Excelencias del afiche francés
Se podía haber prolongado la exhibición de Carlos Seveso y Carlos Musso, clausurada ayer. Ambos montevideanos del 54, han tenido una trayectoria paralela, con talleres compartidos y una actividad docente en la Escuela Nacional de Bellas Artes a partir de 1986-87.
Los dos pintores, luego de las primeras búsquedas de lenguajes propios, adquirieron un nivel expresivo en la primera mitad de la década del ochenta, con un neoexpresionismo legítimo surgido de circunstancias locales luego de la dictadura cívico-militar que dejó secuelas en la sociedad y la cultura, especialmente en el campo de la plástica. Dos figuras jóvenes que, en cierta medida, encabezaron un movimiento de renovación de posmodernidad local. Dejaron obras (se pueden ver en la Colección Engelman Ost) de fuerte contenido dramático, un delicado equilibrio entre la subjetividad y las circunstancias exteriores. El ejercicio de la docencia y la dedicación de Musso a la confección de objetos lúdicos, fueron domesticando la violencia de esos años. Seveso se dispersó, con desigual fortuna, en series diferentes preocupado por la identidad nacional, como ahora demuestra su inquietud por problemas bélicos de resonancia mundial. El uso del collage, la materia grumosa, el trazo suelto, la sobreposición (o yuxtaposición) de elementos figurativos (cuerpos, cabezas) que lo aproximan a su compañero, aunque mantiene una paleta de tonos azules violáceos, de opresivas connotaciones psicológicas. Los cuadros, de pequeño y mediano formato, no logran la convicción de antes.
Carlos Musso, aún incursionado (como lo hizo hace dos años en una muestra del Cabildo) en estereotipos de la soledad y la angustia existencial, la temática de la muerte (también Seveso), mantiene, empero, en cuadros aislados (mejor en la salita en que reúne obras de tensa comunicabilidad en sus colores sombríos), esa gestualidad y potencia cromática que estalla con extraña vitalidad e ilumina su potencia inventiva. La responsable es la curadora Alicia Haber, curadora jefe del Departamento de Cultura capitalino, al principio de su gestión (ya van más de diez años) supo desplegar ideas y tuvo aciertos en propuestas audaces que ahora derivó hacia la rutina y las convenciones (incluso en los textos que escribe), en exaltar la pintura, por momentos en un operativo marketinero (Alpuy, Gurvich), sin justificar, en el plano teórico, la elección de nombres y lenguajes.
No son más estimulantes otras recientes inauguraciones. «Como Uruguay no hay», en el Museo Blanes, con despliegue propagandístico, el apoyo de numerosas instituciones nacionales y de la Fundación Rockefeller (que antes era un pecado mencionarla por las izquierdas) y un equipo interdisciplinario, derivó en un populismo de nulo interés. No resiste la comparación con «A través de un siglo», actualmente en la sala superior del Cabildo, un proyecto modesto (sin catálogos ni apoyos espectaculares) pero de una capacidad de síntesis y una poética admirables.
Mejor es la propuesta «Ojo 2000″, de Mario Sagradini, curador y participante en la intervención de la Facultad de Arquitectura. Es cierto que el vandalismo de los estudiantes afectó la mejor obra presentada («Hasta la Victoria siempre» de Raquel Bessio, sobre un horroroso calco de la escultura griega), la más inspirada de las que se distribuyen en la plantas baja y alta del edificio. En general, los participantes utilizan un lenguaje cerrado, que se agota en sí mismo, cuando deberían incitar a la visualización (aunque no fuera inmediata) y a la reflexión con mayor contundencia, con claves de captación, especialmente para la muchachada juvenil, al parecer ajena al arte contemporáneo. Faltó, además del útil plano, una guía mínima. Dispersas, apocadas, no siempre bien ubicadas (Uricchio debió estar en el jardín y modificar el espacio con su movimiento y colores), las obras claudican de su condición, un poco expulsadas por la muestra de arquitecto Bonet y el fárrago de elementos que entorpecen el itinerario. La idea curatorial es, a pesar de los débitos, de la falta de intrepidez para cuestionar la misma enseñanza arquitectónica desde dentro, bienvenida y vale la pena insistir con empuje más desacralizador.
Afiches franceses contemporáneos
Además de «A través de un siglo», ese vistazo ejemplar sobre el pasado uruguayo que, después de ocho meses de la inauguración muchos ignoran, lo mejor de la cartelera se localiza en la Fundación Buquebús y la Alianza Francesa.
Un centenar de afiches franceses contemporáneos, que comprende el período 1992-1997, se reparte entre ambas instituciones. La inventiva, la calidad de impresión, la variedad de temas, tratamientos formales, la ironía y el humor, además del agradable montaje y de un inspirado (gráficamente) libro-catálogo, hacen de esta muestra uno de los mejores momentos del año.
Es correcta la advertencia que se hace desde el catálogo de que no es una muestra exhaustiva por diversas razones. Tampoco podría serlo. Pero allí está el maestro Michel Bouvet y el grupo æ Face, con su minimismo expresivo que ya lo documentó en Montevideo sin mayores logros, y generaciones emergentes que agregan prestigio y actualidad a un arte (el afiche de autor) donde Toulouse- Lautrec, Chéret, Bonnard, Valloton y otros alcanzaron momentos de histórica recordación hace un siglo.
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