Visitando al señor Green, en El Galpón
La pieza dedica largo rato a describir el carácter huraño del Sr. Green, que se atempera cuando repara en que el afable Ross también es judío y se exacerba cuando se entera de que es homosexual. Como era de prever, en un antiparalelo semejante al de Sarita y Michele, de Eduardo Sarlós, poco a poco las distancias se van acortando y al fin el bueno de Ross juega un papel decisivo en un cambio de actitud del viejo que determina un emotivo desenlace.
Visitando al Sr. Green es teatro comercial, lo que no debe extrañar en un autor que fue ejecutivo de la Coca Cola. Es una máquina de producir efectos: efectos cómicos, fundados en la misantropía de Green, efectos dialécticos, muy elementales, cuando Gardiner compara la discriminación de los homosexuales con la discriminación de los judíos; efectos sentimentales en el desenlace, que parece sacado de esos programas de entretenimiento donde los padres se reencuentran, en medio de llantos y suspiros, con hijos a los que no vieron durante decenios. No hay ni en la observación ni en el apunte de la vida familiar ni en ningún aspecto originalidad alguna: la pieza avanza con la progresiva amistad o intimidad entre Gardiner y Green y a partir de la primera media hora puede predecirse, paso a paso, la escena siguiente y, por supuesto, el desenlace.
La labor de Pepe Soriano como Mr. Green es lo único que puede justificar la obra. El actor, del que conocimos aquí El loro calabrés, es un maestro, calidad visible en el cuidado minucioso de los más mínimos detalles de su labor. Así, es impecable en la composición física de su personaje; es perfecto en dicción, a la vez clara y con reconocible, pero no caricaturesco, acento iddish; es magistral en los tonos y volúmenes de una voz que maneja con increíble facilidad, y es sobrio pero muy expresivo en los gestos, con los que comunica el alma de su personaje tan bien o mejor que con la palabra.
Soriano merece todo el éxito de este espectáculo por su excepcional calidad de actor. La pieza apenas sostiene tan notable exhibición histriónica con una escritura apenas correcta, cuya traducción incurre en barbarismos como el insufrible «Es por eso que». La pieza presenta un bache hacia la mitad, momento en que la observación de la vida del anciano, que ya no da para más, cederá la escena a lugares comunes sobre los judíos y los homosexuales y, al fin, a un sentimentalismo ramplón que lo invade todo.
Un elemento curioso de esta puesta en escena es la similitud de la pieza con los mitos del despertar y la encarnación, como el relato evangélico de la Anunciación y con filmes como El año pasado en Marienbad; y más curiosamente con El camino a la Meca de Athol Fuggard, obra bastante superior a Visitando al Sr. Green que es desde hace cinco años un éxito de público en la interpretación de China Zorrilla. En las dos piezas el protagonista es un anciano solitario que recibe la visita catalizadora de una persona más joven (antes interpretada por Thelma Biral, ahora por Carolina Papaleo), que ha de producir un cambio decisivo en su vida; persona joven cuya anécdota personal más inmediata se relaciona con el sexo (la periodista de Thelma Biral o Carolina Papaleo viene de hacerse un aborto, Gardiner es homosexual, ambos están solos). Para hacer más curioso el paralelo, ambas obras son dirigidas por Santiago Doria y aun Visitando al Sr. Green es producida, en parte, por Bruno Pedemonti, hijo de los actores uruguayos Titino Pedemonte (a quien Soriano, al saludar al público, dedicó la obra), hoy fallecido, y la actriz de reparto de la primera versión de El camino a la Meca, Thelma Biral. *
VISITANDO AL SR. GREEN, de Jeff Baron, con Pepe Soriano y Marcelo Trepat, iluminación de Leandra Rodríguez, escenografía de René Diviú, música de Javier López del Carril, vestuario de Mariana Meligeni, dirección de Santiago Doria. En teatro El Galpón, sala César Campodónico. Estreno del 26 de agosto
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