El regreso de Odiseo
Los espectáculos de Alberto se sitúan a la vuelta de las esquinas peligrosas, en el lado oscuro de la luna, la arista nocturna de la vida. Un paso en falso es todo el detonador que se necesita para ser proyectado a un universo alternativo donde todos los signos que sostienen nuestras sociedades, y en primer término el lenguaje cotidiano, están suspendidos entre el sentido y la impresión pura, como congelados y hasta desprendidos de su contenido. Todavía quedan, como metáforas que aluden y homenajean a nuestro mundo, escombros y ruinas; pero la luz irreal que baña el cuadro, una de las características más notables de los espectáculos de Alberto, es tan alarmante como la de «La isla de los muertos» de Böcklin y tan intergaláctica como la que alumbra las Complaintes de Laforgue, viene de otra galaxia.
«Camas en el desierto», la primera obra de Alberto que se estrena en el nuevo Teatro del Sur, vuelve a recrear, como en obras anteriores, el mundo de los arquetipos, aquí a partir de un cruce de mitología griega y cristiana que abre y cierra un mundo. Odiseo regresa de la guerra de Troya y, en su peregrinación, que se alía con las aventuras de su hijo Telémaco, atraviesa los dominios de Circe, con quien tuvo un hijo, Latinus, origen de los latinos. El destino final de Odiseo es Ithaca, donde lo espera su esposa, infiel hasta la ninfomanía, punto en que Alberto deja de lado el relato homérico, donde no hay una línea que acuse a Penélope, para atenerse a la más arcaica tradición, que registra sus devaneos y sus vinculaciones con Dionisos.
Como vemos, desde el argumento los personajes están entre el ser y el no ser, entre su realidad y su no menos personal idea, ficción o sueño. De pronto Hermes puede ser Satanás, y presenciamos las tentaciones de Jesús en el desierto por el príncipe de las tinieblas; encontramos también las sorprendentes permutaciones que suelen suceder en los espectáculo de Alberto, mediante las cuales las identidades personales parecen disolverse y, en su fantástico caleidoscopio, hasta cuestionar la permanencia de la identidad del espectador. Hay que aceptar que la vida de un hombre es la de todos los hombres, que las diferencias individuales son meros narcisismos, y que los caminos pueden entrecruzarse y hasta intercambiarse; y a través de este aparente caos, el espectador entrevé la imagen, como en un negativo fotográfico, del fragmentado y desolado mundo de hoy. Posiblemente las dificultades de comprensión de la trama de «Camas en el desierto» sean deliberadas y tengan un sentido simbólico, como sería la visión de una inteligencia extraterrestre que igualara, no sin cierta indiferencia, todas las aventuras humanas.
Es costumbre de la crítica teatral una valoración pormenorizada de los diversos elementos de un espectáculo: interpretación, escenografía, iluminación, dirección y hasta vestuario. Estas obras deben ser la excepción, porque no sólo todos los elementos técnicos son realizados por el mismo Alberto Félix Alberto, sino que aun la interpretación lleva su inconfundible carácter. La forma ha sido, como siempre, una paciente depuración unida a un largo refinamiento de investigación previa y elaboración ulterior, y, como consecuencia, todos los elementos del espectáculo han sido fundidos en el mismo crisol para integrarse en una nueva forma viva, definitivamente distinta de sus partes.
Camas en el desierto, un espectáculo de Alberto Félix Alberto, con Ezequiel Eskenazi Stoey, Elizabeth Ekian, Norman Santana, María Alejandra Figueroa, Zully Oviedo, Eduardo Lito Molina y Tobías Pratt. Escenografía, vestuario e iluminación de Alberto Félix Alberto. En Teatro del Sur, Venezuela 2255, Buenos Aires.
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