Seis Reinas y un Rey
Jorge Arias
Pero tanto la ambientación circunstancial como la muy simple escenografía cedieron pronto el cetro al encantamiento de la palabra hablada, cuando Roxana Blanco arrancó con su monólogo, con un gesto y una torva mirada que preludian a Ricardo III, monólogo que se niega a sí mismo con palabras que dicen de repulsión pero que revelan un irresistible hechizo.
Allí se dio el tono, una poética suspensión de la palabra entre el sentido y el sonido. El horror está dicho pero más aludido, lo que aumenta su eficacia; la presencia fatídica de Ricardo, que nunca aparece en escena, se refleja en cada gesto y en cada frase.
Un flujo de imágenes y metáforas que no sigue ni el cauce lógico de la conversación corriente ni el discurrir mudo de la música aunque participa de ambos planos, envuelve al espectador, lo seduce con la tragedia, lo arrastra a cielos y abismos, lo hace gozar con la muerte y el dolor para devolverlo al fin a su butaca, exhausto pero feliz, transfigurado y el mismo, cuando la obra concluye.
El autor, Normand Chaurette (Canadá, 1955) emplea a discreción argumentos y personajes de Shakespeare. El inmortal Ricardo III viene de la obra que lleva su nombre y de la trilogía del rey Enrique VI. El único personaje imaginario, la mutilada y posiblemente muda Ana Dexter, es una versión aligerada de la horrenda escena de Lavinia en Tito Andrónico. El autor parece proponerse una visión a contraluz de los hechos históricos, más que nada interior y desde un ángulo puramente femenino, de aquella saga histórica.
No es fácil juzgar hasta qué punto Chaurette se beneficia ante el espectador con los fulgores de Shakespeare y hasta qué punto vemos su hogueras propias. Pero el impacto intelectual y sensorial de su pieza no es menos poderoso y duradero. Vemos como en un relámpago esclarecedor todas nuestras pasiones: el amor, el miedo, la ambición, la crueldad.
El arte del teatro nos hace identificarnos en seis mujeres vestidas poco convencionalmente, que viven en otra época y casi en otro universo; el milagro de la comunicación, al que sólo parodia la Internet, se ha logrado aquí sin más teclas ni palancas que las palabras de todos los días.
La realización de esta obra de arte es el mérito, en primer lugar, del director Eduardo Schinca, tan fuera de la escena pero tan omnipresente en Las reinas como el mismo Ricardo. Schinca reitera aquí la plena madurez de sus notables cualidades: conocimiento en profundidad del texto y la época, inteligencia alerta para hacerlo valer y para distribuir las voces en el coro, atención constante del detalle, del ritmo y del tiempo.
Mas no fue el menor de sus méritos la elección del elenco, las reinas de la escena que brillaron sin interrupciones con una luz igual y única. Roxana Blanco, como Ana Warwick, nos hizo evocar su memorable actuación en Ricardo III (dirección de Sergio Blanco). Judith Palacios compuso a la perfección un personaje, la anciana duquesa de York, de quien se supone está llegando a los cien años y en quien el filo del tiempo parece haber aguzado la perfidia.
Beatriz Massons (la reina Margarita), con su regia autoridad y presencia, en un complejo personaje cuyos rasgos de humor y de ironía se funden con los redobles del destino. Nelly Antúnez (la reina Elizabeth), de perfecta síntesis de voz y gesto. Ana Rosa (Ana Dexter), tan expresiva en los rasgos de ternura como en su ira y Elsa Mastrángelo (Isabel Warwick) con su conmovedora tirada hacia la segunda parte de la obra. Hacía tiempo que no podíamos gozar de una tan deliciosa velada de teatro.
Las reinas, de Normand Chaurette, con Nelly Antúnez, Beatriz Massons, Ana Rosa, Judith Palacios, Roxana Blanco y Elsa Mastránelo. Escenografía de Raúl Acosta, vestuario de Hugo Millán, iluminación de Haydée Chocca, asistente de dirección Leonardo Schinca, dirección general de Eduardo Schinca. Estreno del 8 de setiembre en El Sótano, Carrasco Lawn Tennis, Eduardo Couture 6401, Tel. 600 4312.
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