Artes Visuales en Europa

Dos creadoras del tercer milenio

Nelson Di Maggio

El centro está en todas partes. Ni París o Nueva York osarían atribuirse el monopolio de la actividad artística aun tomando en cuenta el caudaloso y diversificado arsenal cultural que las caracteriza y el potente mecenazgo (nada inocente) estatal y privado que lo sostiene.

Cada edición de las bienales de Venecia, Lyon y San Pablo convoca nombres que provienen de países lejanos y desconocidos (de difícil localización geográfica) que imponen una fuerte personalidad y amenazan con desplazar los tradicionales focos de producción artística.

Aunque el registro es muy amplio, el circuito de difusión se limita al lapso (generalmente tres meses) en que se exhiben las obras. El público, con excepción de la Documenta que supera los 600 mil visitantes, apenas trepa hasta los 80 mil o 150 mil. Es cierto que en su mayoría son especialistas o aficionados al arte actual y que el efecto multiplicador se realiza por infinitos caminos, incluso por Internet y sin moverse de su casa.

Que no es lo mismo, aunque lo parezca. La realidad virtual destruye la obra de arte, como la reproducción o la diapositiva, útiles elementos de trabajo para quienes conocen los originales. El resto es pura cháchara e hipocresía intelectual. Por eso, viajar más que una obligación, es una necesidad.

No pasa lo mismo con el cine, que es más pródigo en penetración popular, por su propia idiosincrasia. En Uruguay y a través de los festivales de Cinemateca Uruguaya (de circulación restringida pues se proyectan durante una semana y no se vuelven a ver en su mayoría) se han dado a conocer filmes de realizadores provenientes de Irán (Abbas Kiarostami, Jafar Pahani), China (Chen Kaige, Zhang Yimou, Xie Fei), Egipto (Atom Egoyan), Grecia (Theo Angelopoulos), Yugoslavia (Emir Kusturica), Dinamarca (Lars von Trier), Rusia (Aleksander Sokurov), Finlandia (Aki Kaurismaki), Estonia (Arko Okk).

Otra característica del nomadismo: no todos están en su patria de origen. Como sucede con el realizador Atom Egoyan, nacido en Egipto de origen armenio pero trabajando en Canadá, muchos artistas visuales detentan una similar condición. Hasta el crítico de arte Okwi Enwezor, nigeriano, residente en Nueva York desde hace 20 años, actual director de la Documenta 2002. La identidad se convierte en una cuestión resbaladiza, quizá inapresable. Si es que al fin y al cabo, en un mundo ‘gl(e)balizado’, es un tema de urgente reflexión o surge por añadidura a pesar de todo.

Resurge el arte iraní

El caso de Shirin Neshat es sintomático. Es, probablemente, una de las personalidades más importantes surgidas en años recientes. Nacida en Irán en 1957, vive y trabaja en Nueva York. No obstante recurre a una temática indisolublemente ligada a su país, al fundamentalismo islámico, a la marginación brutal de la mujer en una sociedad que la condena al nacer, a la separación sexual, al encierro carcelario y al ocultamiento del cuerpo y el rostro con un manto negro, el tarha.

Empezó con la fotografía y así se dio a conocer en las bienales de Estambul, Johannesburgo, Sydney, Venecia, además de exponer individualmente en famosas galerías (Annina Nosei, Nueva York, Lucio Amelio, Nápoles, Casa Europea de la Fotografía, París).

Luego derivó hacia la instalación fotográfica y proyección fílmica de creciente complejidad en su alta tecnología y refinado alcance poético que no logra, empero, neutralizar, el fuerte contenido de su denuncia. Por el contrario, su convicción estética deriva de ese equilibrio sutil entre una formulación impecable y la intrepidez de la anécdota, siempre mínima y comprensible para cualquier público.

En la edición 48º de la Biennale véneta, presentó un videoinstalación con el nombre Turbulencia (1998). Las imágenes en blanco y negro surgían de dos monitores en cada extremo de la sala. Se enfrentaban un cantante, ante un público ruidoso y exclusivamente masculino, que aplaudía con entusiasmo y por otro lado, un lamento dramático de una cantante aislada, en soledad, emitiendo un grito primordial desgarrado y desgarrante.

En la V Bienal de Lyon, presentó Raptura (1999), otra videoinstalación en la que muestra la separación de los roles del hombre y la mujer, unos como constructores urbanos unidos en juegos colectivos, y otras surgiendo de inmensas planicies, ligadas a la tierra, a la fecundidad y unidas en una ruidosa emisión lingual (zagarit) casi intolerable, que proviene de una antigua tradición dentro de las clases populares, que tiene el significado del aplauso en Occidente, pero que suena como una protesta.

Todavía, para la Feria de Basilea pergeñó una tercera videoinstalación persiguiendo, a través de cuatro proyecciones simultáneas, la imagen solitaria de una mujer que camina, corre, entra en mezquitas, atraviesa calles y campos sobreponiendo imágenes en fundidos encadenados de exquisita y enérgica impostación lírica.

Por su caudalosa imaginación, las ideas se corporizan sencillas y contundentes como un silogismo. En ese, sentido cada uno de los diez minutos de sus videos adquieren una dimensión más perdurable que las películas de sus compatriotas.

Tradición egipcia renovada

Otra mujer, Ghada Amer, nacida en El Cairo en 1963, también eligió Nueva York como residencia. Vinculada a la galería Annina Nosei, intervino en las bienales de Estambul y Johannesburgo, antes de adquirir notoriedad en la 48º Bienal de Venecia donde obtuvo un premio secundario pero que concitó la atención de críticos.

Aparentemente, trabaja sobre un soporte más convencional y sigue la antiquísima tradición del tapiz y el bordado. Como una Penélope del siglo XXI, va enhebrando sobre una enorme tela, hilos de colores, puntada tras puntada, de diferentes tamaños y direcciones, que dibujan figuras a la manera de un palimpsesto: las de tonalidades más suaves aparecen casi ocultas, en un segundo plano, por las de fuerte cromatismo.

En esa red de líneas enmarañadas, va surgiendo, en una atenta lectura, aquello que las labores propias del sexo expulsan: el erotismo, la sensualidad, el placer del propio cuerpo. En la Bienal de Lyon, ese doméstico oficio de bordadora emblematizado por el cuadro de Vermeer, asume un sentido revulsivo, un instrumento de liberación de la condición femenina y de la sociedad musulmana en particular, que es, al mismo tiempo, una celebración vital y entusiasta.

Las artistas mujeres rivalizan en inventiva, calidad y hasta en número, con los hombres.

Desde la venerable Louise Bourgeois, dinámica y desafiante en sus inminentes 90 años, la lista es generosa y buena parte de ella quedará definitivamente incorporada a la historia del arte contemporáneo. (Octava de una serie de notas sobre un viaje a Francia y Suiza).

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