Historia de un traficante de la muerte
«El señor de la guerra» presenta una crítica formal sobre ese macabro giro empresarial de escala planetaria aunque, por momentos, el filme transita por cierto carácter panfletario (aunque políticamente correcto) donde los claroscuros se borronean y los diálogos terminan esquematizándose en discursos pacifistas relativamente ingenuos. Poco puede agregarse a esta propuesta esteralizada por Nicolas Cage, quien tampoco parece creerse demasiado el personaje de emigrante ucraniano enriquecido por la venta ilegal de armamentos, y hace lo que puede mientras el relato avanza en forma previsible hasta la merecida lección de los que venden su alma al diablo. Es que no sólo la trama cae en ese carácter esquemático hiperpolarizado sino que también las criaturas que desfilan por pantalla impresionan como estereotipos demasiado evidentes (el sádico dictador africano; un hermano adicto pero bienintencionado, el honrado agente que lo persigue, la bella esposa de valores firmes y hasta un gangsteril competidor que no vacila en asesinar militares para lograr una buena venta). No hay mucho detrás de esta catarata de lugares comunes que informa sobre contradicciones de algunos negocios sucios que se hacen aún en contra de los intereses de la propia nación de los mismísimos vendedores (Estados Unidos y algunas naciones europeas aparecen como los territorios más involucrados en la venta clandestina de misiles, tanques y otras herramientas destructivas). Dicha información, a esta altura del partido, ya parece un secreto a voces y es probable que este material guionístico resultaría buena cantera para un documental riguroso y objetivo que aquí se pierde en las facilongas simplezas de serial televisiva.
El resto puede reducirse a golpes de efecto que enfatizan la absurdidad belicista: fusilamientos de niños, matanzas de campamentos enteros y explosiones varias recorren el largometraje en forma simétricamente organizada al desarrollo de los acontecimientos pero sin mayor poder de convicción, a no ser la posibilidad de despertar del letargo a un espectador adormecido. Como dato al margen vale la pena subrayar que el mismo realizador de la película obtuvo el apoyo de varios mercaderes de armamento que le «prestaron» su producto para ser utilizado como «utilería» en el filme (y de paso hacerse propaganda). Este peculiar detalle también funciona como otra notoria incongruencia (un cineasta que critica a estos «señores de la guerra» en su obra pero recibe ayuda de los mismos para poder realizarla) dentro del gran cambalache universal. *
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