Neuronas y Neurosis

Candidatos al descenso

Uno busca lleno de esperanzas el programa que los canales prometieron a sus ansias. Piensa que hay mínimos criterios de exigencias, que hay quien puede responder, con serenidad y confianza, que entiende que un horario central en televisión debe contar con el mayor esfuerzo, con la puesta en juego de todo el poder del medio para ganar ese nicho de mercado de audiencia que justifique el desafío de una producción nacional. No sirve de excusa que se trate de una co-producción.

Las esperanzas suelen perderse. Por reiteración de faltas, quizás. Por ausencia de interés, podría ser. El ejemplo de esa indiferencia, por tacharla suavemente, es «Las grandes ligas». emitido los martes por Canal 10, inmediatamente después del informativo. Inexplicable, casi incomprensible. Hay que razonar, siempre, sin olvidarse, que delante del televisor hay un ser pensante, un humano con más inteligencia de la que se cree, con neuronas que no están gastadas o inexistentes, y merecedor de un mínimo de consideración.

La televisión, a estas alturas, no debería sorprendernos por esas caídas en la chabacanería total pero siempre hay un espacio más que no rectifica sino que ratifica los errores, los sinsabores de esa apatía, ese adormecimiento de la creatividad.

 

Lo barato suele ser caro

«Las grandes ligas» quiere seguir los pasos de los programas que el mismo canal 10 importaba desde España, caso «Que apostamos», «Operación Triunfo» o «Grand Prix», que a pocos o a nadie interesaba, por esa lejanía de los participantes. Pero no es cosa simple transformar eso en algo con colorido propio, bien uruguayo. Con este ejemplo estamos probando que podemos ser subdesarrollados en todo lo que sea escenografía, utilería, armado de juegos, elementos que podrían agregar cierta nota de interés y no la pobreza lastimosa que se ve. El martes 22 fue penoso ver los disfraces de los participantes y los obstáculos que debían superar. Visualmente resultó carente de prolijidad, de cuidado mínimo, como si cada jugador fuera un simple objeto y no sujeto, mal vestidos, con indumentaria o disfraz toscos, grotescos. La diversión debe llegar por el camino más directo y más efectivo, el visual y si éste falla, casi nada queda.

Los juegos de esa noche fueron: «Las ranas», «Serenata colonial», «Ã‘andúes al rescate», «Los monos», «Mate y pico» y quizás alguno olvidado. En todos ellos, los jugadores debían sortear resbalones, golpes de bolsas lanzadas por los asistentes, con la gran atracción puesta en una caída en el agua.

A todo ello hay que sumarle una dirección de cámaras desnorteada, despreocupada de lograr una continuidad de cada prueba, con cortes imprevistos dejando la clara sensación de estar ante un programa compaginado y no de un seguimiento fiel a lo que estaba ocurriendo.

Por supuesto que merecen una mención especial los conductores, «El gran Gustaf» y Lucía Echegaray.

Hay que darle prioridad a la presentadora. Alguien hizo cierta vez un casting y encontró que podía tener posibilidades. Se la ubicó en «Desvelados» y ahora dio el gran salto, estar en un horario central. Quizás sea culpa del responsable de la idea mostrarla como contrapuesta a su compañero. Se la ve con aire serio, casi solemne, en esta nadería. Le falta, es muy claro, oficio. Quizás lo logre pero deberá alejarse del programa; no le es muy recomendable.

Gustaf es, sin duda, la mayor de las pifias. Este supuesto actor, que tiene un cierto aire murguero, lo que no es invalidante, se conocía por una serie de avisos comerciales para el diario El País. Gustavo Perini, su nombre real, entra en la categoría de payaso, lo que no es denigrante tampoco, pero sus bufonadas están libradas a una improvisación general, no sabe que un libreto por lo menos puede establecer líneas dentro de las cuales asentarse, apoyarse, mantenerse en equilibrio evitando la farsa intrascendente. Su hablar intercalando continuamente frases en inglés puede ser gracioso en el primer bloque pero al final del programa resulta una demostración de que no hay otros recursos porque ni ese ni el querer parecer un zafado, le dan valor.

Hablar rápido no siempre es una buena medida de inteligencia. Así le oímos hablar del agua acuática», vamos, hombre

El tiempo dirá si este programa sobrevive. Antes de cerrar, en ningún momento, se informa sobre cual es el premio que recibirá el club que termine ganando.

Quizás porque no se sabe cuánto va a durar la competencia y no hay que arriesgar mucho y así evitar una pérdida cuantiosa si hay un ganador. *

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