Tiene la palabra

Contestando a Egon Friedler

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

* Hace más de un mes, el 2 de agosto, se publicó en esta sección «Tiene la palabra» una carta mía sobre un acto realizado en el Paraninfo de la Universidad en solidaridad con los pueblos de Palestina y el Líbano ante la agresión de Israel. Ahora quiero referirme, sobre el mismo tema, a un artículo del Sr. Egon Friedler que apareció el 26 de agosto.

El artículo arranca en la prehistoria y oriente, podríamos decir, recordando los textos de historia de Secco Ellauri que estudiábamos en el liceo. Pero luego, en un rápido vuelo de pájaro, llega a la actualidad y dice: «En 1982 fueron los palestinos de la OLP que convirtieron al Líbano en un trampolín de ataques contra Israel lo que complicó al Estado judío en la guerra más conflictiva y polémica de su historia. Desde el año 2000, luego del retiro de Israel del Líbano…», etc.

Yo creo que las cosas no fueron así, en absoluto, sino más bien al revés. En ese salto mortal que hace el articulista se omiten hechos fundamentales y a la vez se cambian los roles que jugaron los protagonistas. Por eso le voy a contestar con lo que dice la Guía del Mundo, un texto reconocido que cuenta con por lo menos 11 ediciones internacionales en varios idiomas y se actualiza sistemáticamente por internet. En lo pertinente dice así, después de referirse a los bombardeos israelíes a Tiro, Sidón y Beirut en 1981:

«En junio de 1982 el ejército de Israel invadió el Líbano en una operación combinada de sus fuerzas de tierra, aire y mar. las ciudades de Tiro y Sidón fueron ocupadas rápidamente y Nabatié y Trípoli (Tarabulus) devastadas por los bombardeos, como primera etapa del operativo que Israel denominó «Paz para Galilea». Beirut fue prácticamente destruida. Hubo millares de bajas en la población civil; fueron destrozados puentes, oleoductos y aeropuertos, hospitales y escuelas, grandes edificios y viviendas humildes, fábricas y museos. Otro saldo de la agresión fue la captura de 8.000 palestinos y libaneses, mantenidos en deplorables condiciones en campos de prisioneros. No menos doloroso fue el saqueo total, por parte de militares y agentes de la Mossad, del Centro de Estudios Palestinos, cuyos materiales, fruto de 17 años de trabajo de 980 investigadores de la historia y la cultura palestinas, fueron cargados en camiones rumbo a un destino desconocido. (El 24 de agosto) la ciudad de Beirut fue ocupada totalmente por las fuerzas militares de Israel. El 16 de setiembre de 1982 las llamadas Fuerzas Libanesas entraron en los campamentos palestinos de Sabra y Chatila y asesinaron a centenares de civiles desarmados, sin exceptuar a ancianos, mujeres y niños. Una investigación posterior determinó sin lugar a dudas la responsabilidad de los comandantes israelíes en la matanza, al haber incitado a la acción a las milicias derechistas que estaban bajo su control». (La referencia es a Ariel Sharon, que estuvo acusado ante tribunales de Bélgica, con pruebas aportadas por el Líbano, hasta setiembre de 2003, cuando se desempeñaba como primer ministro).

El articulista se saltea también la segunda invasión del Líbano por parte de Israel, mediante la operación «Viñas de Ira» en el año 1996, con ocupación del sur del país, del cual se retiraron en el año 2000 por las acciones de la resistencia y el peso de la opinión pública mundial. Dice al respecto el texto aludido: «En 1999, tras incesantes enfrentamientos con la guerrilla libanesa, el presidente israelí Ehud Barak ofreció un plan de retiro del territorio libanés, pero las negociaciones finales quedaron supeditadas a un acuerdo con Siria por la devolución de las alturas del Golán. El 25 de mayo de 2000, acosadas por fuerzas de Hezbolá, las tropas israelíes abandonaron el sur del Líbano. El gobierno libanés declaró, esa fecha, Día de la Resistencia».

Más adelante dice el Sr. Friedler que «Israel no desea ocupar territorios libaneses». Entonces, ¿por qué no se van? Siguen bloqueando al país por aire, mar y tierra, donde permanece gran parte del ejército que ocupó el sur del territorio. Arrasaron Beirut y otras ciudades, mataron a 1.183 civiles, la tercera parte niños (cálculos de Unicef, otras estimaciones elevan apreciablemente las cifras), destrozaron miles de viviendas, obligaron al desplazamiento de un millón de habitantes, destruyeron aeropuertos, carreteras y todos los puentes, las escuelas, las fuentes de agua y electricidad, los depósitos de combustibles infectando el Mediterráneo, impidieron la llegada de la asistencia médica y humanitaria, destruyeron los refugios, mataron a personal de la ONU que les informó diez veces de su condición, arrojaron bombas de fragmentación, ¿qué más hubieran hecho si decidieran volver a ocupar esos territorios?

