El cuarto de los niños
«Luna roja» existe, antes que nada, en el mundo de la literatura, del mismo modo que «Sarajevo esquina Montevideo» del mismo Gabriel Peveroni existía más en la república de las letras, sea el dominio de Ivo Andric, sea el de Milan Kundera o el de Emir Kusturica, que en el mundo de nuestra dictadura militar. «Luna roja», como «Sarajevo esquina Montevideo» es un producto más caprichoso que frívolo: la dependencia de la literatura lo hace palidecer y su indiferencia, y no independencia, respecto de la realidad en que vivimos le hace perder vida y peso, como sucedía también en «Groenlandia». Hay en «Luna roja» algo dolorosamente frustrado, porque si no hay en la pieza realidad tampoco hay irrealidad. El Uruguay, América, los procesos sociales, la historia, ya sea grande o pequeña, están definitivamente ausentes: pero no opera, en el gigantesco vacío que dejan estos temas, ningún sueño, ningún universo de fantasías, ningún país de maravillas, ninguna noche de las que contar mil y una, que pueda sustituirlos. Es un doble aislamiento; y «Luna roja» parece tan ajena al sueño como a la tierra. Aislamiento peligroso y vida en riesgo: pero no hay nada que pueda envanecernos. Como escribió Heiner Müller, el suicidio es la coronación del onanismo.
Si «Luna roja» se limitara a la autocontemplación, a su inexplicada complacencia en los diecisiete años, edad que aparece en boca de varios personajes, si su puesta en escena fuera sólo una forma de solipsismo, si ocupara en paz su lugar en un posible museo de objetos curiosos, vaya y pase: pero «Luna roja» está enferma de importancia. Uno ve la obra y la encuentra malamente infantil; pero María Esther Burgueño escribió para acompañarla un prólogo, por algo Lichtemberg dijo que los prólogos deberían llamarse pararrayos, según el cual todo lo que antecede es un error. Desde el título, «Luna roja», Peveroni nos habla de los ciclos lunares, del ritmo menstrual; también alude a «La rama dorada» de Frazer. Podríamos agregar a Virgilio y a Laforgue, por aquel «per amica silentiae lunae«, o relacionar a «Luna roja» con el segundo cuarteto del soneto de Quevedo a la muerte del duque de Osuna «…su tumba son de Flandes las campañas / y su epitafio la sangrienta luna». Pero nos parece que basta abrir un libro de Mircea Eliade, o «The greek myths» de Robert Graves, o «Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada» de René Guénon para encontrar símiles, símbolos y analogías trascendentes para esta luna.
El estilo de «Luna roja» es insípido. Se habla de amor, pero el amor no se siente; hay un crimen, pero no vemos un criminal; se habla del destino, pero no hay historias. Todos los personajes tienen el mismo timbre de voz, la misma dicción, el mismo reducido vocabulario, el mismo ritmo. Lo que dicen quiere, a veces, sonar a misterio; nunca pasa de la media lengua de un niño que aprende a hablar. Justamente, «Luna roja» llega a parecer una obra para niños, pero no se define como tal ni convoca un público infantil. Ha convocado al público en general; por nuestra parte, admitiendo que podemos estar ante un gran escritor cuya sutileza y refinamiento escapa a nuestro campo visual, nos es imposible aceptar este aniñamiento del teatro. Para bien o para mal, somos personas mayores; y, como los niños, queremos ver obras para personas mayores. Ningún niño quiere ser un niño. *
LUNA ROJA, de Gabriel Peveroni, con Natalia Garrido, Alejandro Gayvoronsky, Enrico Greco, María José Lage, Elena Pedemonte, Jimena Prates, Virginia Rossi, Gabriel Vásquez, Nicolás Suárez y Adrián Prego. Escenografía de Claudio Goeckler, vestuario de Felipe Maqueira, asesoramiento de esgrima de Virginia Marchetti, banda sonora de Alfredo Leirós, dirección de María Dodera. En teatro Stella D´Italia (de La Gaviota), sala 2.
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