ENTRE LO MEJOR DEL TEATRO URUGUAYO DE ESTE AÑO

Definición de la magia

Otras salas teatrales lo tuvieron, pero lo perdieron; y dado que en la ya larga trayectoria de «La casa de los siete vientos» esa cualidad o bien no estuvo presente o no lo estuvo con la intensidad de ahora, sospechamos que es una cualidad a la vez material y psíquica, formada, tanto en el teatro y sus alrededores, por acumulación de presencias y palabras vivas, como en la memoria de los espectadores, por la persistencia en la memoria de las obras que allí se representan. Stendhal se mareó con una sobredosis de las obras de arte florentinas; cuando tres viajeros llegaron en una ventosa mañana de invierno y bajo lluvia a la desolada iglesia de la Madeleine en el nido de águilas de Vézélay, comprendieron, con una mezcla de admiración y temor, el efecto que debió producir Bernardo de Clairvaux cuando predicó allí la segunda cruzada. De un tiempo a esta parte, diríamos desde la inolvidable «Yerma» (dirección de Arturo Fleitas),

La casa de los siete vientos se impregna de la seducción de las obras que presenta y quizás con sus fantasmas. También contribuyen los espectadores, a quienes la emoción del recuerdo y el reconocimiento de paredes, ladrillos y recovecos les suscita hasta alucinaciones y adjudican a la «Casa» obras que nunca se representaron en ella.

«La isla», de Martín Irigoyen y Darío Campalans, le ha agregado a La casa de los siete vientos una buena dosis de portento y misterio. Nada es corriente ni convencional, y el efecto «Brecht», tan mal traducido y peor comprendido como «distanciamiento» (por ajenidad sorprendida) se da desde que llegamos al lugar donde se ofrece la pieza, con su patio ajedrezado, su luz tenue, su rareza como escenario. Por momentos creemos estar en Buenos Aires, porque los mecanismos escenográficos que despliegan Martín Irigoyen y Darío Campalans, aparentemente simples pero de gran dificultad, tiene algo de las sorprendentes mutaciones que logra Norman Briski en su estudio -atelier- teatro «Calibán», en la calle México.

El título es adecuado. La pieza es una isla en el infinito océano de zonceras del teatro local. «La isla» intenta ir a lo hondo, a lo difícil, al riesgo. Donde nuestras tablas presentan obras a medio hacer, «La isla» muestra consciencia, tiempo y dedicación: todo en ella dice a las claras que una vez que Irigoyen y Campalans dieron al arte lo mejor de sí mismos, no se conformaron y fueron por más reflexiones, más sudor y más abnegación. En vez de vulgaridades pusieron refinamiento; en vez de un alud de balbuceos, tuvieron dicción clara y fuerza verbal.

Debemos reconocer, en honor a la verdad, que no entendimos del todo la trama. Esa lucha por el poder entre dos hermanos, aparentemente por el poder de la isla, que se hipostasia en una partida de ajedrez, ¡por una vez las piezas estuvieron bien colocadas sobre el tablero!, nos pareció bastante oscura; pero la habilidad corporal y la facundia con que los actores y autores llenan (y modifican) el espacio escénico nos parecieron absolutamente admirables, con un momento culminante en la escena final del nacimiento o la transfiguración.

Con «El polizón» de Mary Vázquez, «Quemadura china» de Verónica Perrota y «Rescatate» de Gustavo Bouzas, «La isla», no menos solitaria y enigmática que aquélla, es de lo mejor que el teatro uruguayo produjo en este año. *

LA ISLA, escrita, dirigida y actuada por Martín Irigoyen y Darío Campalans. En La casa de los siete vientos, Gonzalo Ramírez casi Lorenzo Carnelli.

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