JUAN P. ROCCA – C.I. 1.822.656-6

 

El coronel (r) no tiene quien le escriba

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

* Y ese día, aunque haya tardado muchos años, finalmente llegó. La época de los militares genocidas que sentían que la impunidad nunca se habría de acabar, que se paseaban entre nosotros llenos de soberbia creyéndose intocables a pesar de su saña asesina, que estaban seguros de que la Justicia nunca los llamaría a responsabilidad, se equivocaron rotundamente.

Tenían la obtusa convicción de ser una casta superior de iluminados que nunca pagarían por sus aberrantes crímenes. Hacía 33 años que estaban a salvo. Primero fue la dictadura con sus terrorismo de Estado quien los encubrió. Ya en plena democracia, gracias a la ominosa Ley de Caducidad que gente como Sanguinetti y su socio de la gobernabilidad, Wilson Ferreira Aldunate pergeñaron, nadie pudo molestarlos. Luego, la aplicación cómplice que hicieron de esta misma ley todos los gobiernos blancos y colorados que siguieron, los mantuvo a cobijo de la Justicia, terminándose de hecho por convalidar todos los horrores cometidos durante los años de plomo.

Pero lo que no tuvieron en cuenta los genocidas, ni tampoco los políticos blancos y colorados que los amparaban, es que los pueblos (aunque a veces demore tanto que maduren sus tiempos), inexorablemente, necesitan encontrarse con la verdad y estar plenamente imbuidos del espíritu de que la Justicia se aplica a todos por igual. Ningún cuerpo social resiste vivir por siempre en la mentira. Ningún pueblo es verdaderamente libre hasta que consigue que todos y cada uno de sus integrantes sea igualmente responsable por sus actos ante la ley. Ninguna democracia se consolida si no asegura que la libertad está firmemente asentada en los pilares que sólo la Justicia le puede brindar. Por esto, los uruguayos a partir de este 11 de setiembre hemos comenzado a deshacer los barrotes que la impunidad había impuesto a nuestras libertades, y además, por fin, hemos consagrado integralmente nuestra convivencia democrática.

Creemos, sinceramente, que ha llegado la hora de que nuestras Fuerzas Armadas dejen de ir a contrapelo de la historia y se pongan a tono de los nuevos tiempos. Este fallo de la Justicia, y todos los que en el futuro vendrán, así lo determinan. El Ejército Nacional no puede seguir amparando y protegiendo, como lo ha hecho hasta el presente, a toda esta escoria humana que cometió los más atroces delitos. Escoria humana que fue tan valiente cuando apretaba el gatillo contra seres indefensos, que se jactaba de su coraje cuando aplicaba la picana o hacía el submarino, que se sentía tan viril cuando violaba mujeres maniatadas, que se regodeaba cuando separaba a un recién nacido de una madre presa, y que ni siquiera sentía ni un poco de vergÃ
¼enza cuando robaba con impudicia. Todos aquellos militares que clamaban ser victoriosos de una guerra que jamás existió, finalmente terminan resultando en estos cobardes del presente, «hombres de honor» que andan huyendo y escondiéndose, que están desesperados por sacarse el lazo del cuello y que no tienen el valor suficiente como para afrontar las consecuencias de sus actos. Estos señores deshonraron los uniformes de los verdaderos soldados de la patria. Lo hicieron cuando mancharon los propios con sangre inocente de sus hermanos orientales. Debería ser el Ejército Nacional quien también, ahora mismo y sin demoras, les exigiera a estos indignos camaradas que la institución no dejará de pedirles que le rindan sus cuentas.

Ojalá que así sea. Ojalá, también, que ante estas circunstancias la institución armada asuma, en un acto de grandeza, el mea culpa impostergable que de una vez por todas demuestre que se comenzó a separar la paja del trigo. El primer paso es confirmarnos fehacientemente lo que todos creemos: el coronel (r) Gavazzo ya no tiene quien le escriba. El y todos sus secuaces se han quedado solos. Esta es la única forma de que el Ejército Nacional -que no debemos olvidar que tuvo a Artigas como su primer jefe- pueda reivindicar su honor y recuperar la estima que alguna vez gozó dentro de nuestra sociedad toda.

JOSE MANUEL GARCIA – [email protected] – C.I. 1.210.481-0

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