"LOS RESTOS DE ANA" DE MARTIN INTHAMOUSSU Y GABRIEL CALDERON, EN LA ASOCIACION CRISTIANA DE JOVENES

Ana de los desastres

La obra contiene partes de cine y hasta parece haber sido concebida para la filmación. Comienza con un filme realizado por Ana, bastante defectuoso, que filma a sus allegados; pero el cine no se limita a ese prólogo y acompaña hasta el final la acción teatral a la que duplica, acompaña o cuestiona. Hay una banda sonora de gran volumen y la gestualidad de los autores y actores suele presentar el curioso agregado de pasos y movimientos propios del ballet o quizás del teatro danza. Como dicen los autores, se trata de «… un espectáculo interdisciplinario en donde la danza, el teatro, el texto, la música y la imagen audiovisual aparecen…». Pero no estamos de acuerdo, en cambio, con las palabras que siguen inmediatamente a esta frase: «… al servicio de la historia: las situaciones de cinco personajes relacionados a la vida de Ana». El «espectáculo interdisciplinario» no está al servicio de la historia. Lo ha invadido todo: la parte visual, y sobre todo la danza, ha aplastado con su presencia, hasta hacerlos casi indiferenciables, a los cinco personajes.

Las partes de este espectáculo «interdisciplinario» suelen ser defectuosas por sí mismas. El lenguaje, como en el caso de «Luna roja» de Gabriel Peveroni, es de una penuria expresiva desesperante, como extraído, no ya de la realidad, sino del peor teleteatro argentino. Sorprende que los autores no adviertan que expresiones como «¿Y vos, qué mierda querés?», que con mínimas variantes apareció muy a menudo en los diálogos, luego de dicha cinco o seis veces y en tono entre inquieto y amenazador ya no significa nada, ni siquiera como interjección. Se habló bastante de que se acaba de «coger» o que se podría coger; estas expresiones no aparecen como expresión de deseo, lujuria o satisfacción, sino como tarjeta de presentación de un nuevo estilo que no temería aludir frontalmente al sexo, como gambito con que infundir pavor en el público provecto.

Confesamos, sin embargo, que la única expresión que puede llegar a exasperarnos no es ninguna de las «palabras «malsonantes» (?), inanes al cabo de tanta repetición, sino el sedante y conformista «Está todo bien, está todo bien». La interpretación es insuficiente.

Es posible que sea deliberado que las voces y gestos de los actores sean prácticamente los mismos en los cinco personajes, pero ello no contribuye a la comprensión de la obra. Tampoco nos ilustraron mejor sobre Los restos de Ana los pasos de ballet: no vemos ninguna conexión entre su desastrada vida y las evoluciones de Inthamoussú y Calderón. El argumento no tiene interés, el efecto final es frío y árido, sin un adarme de emoción. La anécdota sucede, como es frecuente en las obras de la nueva generación, en el reino de nunca jamás y no se sabe de qué vive ninguno de los agonistas. Eso sí, Ana tiene dinero como para una filmadora y ocio suficiente para tres amores simultáneos; su madre tiene dinero y tiempo para un alcoholismo decretado en el Cielo que tampoco se explica. Los conceptos «trabajo» o «deber» no existen en el universo de Ana.

No sentimos que existan en el mundo de la muerta ni el amor ni el sexo. Ni el novio ni los amantes nos hacen sentir que la amaron o tan siquiera que la desearon. En cuanto a la misma Ana, a quien sólo podemos conocer a través de las referencias de sus cinco fantasmas, su vida parece muy poca cosa; y sus restos, como suele ocurrirnos a los humanos, no son nada. *

LOS RESTOS DE ANA, escrita, dirigida y actuada por Gabriel Calderón y Martín Inthamoussú, con vestuario de Catalina Bouza, iluminación de Miguel Grompone. En teatro de la Asociación Cristiana de Jóvenes, Colonia 1870.

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