"4.48 PSICOSIS", DE SARAH KANE, EN ELKAFKA, BUENOS AIRES

Crónica de una muerte anunciada

La escritura se asemeja a un poema, un tanto en la forma de Thomas Bernhard y no hay acotaciones; en algunos momentos parece dirigirse a alguien, otras veces parece hablar consigo misma. La idea de la muerte y en particular el suicidio está presente en todo su derrotero. El lenguaje es áspero e intenso, como de quien nada se perdona: ilumina un presente que ve como imposible, alude a un pasado que la oprime. La actriz, sentada con los pies en el aire, apenas se mueve; la voz es neutra, hasta deliberadamente incolora. Mediada la obra cae sobre el escenario una lluvia de comprimidos de varios colores, los temibles psicofármacos. Sarah Kane intentó así un exorcismo que fue su testamento: sabemos que no logró lo primero, porque casi inmediatamente de concluir la pieza debió ser internada a raíz de una tentativa de suicidio con medicamentos, tentativa que consumó en el mismo hospital ahorcándose con los cordones de sus zapatos.

Todo esto es conocido de los espectadores antes de entrar a la sala de «Elkafka», y lo predispone a favor de la mujer que escribió con su sangre el drama  o tragedia- que veremos. El fúnebre antecedente tiende a anestesiar las facultades críticas. Casi se preferiría dejar la obra sin comentario alguno, sólo consignar datos como un recordatorio, un homenaje, una ceremonia mortuoria. Pero el crítico debe preguntarse qué significa Sarah Kane en la ya demasiado larga serie de escritoras cuya vida cobró tal intensidad que el suicidio aparece como la única salida posible, la irreprimible erupción de fuegos interiores. Así Safo, Sylvia Plath, Anne Sexton, Alejandra Pizarnik. ¿Es nuestra civilización un problema imposible de resolver para las mujeres que decidieron tomar el destino en sus manos? ¿Es el suicidio de estas mujeres el grito de independencia, primero y último, con que ellas y la vida nos demuestran que todavía pueden con esta civilización que destruye lo mejor de nosotros?

Por nuestra parte, y con todo el respeto que nos merecen «Elkafka», que es un templo, esta obra, que es casi un velatorio, Sarah Kane, que sabía escribir y Leonor Manso, tan perfecta y conmovedora como siempre, encontramos en 4.48 Psicosis, dos puntos objetables. En primer lugar, hay más sistema nervioso que alma y más psicosis que dolor; y no diríamos lo mismo de Pizarnik o Sexton, las hermanas mayores de Kane en el arte y en la muerte. En segundo lugar nos resulta abusiva la muerte después de anunciar esa misma muerte mediante el arte. Le encontramos un ribete de morboso exhibicionismo, como el hombre que hubo de suicidarse ante las cámaras de la televisión argentina. Es, como decía Proust, dejar pegada al regalo la etiqueta con el precio. El arte a menudo cuesta la vida: Flaubert y Marcel, entre otros, lo supieron. Pero el solitario de Croisset, que sabía de depresiones y aún de las convulsiones de la epilepsia, no condescendió jamás a aparecer, por mínimamente que fuera, en ninguna de sus obras, bajo ninguna forma; y sólo ahora sabemos, gracias a los trabajos de George Painter, cuántos insomnios y crisis asmáticas fueron el precio de las páginas luminosas y transparentes de «A l’ombre des jeunes filles en fleur», de equilibrio tan perfecto como el agua de un lago azul.

«4.48 Psicosis» se exhibe en Buenos Aires, hoy, no sólo en «Elkafka» sino por un conjunto boliviano. La obra fue puesta en escena en Francia por el teatro Bouffes du Nord, con Isabelle Huppert y dirección de Claude Régy, que se presentó más tarde en el teatro SESC de San Pablo, Brasil. *

 

4.48 PSICOSIS, de Sarah Kane con la actuación de Leonor Manso. Iluminación de Eli Sirlin, escenografía y vestuario de Agustín Garbellotto, diseño sonoro de Gabriel Barredo, dirección de Luciano Cáceres. En Elkafka, Lambaré 866 Buenos Aires.

: el arte a menudo cuesta la vida.

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