Siempre preocupado por la unidad latinoamericana y la integración de los pueblos

Los 80 años de Fidel Castro

Fidel Castro cumple hoy 80 años. Cuando lo vi por primera vez, yo era un niño. Fue durante su visita a Montevideo en 1959. Recuerdo las carreras en la Plaza Independencia y, aquella mujer que, cargando a uno de sus pequeños hijos, le gritaba que seguro eran familiares, por su apellido y su familia en España.

En la oficina, frente a mí, conservo una foto de su arribo a Montevideo, donde se lo ve dialogando con quien era la señora del primer corresponsal de Prensa Latina (PL) en Uruguay, «El Negro» Carlos María Gutiérrez, mientras saluda con un beso a la hija mayor del querido intelectual, en brazos de su mamá.

La prensa del momento informó que Fidel Castro, que visitaba Uruguay después del triunfo de la Revolución cubana (1 de enero de 1959), sobrevolaba territorio oriental para ver las inundaciones que ese año habían azotado este territorio. Hasta se dijo que había ofrecido ayuda.

Hace sólo unos semanas, el mismo comandante en jefe recordó durante su visita a la provincia argentina de Córdoba, que sin querer afectar a nadie, el mejor y más grande recibimiento popular hace 47 años, había sido en Montevideo.

Así, el comandante en jefe y su histórico uniforme verde oliva, habían llegado desde la oriental Sierra Maestra para quedarse entre nosotros, aunque recuerdo haberle comentado en su última visita (1995) a esta capital que aún le falta conocer el Cerro de Montevideo, cuna de rebeldía popular para los orientales.

En 1973, junto a un grupo de compañeros, tuve oportunidad de verlo por primera vez en Cuba, metido entre su gente. Fue en el entierro del histórico dirigente sindical Lázaro Peña, que su voz retumbó entre los miles de participantes, y nosotros que estábamos allí, tan cerca suyo, en una de sus intervenciones, compartimos el dolor de aquella pérdida del líder de los trabajadores cubanos.

En esa, imposible olvidar, ofreció una disertación sobre el importante papel del líder obrero, pero además y, fundamentalmente, sobre el trabajo y la dirección colectiva para llevar adelante los planes de la Revolución.

A nosotros, casi recién llegados, se nos dio por entender que eso era parte de una lucha contra el personalismo.

Recuerdo que nuestro grupo, que contaba con compañeros de entre 19 y 25 años, estábamos concentrados sin sacar la vista de sus ojos. Lo teníamos allí, tan cerquita, explicando cosas que, quizás más adelante, supimos entender y dar la dimensión estratégica que ellas tenían.

Siempre preocupado por la unidad latinoamericana y la integración de los pueblos.

Varios años después, junto a otros ocho compañeros uruguayos, tuve oportunidad de dialogar con él, en una sorprendente visita que nos realizara cerca de las tres de la mañana, antes de que partiéramos por un tiempo de Cuba.

Nos volvió a hablar de la importancia de la unidad latinoamericana, de la necesaria unidad e integración, para alcanzar con trabajo y sacrificio las conquistas que los pueblos anhelan.

Nuestra mayor alegría fue cuando nos enteramos que estaba contento por lo que habíamos alcanzado con nuestro trabajo, en ese período, aunque, en realidad, había sido él quien había adelantado los resultados, no tan claros para mí en ese tiempo.

Y es que además tiene la capacidad de trasmitir humildad y seguridad.

En la década de 1980, recuerdo verlo liderar y compartir la justa batalla contra la inmoral deuda externa, que aún hoy mantiene atrapados a los pueblos de nuestra América, entre otros.

En ese período, también concentró en La Habana a destacadas figuras internacionales, una reunión internacional de mujeres (en homenaje a un aniversario de la Federación de Mujeres Cubanas/FMC) y un congreso de periodistas, que también trató el tema de la deuda.

Pero, como para Fidel las tareas de la Revolución son permanentes, nada queda quieto a su alrededor, y, así, una vez más la tierra oriental de José Artigas, se dio el lujo de recibirlo, en una corta visita de algo mas de 36 horas (1995), de paso rumbo a una Cumbre Iberoamericana en Argentina y, a una posterior intervención en la Organización de Naciones Unidas (ONU).

El aeropuerto internacional de Carrasco fue una fiesta, con lluvia, y no solo de fotógrafos y cámaras de televisión. Con gran emoción recordamos que salimos con la palabra del comandante en jefe, en directo desde el lugar, y en cadena nacional en Cuba.

Pocos minutos antes de llegar los aviones que trasladaban a Fidel, y a la delegación que le acompañaba, increíblemente comenzó a caer una lluvia de granizo. Los trozos de hielo eran tan grandes que los fotógrafos y camarógrafos estaban asombrados.

De pronto, el cielo uruguayo cargado con nubes grises, comenzó a presentar una brecha por donde se colaron rayos de sol y, finalmente, el avión que trasladaba a Fidel Castro apareció ante nuestra vista.

De ese momento recuerdo además que, un camarógrafo argentino, con el que había compartido otras experiencias de transmisiones internacionales y trabajaba para una agencia de noticias, me comentó «no lo puedo creer, no me digas que Fidel trae el sol».

Le respondí sonriente: lo viste con tus propios ojos.

Había que ver y sentir los cánticos, las carreras, los gritos. La gente que había viajado del interior para verlo, aunque fuera solo pasar frente a ellos. Muchos gritaban y lloraban de emoción.

Unos le esperaban sobre la principal Avenida de las Américas, otros grupos se lanzaban hacia la Rambla montevideana. Nadie quería perder la oportunidad de verlo.

Recuerdo con precisión, cuando estando en el interior de la Intendencia de Montevideo (IMM), Fidel sintió como un rumor fuera del gran salón, y se viró para preguntar: ¿que es eso? y, como el silencio era largo, le contesté que era la gente en la calle que quería verlo y saludarlo.

Nada logró detenerlo. Hubo que abrir las ventanas que dan a uno de los balcones y, frente a él, más de 50 mil uruguayos cantaban y agitaban banderas de Cuba y Uruguay, sobre la principal avenida 18 de Julio.

Luego, con una expresión de cariño en su mirada al pueblo uruguayo, que le saludaba concentrado en la Explanada de la Intendencia, dijo en voz baja, y de una manera pícara, acompañado de una sonrisa: suerte que aquí no hay ningún micrófono, de lo contrario esto se extendería, vaya a saber hasta cuándo.

Su paso por esta tierra de Artigas, que representó José Martí, como cónsul honorario en Nueva York (Estados Unidos), hasta que regresó a Cuba, para levantarse en armas contra la colonia española, permitió también a las nuevas generaciones de uruguayos verlo de cerca, y recibir ese impacto racional y emocional que para muchos sólo nos provoca el comandante en jefe.

Sin embargo, y esperando que quizás le llegue de este artículo, por lo menos un comentario, en nombre de muchos patriotas uruguayos le pediré que se cuide comandante.

A pesar de que usted aún está en plena recuperación, hoy estamos felices, porque la vida nos dio la oportunidad de vivir el tiempo suyo comandante, ejemplo de un camino hacia el hombre nuevo del que nos habló el otro querido comandante, Ernesto Che Guevara.

Desde esta lejana, pero cariñosa Montevideo, reciba nuestro saludo y la decisión, junto a otros tantos miles, de estar siempre junto a usted.

 

(*) Analista Internacional y Corresponsal de Prensa Latina en Uruguay

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