"EL NUEVO MUNDO": UNA AVENTURA ROMANTICA QUE SOSLAYA LOS RASGOS MAS TRAUMATICOS DE LA COLONIZACION

A la conquista del paraíso perdido

La historia oficial, escrita naturalmente por los agresores, no registra toda la dimensión de la tragedia que se abatió sobre nuestro continente y barrió literalmente con las civilizaciones autóctonas radicadas en este lado del Océano Atlántico.

Sin embargo, cuando en 1992 el mundo hispano celebró el quinto centenario del denominado descubrimiento de América, afloraron voces disidentes que denunciaron los crímenes cometidos por los conquistadores y reclamaron un pedido de perdón que nunca llegó, el cual hubiera tenido un efecto reparador meramente simbólico.

Con mayor o menos rigor, el cine no ha permanecido ajeno a la controvertida conquista, con títulos que, en algunos casos, apostaron meramente a la taquilla y, en otros, a un abordaje bastante más crítico de la verdad histórica.

Sin mayor esfuerzo, podríamos evocar 1492, Conquista del paraíso, el recordado filme de Ridley Scott, una superproducción de cuantioso presupuesto y un multiestelar reparto internacional. Sin embargo, pese al dispendio de recursos materiales y técnicos y la presencia de talentos de la talla de Gerard Depardieu, esta película es un producto epidérmico y bastante olvidable.

Claramente situada en las antípodas está Aguirre, la ira de Dios, el magistral fresco histórico del maestro alemán Werner Herzog, quien describe, con inusual crudeza y contundente realismo, la barbarie y la alienación de los conquistadores españoles.

De todos modos, nos queda la sensación de que el cine mantiene una importante deuda con las víctimas del genocidio indígena perpetrado por colonizadores o meros aventureros, tanto en el Norte como en el Sur del continente americano.

El nuevo mundo, el filme del realizador Terrence Malick, de reciente estreno, aborda nuevamente las consecuencias de esta colisión entre culturas, mediante un trazo que privilegia más la aventura que la mirada testimonial.

El talentoso cineasta, que debutó en el largometraje en 1973 con Malas tierras, ha tenido una incursión bastante esporádica en los estudios cinematográficos. Sin embargo, en 1999, nos impactó con el magistral filme bélico La delgada línea roja, una suerte de ejercicio humanista que reflexiona sobre la patología de la guerra, tanto desde la trinchera norteamericana como de la japonesa.

En este nuevo título, Malick retoma el personaje de Pocahontas, la indígena que popularizó la casa Disney en versión animada, pero con personajes de carne y hueso.

El relato se centra en el arduo proceso fundacional de Jamestown en 1607, el enclave de la corona inglesa en tierras americanas. Uno de los protagonistas de esta aventura, de aliento épico, es el capitán John Smith (Collin Farrell), un hombre ambicioso que aspira a ingresar por la puerta grande de la historia.

Sin embargo, al ser capturado por la tribu nativa powhaten, conoce a una joven indígena casi adolescente, con la cual entabla un romance prohibido, al cual se oponen enérgicamente el cacique y otros aborígenes.

Sin embargo, resulta de meridiana claridad que el mayor desencuentro entre colonizadores y nativos no es el amor entre ambos jóvenes, sino una férrea disputa territorial por la propiedad del espacio vital.

Obviamente, no se necesita ser historiador para saber que el conflicto se dirimió mediante la violencia más despiadada, cuando los anglosajones emplearon su poder de fuego para exterminar a los nativos y despojarlos de sus tierras.

Contrariamente a lo que podría presumirse, Malick soslaya los aspectos más críticos de un debate nunca saldado, concentrándose, en cambio, en la pareja de jóvenes enamorados, sus encuentros y eventuales desencuentros.

Pese a que el filme está relatado mediante voces en off, lo que emula una práctica muy arraigada en el cine europeo, el producto final es bastante liviano y epidérmico.

El dramatismo de la mentada confrontación entre culturas está limitado a un par de batallas cuerpo a cuerpo, en las que el realizador sí demuestra su indudable talento en el trabajo de cámaras, al igual que en la imperdible La delgada línea roja.

En esas circunstancias, las mayores virtudes del filme son los lujos formales, de reconstrucción de época y ambientación, con un protagonismo muy importante para la labor del fotógrafo Emmanuel Lubezki.

En un relato excedido en metraje sobresalen, sin embargo, los brillantes encuadres de paisajes naturales filmados con un esmerado cuidado en los detalles, lo que transforma a esta película en un producto atractivo y muy consumible.

Sin embargo, el pretendido discurso humanista de El nuevo mundo se agota y desdibuja rápidamente, reduciéndose a un filme de aventuras, cuya poética se limita meramente a la imagen. *

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