familia palestina agobiada por el terror.
El relato, que abreva de una historia real, está ambientado en una región no determinada de los vastos territorios ocupados por las fuerzas armadas de Israel.
Los protagonistas de la pesadilla son un profesor pacifista, su esposa y cinco hijos- dos de ellos adolescentes- quienes padecen una ocupación a domicilio, cuando un grupo de soldados israelíes toma el control de la casa.
Aunque la familia es compulsivamente limitada a ocupar la planta baja y permanece encerrada durante la noche, el padre se niega a abandonar la vivienda, alegando que, cuando alguien se transforma en refugiado, pierde su identidad.
Sumidos en un permanente estado de pánico, estos palestinos se transforman en prisioneros dentro de su propia casa, lo que los condena a vivir en situación de hacinamiento, a dormir en el piso y tener serias limitaciones hasta para usar el gabinete higiénico.
En la primera media hora de la narración, Costanzo aborda los dos temas vertebrales de la historia: la reproducción de la ocupación territorial en la propia intimidad de una vivienda particular y el fuerte sentimiento de identidad de la familia, que se niega a abandonar el lugar.
La presencia de los intrusos uniformados modifica muchas de las rutinas de estas víctimas civiles de la guerra, que discuten acaloradamente las estrategias para soportar lo insoportable.
Hay una clara dicotomía entre la postura conciliadora del padre y la actitud bastante más combativa de la madre y los dos hijos adolescentes, quienes alegan que es preferible luchar antes que vivir de rodillas. Incluso, el joven sueña con transformarse en guerrillero y enfrentar al enemigo.
No obstante, el núcleo del problema no es ese dilema intrafamiliar jamás dirimido, sino la convivencia con los ruidosos y prepotentes «visitantes» y con la violencia circundante, expresada en el permanente sonido de helicópteros artillados en pleno vuelo y de esporádicos pero recios bombardeos.
Saverio Costanzo trabaja el relato mediante una aguda observación de las conductas y la psicología de sus personajes, sometidos a una permanente tensión emocional.
Resultan muy sugestivas las secuencias nocturnas, en las que los integrantes de la familia duermen sobresaltados por el pánico, a la expectativa de lo que les pueda deparar el destino.
El filme está narrado con un lenguaje moroso y despojado, que soslaya todo lo accesorio para concentrarse en la peripecia compartida de habitantes y ocupantes de la casa.
Rodando con cámara en mano como si se tratara de una filmación para video, el realizador condensa las inflexiones afectivas y los temores de los personajes, en una radiografía humana explícita, contundente y descarnada.
Uno de las mayores virtudes del filme es la honestidad del planteo que humaniza a todos los personajes, incluyendo a los propios soldados israelíes, quienes también se manifiestan exhaustos por el peso de una guerra absurda.
Domicilio privado es un filme de fuerte trazo testimonial, que retrata la angustia de un grupo de seres humanos agobiados por el terror y la incertidumbre de no saber cuál será su futuro. *
DOMICILIO PRIVADO. Italia 2004. Dirección: Severio Costanzo. Producción: Mario Gianan. Libreto: Severio Costanzo, Camilla Costanzo, Alesio Cremonini y Sayed Qasha. Fotografía: Luigi Martinucci. Reparto: Mohammed Barki, Lios Miller y Hend Ayoub.
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