"ANATOMIA", DE GUSTAVO MOLINA, EN EL TEATRO FLORENCIO SANCHEZ

La búsqueda de lo absoluto

No hemos podido desentrañar totalmente el enmarañado argumento. Hay una historia, contada en lo esencial hacia atrás, desde el presente hacia el pasado, de un padre (Ernesto Laiño) que abandona a su mujer que se vuelve loca y a su hijo; hay un médico o profesor de Anatomía que expone temas relacionados con su ciencia; hay una mujer deprimida, que se suicidará cortándose las venas, a quien fotografían con esmero dos hombres que, luego de la muerte de su modelo, se traban en una lucha que se promete fatal; hay una mujer vestida de rojo, reclinada en lo alto de un artefacto de metal; hay un villano casi albino, vestido de blanco. Hay relación entre todas las historias, que entran unas en otras; no hemos podido encontrar un hilo conductor.

Sería muy fácil, a partir de estas observaciones, desinteresarse de una obra que hace poco por ser comprendida: hay un momento en que el espectador sospecha que al autor y director sólo le importan la integración de los varios planos escénicos en un cuadro de conjunto, sin duda muy fantástico. Molina tendría los defectos del argentino Omar Pacheco («La cuna vacía»): reiteración de efectos visuales, falta de auténtica emoción y falta de ideas valederas, pero ninguna de sus virtudes. Pero «Anatomía» tiene una carga emocional, un estremecimiento que quiere trascender los cuadros vivos; y es muy claro que la seducción del misterio y del mundo de la imaginación no existe en Molina por sí misma sino por su relación con la vida real, práctica. Creemos que el autor haría suya la primera frase de «Aurélia» de Gérard de Nerval: «El sueño es una segunda vida».

Para dar carne a sus sueños recurre Molina a imágenes que lo han cautivado y que vienen del cine.

El «Código da Vinci» con su albino fanático, «All that jazz» con la mujer aérea; y nos permitimos reencontrar la plancha desesperada de Alejandra Figueroa, mientras escucha a Azucena Maizani, en el inolvidable «Tango varsoviano» de Alberto Félix Alberto, en la mujer que cose a máquina, una y otra vez, la misma tela roja. Pero no deben leerse estas líneas como una imputación de plagio: lo que le sucede a Molina es que tiene algo para decir y no encuentra a mano los medios; acude a su repertorio imaginativo y halla un par de filmes que le allega su memoria. Y precisamente este recurso a formas ajenas, un tanto desesperado, es lo que nos dice, paradójicamente, de la autenticidad del impulso psíquico que llevó a realizar «Anatomía».

Pese a lo inexacto de la realización, la obra tiene méritos. El lenguaje, si no brillante, es cuidado y el vocabulario es suficiente; el argumento no recoge ni lo obvio ni la tontería. Es claro que para Molina la vida es algo serio; y es para nosotros un elogio decir que no lo vemos, tal como se nos presenta ahora, dirigiendo meros entretenimientos, teatro para la anestesia social o, modestamente, para la mejor digestión de la última comida.

Es en la dirección donde Molina muestra lo mejor. Sin las dificultades físicas que se adjudicó al situar «Casanova, el cisne de Seingalt» en el museo Blanes, el director se adueña de por lo menos dos planos del teatro Florencio Sánchez, más parte de la platea, con firmeza y aplomo.

El ritmo de la pieza está logrado, y el director ha podido superar, con una evidente aplicación, la tendencia del teatro local a los tiempos muertos. No le ha faltado esfuerzo ni trabajo, que es lo más necesario; y el trabajo vencerá todas las dificultades.

Tal como es ahora «Anatomía», muestra al autor y director en la mitad del camino, pero en la mitad del buen camino. Ciertamente, su fuerte afinidad con las sugestiones visuales e imágenes anticipadoras lo ha conducido a sobrevalorar su llegada al público; conspirando contra la adecuada comunicación de sus sueños o pesadillas.

La interpretación es otro buen aspecto de la obra. No dudábamos de que Ernesto Laiño, siempre una presencia y una voz insoslayables, que puede llenar por sí solo un escenario, iba a realzar la pieza, cualquiera fuera su contenido; pero el resto del elenco no es indigno de su compañía; y hay un cuidado en la marcación, el tono y el estilo donde nuevamente aparece la solvencia del director.

ANATOMIA, DE HUMANAE ANIMAE ARCHITECTURA, con Agustín Camacho, Alfredo Alvarez, Lucía Trentini, Daniel Jorysz, Mariella Chiossoni, Guillermo Robales, Ernesto Laiño, Silvana Breñaza, Alejandra Aceredo, Ricardo Romay, Claudio Capucho, María González, Sergio Sánchez, Joanna Ventoso y Nicolás Castro. Escenografía de Mariana Kulas, luces de Pablo Caballero, música y ambientación sonora de Nicolás Paciello y R. Alejandro Fleitas, dirección general de Gustavo Molina. En teatro Florencio Sánchez.

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