LA DECIMO TERCERA EDICION LUCE SUS GALAS

Con entradas agotadas comenzó el festival teatral Porto Alegre Em Cena

Recibimos de inmediato un folleto a todo color con la programación con todas las obras a representarse, un cuidado libro de arte con cartas de Ignacio de Loyola Brandao, de quien habíamos visto «A ultima viagem de Borges» en el 12o. Festival y un CD con «choros» de Porto Alegre por artistas locales. Luego de un surtido almuerzo, en la siempre divertida compañía de Mauricio Rosencof y Matilde en el «Café Z» de la calle Padre Chagas (Moinhos de Vento), vistamos el «Caserao» en el morro de Santa Teresa, sede del comando ejecutivo del festival donde se trabajaba febrilmente pero con paz y alegría a la espera a del gran momento en que Adriana Calcanhotto diera comienzo al festival, de regreso a su Porto Alegre natal (3 de octubre de 1965) luego de extensas giras por Europa.

El Teatro San Pedro, que gracias a la inderrotable actividad de Eva Soffer avanza en la construcción del anexo «Multipalco» (multiescenarios) a ojos vistas, rebosaba espectadores como burbujas las copas de champagne. Las entradas estaban agotadas; se agregaron sillas contra las paredes y en los pasillos. Estaban el secretario de Cultura Sergius Gonzaga, la gran invitada del extranjero, Pina Bausch, la cantante Muni, periodistas de televisión y prensa escrita, como Renato Mendoca, el crítico de teatro de «Zero Hora».

 

Adriana Calcanhotto

Su voz sale de una oficiante, una sacerdotisa. Parece siempre en el momento antes de un trance: la voz puede ser dulce y tierna, puede, a veces, tararear o producir curiosos sonidos de garganta y labios que llegan como percusión. Lo que dice es sentimental, polémico, universal y americano, individualista y comprometido; pero su actuación siempre estará pautada por un mirar estrellado, inocentemente pícaro, que se alza, como preguntando a un ángel cómo seguir y otras baja, como para registrar los mensajes de la madre tierra y el vientre. Se acompaña con guitarra y en un par de números con su hermano Claudio, en «Esquadra» y «Fico Assim», un virtuoso en la percusión de raros instrumentos. Sobre un fondo escenográfico de luces (Wagner Pinto) variadas, con siempre originales proyecciones (André Vallias) y una escultura móvil al estilo de las que popularizó Alexander Calder que se balancea a la izquierda de Adriana. Su repertorio comprende la canción tradicional, la bossa nova, Manu Chao; canta en buen inglés y en mejor español. Cantó sus grandes éxitos, como «Marinheiro», «Vambora» y «Clandestino», nuevas como «Bellisima» Es una virtuosa de los efectos teatrales, que emplea con sobriedad. Adriana Calcanhotto es imposible de olvidar, y sorprende que en Montevideo no pueda hallarse un solo CD cantado por ella.

A ultima gravacao de Krapp, de Samuel Beckett, actuación de Antonio Petrin, dirección de Ricardo Bueno (Casa de la Cultura Mario Quintana, sala Bruno Kiefer). Fue una excelente ocasión de conocer el arte interpretativo de Antonio Petrin, un actor de San Pablo, que con la dirección de Ricardo Bueno da una versión de la obra que se acerca a la perfección. Rosencof, que felicitó al artista, un maestro en las difíciles contraescenas consigo mismo, admiró especialmente la habilidad con que Petrin, sin caerse, logra resbalar sobre una cáscara de banana. El arte se apoya en lo difícil, está en la cuerda floja, suspendido entre dos mundos, como nuestras vidas. Viendo a «La última grabación de Krapp» comprendemos mejor la frase de Heiner Muller cuando escribe que en el teatro siempre vemos a un actor que agoniza.

Esperando a Godot, de Samuel Beckett, por Boa Companhia (Campinas, Sao Paulo) con Daves Otani, Eduardo Osorio, Alexandre Caetano, Moacir Ferraz y Fabiana Fonseca.

Es otro buen espectáculo paulista, con actores jóvenes. La pieza está tal cual, con sus dos horas de duración y el intervalo después del cual sólo las nuevas hojas de un árbol nos dirán del tiempo que pasa. De gran efecto, como siempre, las dos entradas de Lucky y Pozzo.

 

Para los niños de ayer, hoy y mañana (Pina Bausch)

Es emocionante ver a una leyenda viva del teatro como Pina Bausch (Solingen, Alemania, 27 de julio de 1940 ; es también emocionante, pero triste, ver en este espectáculo del año 2002 el deslucido fin de su carrera. La coreógrafa ha traído una superproducción, con paredes que se mueven, interfieren con los bailarines, parecen conversar entre ellas sin que se oiga un solo chirrido.

Los bailarines dominan la técnica, la exhiben, bailan sobre el piso, ruedan, se apoyan en las manos, chocan entre sí, amagan caer, cuerpos muertos, de un banco cuando un compañero providencial lo sostiene del tobillo. Aparecen personajes, entre ellos una mujer que parece una mezcla de Betty Boop con la bruja de la Pequeña Lulú y es tan descomedida como el Mr. Green de Pepe Soriano en el primer acto. Un joven rubio, que habla portugués se empeña en hacer chistes alemanes.

Lo consigue. De pronto estamos en una peluqueria, donde cuatro bailarinas se sacuden el pelo. Son espisodios, no del todo bien armados ni resueltos ; los bailarines ocupan la escena, pero la sensación final es de vacío. Hay un sol que ya se ha puesto. Si comparamos la performance de Pina Bausch con la de su contemporánea Sasha Walz, y su bailarín, casi mágico, Juan Kruz Díaz de Garaio Esnaola, Pina Bausch queda para el recuerdo de lo que fue y no es o para el olvido de lo que es hoy. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje