Hueso quevrado

En el decurso de su milenaria historia, el ser humano ha plasmado en la poesía algunos de sus más acuciantes temores y hondos padecimientos.

La poesía es, sin dudas, el vehículo más despojado y sincero que tiene un autor para expresarse ante sí mismo y ante ese prójimo con el que convive, interlocutor invisible y destinatario último de su obra, que es el lector.

Quizá la estructura poética, más que otras formas literarias, aún cuando carezca en muchos casos de lineamientos claros y concisos, ayuda al que escribe a descubrirse y descubrirnos su complejidad interior, funcionando como una efectiva ventana introspectiva.

Al igual que algunos de los más significativos exponentes de la poética universal, basta tan sólo recordar a Baudelaire y su hondo hastío existencial, Lautremont y su sombría y angustiosa alineación, Girondo y su melancólico y caótico paisaje interior, Vallejo y su hondura huérfana y coloquial, el autor uruguayo Hugo Achugar nos ofrece, en «Hueso quevrado» (con ve corta) la oportunidad de sondear sus más íntimas miserias y padecimientos.

Esta obra es una nueva oportunidad de reencontrar o quizá descubrir a un literato maduro en su concepción poética y capaz de demoler conceptos, para conformar imágenes poderosas y originales.

En esta oportunidad, Achugar nos propone, a través de su personal uso de las formas poéticas y narrativas, una angustiosa travesía por los paisajes de la desolación interior.

El propio título de la obra, con la heterodoxa palabra «quevrado» que representa al mismo tiempo una fractura existencial y literal, nos sugiere una expresión que se vale de las palabras pero que las trasciende, en un esfuerzo por recrear la compleja dimensión emocional del autor por medio de la propia ruptura del lenguaje.

Hugo Achugar se deja fluir a sí sobre el papel, despojado de máscaras y subterfugios que pudieran engañarlo o engañarnos. Desmenuza su dolor y sus temores con la frialdad de un cirujano que ensaya una disección, pero, al mismo tiempo, con la pena de un ser que necesita expresar su sentimiento para aliviar en parte su ominosa carga.

El autor no intenta exorcizar aquello que siente y le duele, sino, por el contrario, deja constancia de ese dolor, abordando un minucioso inventario moral, afectivo y existencial.

Es notorio el oficio del poeta, de aquel que ya tiene incorporado como un sexto sentido la cualidad de hilvanar sentimientos con formas de palabras. Este oficio es evidente aún en el aparente caos del decir poético de Achugar, aún cuando rompe constantemente las estructuras para crear otras nuevas y reduce el lenguaje a escombros para elaborar su propia lengua.

El poeta es, simultáneamente, un ser humano que sufre, vive, recuerda, maldice, blasfema, un hombre que eleva su grito hacia la noche, esa noche siempre poblada de espectros pasados y presentes.

Pocas veces un escritor se revela tan vulnerable y a la vez tan omnipotente como aquí. Muestra su pasión en carne viva, su orfandad y su impotencia ante lo inevitable, pero, al mismo tiempo, es el supremo hacedor de la palabra, la descoyunta, la pulveriza y la rearma a su antojo.

Achugar se permite utilizar desde el lenguaje más académico hasta el más coloquial, incluso llegando a lo «soez».

Compone a retazos, juntando imágenes fraccionadas, fragmentarias, dotadas tanto de lirismo como de brutalidad.

Sus versos parecen disímiles y reunidos a la fuerza, para que quepan en la estructura de un poema.

Sin embargo, a pesar de su aparente heterogeneidad, siempre acaban conformando una aparentemente imposible unidad y remitiendo inexorablemente a lo mismo: el desamparo, la muerte, la pérdida, la ausencia, la rabia de cargar la cruz de la memoria.

En algunos versos, el talentoso escritor desliza, deliberadamente, ciertos errores ortográficos, como una metáfora que pretende evidenciar esa fractura vital tan grande que no respeta ni siquiera el correcto decir, las formas más elementales de la redacción.

«Hueso quevrado» es una obra de profundo lirismo, que emerge en medio de la más pertinaz y visceral amargura, una curiosa amalgama entre belleza y destrucción, en la cual ambas se superponen y se retroalimentan. *

(Ediciones de Trilce)

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