El predominio de la estética Estefan
Raúl Forlán Lamarque
Nadie puede dudar ya, a esta altura, que los Grammy latinos se han convertido en objeto de una especie de manipulación cultural por parte del productor artístico (y asimismo ejecutivo de Sony Music) Emilio Estefan. De hecho, en los días previos a la entrega de estos lauros, hubo una fuerte colisión entre el excelente productor y músico argentino Gustavo Santaolalla y el primero: el asunto de la manipulación de los premios, según Santaolalla, debía cesar y dar paso a la ecuanimidad.
La industria musical, hoy, es quizás la superficie de negocios más importante del planeta, si pensamos desde una posición si se quiere artística. Los productos fabricados, pues, van teledirigidos (los mass media están involucrados en ello, incluyendo a la señal de aparente cuño liberal que viene a ser la MTV) a una masa que gusta de envolverse en la falsa «vida loca» que vende el insufrible Ricky Martin (de hecho, en la ceremonia ocurrida en Staple Center de Los Angeles, fue el encargado de tributarle un homenaje al desaparecido Tito Puente) o en un glamour plastificado que se compra a mares si se piensa en Luis Miguel, vencedor del Grammy a mejor disco del año y, de ese modo, dejando a la vista sin pudor ni remordimiento alguno el predominio que Estefan y allegados poseen en esta cultura de la banalidad.
Si se hubiese pensado en términos estrictamente culturales y artísticos el disco Yo soy/Revés de los brillantes creadores que son los mexicanos Café Tacuba debió ser el disco más importante del año (de hecho lo es por fuera de los Grammy), pero hábiles no eludieron sus calidades y cualidades y le otorgaron el galardón a mejor disco de rock. No comen vidrio los Estefan cuban boys.
Claro que, por otra parte, los Grammy tienen que autoadministrarse seriedad, profesionalismo y responsabilidad, así que de ninguna manera podía sesgarse la excepcional labor creativa de Carlos Santana por su disco Supernatural, a quien entonces se le premió en tres categorías: mejor grabación de «Corazón espinado», mejor instrumental (por «El faro») y mejor interpretación vocal de rock (por «Corazón espinado» junto a los mexicanos Maná).
La colombiana Shakira, que se pasó al bando de los Estefan, venció como mejor intérprete femenina y mejor intérprete pop (por «Octavo día» y «Ojos así»), pero de igual modo puede decirse que es de lo más noble que posee el catálogo de los cubanos: la chica, si zafa, podría llegar a crecer como artista y lo tiene absolutamente todo. Esperemos que Estefan no la arruine demasiado, como lo hizo con la retrofolclorista Soledad. Y el rosarino Fito Páez alcanzó dos estatuillas que pueden convalidarse sin ejercer reparos por mejor canción («Al lado del camino») y mejor interpretación de rock. No todo está perdido, Santaolalla. El choque de lecturas en cuanto al quehacer cultural no estalló precisamente como introducción a esta reciente entrega de los Grammy latinos, sino que ya se había gestado el año pasado cuando el cantante Fher de los Maná, durante sus presentaciones de la banda en los Estados Unidos, había señalado públicamente que la música latina tiene exponentes y contenidos de mayor exigencia y pluralidad que los de Ricky Martin.
Por otro lado, un grupo de bandas de la cultura rock donde participaron los mexicanos Café Tacuba, Molotov y Control Machete, los argentinos ANIMAL Bersuit Bergarabat y los Illya Kuriaky, además de Plastilina Mosh emprendieron un exitoso tour por los Estados Unidos para demostrar que la estética de la región es más que variada y talentosa y que en buena medida se aparta o se desmarca de la estética ganchera, melosa y siempre previsible que comanda Emilio Estefan. El tour volvió a repetirse este año con mayor suceso y es una pista de acción para gestores creativos y en franco ascenso y con un poder real de convocatoria en toda América Latina.
No son hoy los Grammy el sistema cultural por el cual, amigo lector, se debe medir las potencialidades compositivas y las resoluciones musicales, sus experimentaciones a nivel sonoro (no hay categoría para hip-hop, rap o rythm and blues o experimental en estos Grammy latinos). Si la revelación es Ibrahim Ferrer a los ochenta años de edad (un individuo que lo habrá descubierto el notable Ry Cooder para promover el fenómeno Buena Vista Social Club, pero que viene trabajando en Cuba hace décadas), no hay que tomárselo muy en serio.
No por las cualidades comprobadas por Ferrer, sino por cómo el sistema de entregas de Grammy latinos siempre será –por lo menos en esta oportunidad– compensatorio y que nadie se queje. Habrá que seguir quejándose, y darle la razón a un músico formidable y a la vez un productor prestigioso como Gustavo Santaolalla (el ex Arco Iris, Soluna y Wet Picnic): ya se ha librado un primer round y, más allá de los méritos y merecimientos de Carlos Santana, se produjeron honores divididos al menos: si bien en esta ocasión el nutrasweet de Luis Miguel se quedó con el mayor galardón, los Café Tacuba metieron su gran baza. Y habrá que seguir presionando, creciendo artísticamente para aplastar una visión de la música latina –la que maneja Estefan– que no nos representa culturalmente.
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