Irene y yo mi otro yo

El show de Jim Carrey

Los hermanos Farrelly fueron observados con inquietud cuando asomaron con Tonto y Retonto: pese a las monerías de Jim Carrey y Jeff Daniels, el filme fue como una especie de bosquejo de una idea de desplegar una concepción humorística a partir de diferentes o freaks.

Esa forma de discurso humorístico, de lectura de la cotidianidad cobró mayor densidad y afinamiento cinematográfico con la excelente Loco por Mary: la historia de amor coral que desarrollan, y en donde los protagonistas son Ben Stiller y Cameron Díaz, operaba como disparador de una serie de situaciones tan jocosas como untadas al extremo por el grotesco.

Esa realidad monitoreada a partir de elementos narrativos utilizados en contrapunto por los Farrelly en relación a la típica comedia estadounidense con ramalazos melodramáticos en la línea de La boda de mi mejor amigo con su inmenso, luminoso e inevitable ‘happy end’, reaparece sin complacencias en Irene y yo mi otro yo. Los Farrelly, ya toda una marca registrada, convocaron una vez más a Jim Carrey para darle volumen y espesor a un agente policial de Rhode Island. El individuo es un verdadero desastre: tiene tres hijos de color que son una versión hip hop y alucinante de los nerds, su mujer lo abandonó y en el pueblo ni siquiera los chicos responden a sus advertencias.

El tipo es una burla del destino y, por lo tanto, está al borde del colapso por estrés, inseguridad personal y mínima sensación de autoestima. Todo junto es demasiado para el bueno de Charly (Carrey). Pero nadie en el condado contaría con la aparición temible de Hank, el otro yo decidido, manipulador, bocasucia, metelíos y descarado que buscará revertir su situación.

Charlie es gentil; Hank, lo contrario. Y pondrá en juego sus desdoblamientos cuando su jefe (un aplicado Robert Forster) le otorga la misión de devolver a una atractiva muchacha (Renée Zellwegger) a las autoridades neoyorquinas por antecedentes criminales y por estar aparentemente vinculada a la mafia.

En el extenso viaje con superficie de ‘road-movie’ que ensayan los Farrelly con un patrón de relato abierto a cualquier situación que le permite esta versión 2000 de Jekyll y Hide en la piel de Jim Carrey que, desde luego, hace su show entre aciertos descacharrantes y excesos ya habituales que pueden llegar a irritar a algún espectador. Pero todo sea en pos de defender a la blonda Zellwegger (la mujer del actor en la vida real), inocente de toda acusación y perseguida por la policía, los federales y la mafia.

En el zoológico autoral de los hermanos Farrelly, se delata abundante cinefilia y un uso estupendo de la iconografía pop estadounidense, como lo hacían los hermanos Coen en Educando a Arizona, aunque con otros propósitos y otra línea estética. El mundo lateral de los Farrelly es atrapado en el relato con una atmósfera insolente y un manejo de los roces y del armado de las secuencias que juega a favor de un modo de hacer comedia que los desmarca notablemente del resto. Carrey viene de dos grandes performances en El show de Truman y El mundo de Andy y, aquí, a pesar de sus enfáticas, demasiado enfáticas gestualidades, rinde como para que la platea disfrute a full. Merece verse.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje