DECIMO TERCER FESTIVAL PORTO ALEGRE EN ESCENA

Se confunde libertad con capricho

En sus cuatro horas (dos intervalos como para comer algo en la cafetería del San Pedro y tomar un café) encontramos un texto más dicho que actuado, más una historieta pueril (quizás lujosamente ilustrada), que la tragedia clásica. Sucede como si los directores quisieran enfrentarse (primer momento: audacia) con Shakespeare, Chejov, o Miller y percibieran las dimensiones de esos mundos (segundo momento: duda); luego vacilaran, más inseguros de sus ganas de trabajar que de sus fuerzas (tercer momento: desaliento) para salir del paso adornando la obra con variaciones suficientes como para retrucar un «Esto no es Shakespeare» con «Ni falta que hace. No fue mi propósito» (cuarto y último momento: arrogancia).

Nekrosius está convencido de que sus muchos injertos, inventos, zurcidos y zonceras son igualmente valiosos: confunde invención con veleidad y libertad con capricho. Una o dos salidas de libreto, uno o dos chistes visuales acertados son encantadores; la repetición los hace insoportables y obliga al crítico a preguntar por la razón de las innovaciones, sin encontrar respuestas.

Se ubica toda la acción a bordo de un barco, lo que no está mal si recordamos que Othelo es un almirante veneciano. Menos explicable es que haya tanta agua, y no agua de mar, sobre cubierta, en abluciones, salpicaduras, aspersiones y escupitajos. Hay un rumor de olas, a veces de tormenta, bien logrado, que tanto acompaña la acción como nos distrae de ella. Hay, a izquierda y derecha del espectador, dos pesadas puertas que no conducen a ninguna parte pero que, a veces, rezuman agua. Hay un piano y un pianista, que pueden recordar a «Novecento», pero que nos desilusionan cuando vemos que el músico y su música son decoración con movimiento. Hay largos trucos de prestidigitador con un pañuelo, un toldo negro de aire ceremonial del que no llega a saberse el ritual a que corresponde. Desdémona aparece en escena cargando otra puerta, algo más liviana, también fuera del marco, agujereada y con un traje o tela negra colgada; hay tres hombres tontos, que nos recordaron a «Los tres chiflados», de camisa blanca, corbata de moña y pantalón cortito que durante toda la obra mecen un envase de plástico, rodeado por una cuerda, que podría contener agua. En el primer acto Othelo lleva a la rastra una docena de irrelevantes palanganas de dolmenit o material similar, que tirará al foso del teatro, con no menor irrelevancia, en el último acto. Al héroe parece habérsele prohibido entrar a escena sin clavar su sable en las sufridas tablas del San Pedro; en el segundo acto tira al voleo unas piedritas que llegan al público. Iago, cuyo actitud parece la de un jugador de fútbol, suele mirar, a los demás actores y al público a través del agujero de una maceta vacía; cuando la primera pelea de Othelo y Desdémona un personaje ejecuta un solo de trompeta; cuando muere Desdémona, aparece una niña, escapada de «Cabrerita», de abajo de una mesa. Hay un ir y venir interminable con macetas floridas alrededor de la muerta…¿para qué seguir? No son estas invenciones, de alguna manera hay que llamarlas, lo que hace tediosa a la obra (el teatro entero suspiraba por que Othelo, en el último acto, dejara de zamarrear a Desdémona y la matara de una vez), sino al movimiento sin ton ni son de los personajes: todos los actores deben haber corrido algunos cientos de metros antes de que la obra finalice. Debemos reconocer ciertos derechos al realizador, pero cuesta admitir que invada el terreno y los derechos del autor con chafalonías, o, tal vez mejor, abalorios y espejuelos. Es inevitable que el director de escena imprima en la obra su carácter, pero este carácter, como el sello romano del que proviene la palabra, actúa siempre sobre una materia ajena. *

 

OTHELO, de Shakespeare, puesta en escena de Eimuntas Nekrosius (Lituania), con Vladas Bagdonas, Jonas Baublys, Viktoras Baublys, Povilas Budrys, Kestutis Jaktas, Rolandas Kazlas, Tomas Kizelis, Egle Spokaite, salvijus Trepulis, Edita Zizaite y Margarita Ziemelyte. En teatro San Pedro.

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