El Museo de las Ventanas Verdes
Con el nombre oficial de Museo Nacional de Arte Antigua o, más familiarmente, museo de las Ventanas Verdes, llamado así por estar situado en la calle del mismo nombre, ocupa las instalaciones del viejo Palacio de los Condes de Valmor, del siglo XVIII, luego de la Exposición Ornamental de 1882 y de su designación inicial como Museo Nacional de Bellas Artes y Arqueología.
Situado en una suave colina que bordea el río Tajo y con un espléndido jardín-terraza interior desde donde se visualiza la otra orilla, su vasto acervo, conformado por más de 44 mil obras, el conjunto más representativo del arte portugués desde la Edad Media hasta el siglo XIX. Pero también, y no menos importante, es el acervo de pintura extranjera, principalmente flamenca, italiana, española y alemana. Remodelado sucesivamente a partir de 1940, fue considerablemente ampliado al paso de los años, y el más decisivo fue en ocasión de celebrar el quinto aniversario de los descubrimientos portugueses en 1992, con una modificación estructural interior de gran importancia. Se convirtió así, en un museo modelo, con una biblioteca especializada de 36 mil volúmenes, un gabinete de dibujo y grabados para estudiosos, una tienda-librería y un café-restaurante de primer nivel. Al lado, un edificio dedicado a las restauración del patrimonio nacional.
Una sala de grandes exposiciones temporarias alberga, en estos momentos , la Colección Rau, con obras de Fra Angelico, Taddeo di Bartolo (magnífico), Crivelli, Cranach, Canaletto, Tiepolo, Ruisdael, Franz Post, Philippe de Champaigne, Largillière, Boucher, Fragonard, Hubert Robert, El Greco, Gainsborough, un curioso y excelente Bazille, exquisitos Cézanne, Manet, Degas, Monet, Renoir, Sisley y Pisarro entre los impresionistas, un soberbio Paul Signac, en el más puro estilo puntillista, un enérgico André Derain de su primer período fauve, al igual que Van Dongen, Dufy, Vlaminck, el italiano Morandi y terminar con Bonnard. Se la podrá ver hasta el 17 de setiembre. Es un breve aperitivo para la colección permanente del museo distribuida en dos pisos.
Los sucesivos directores han sido personalidades eruditas que dejaron su huella e hicieron aportes esenciales para el esclarecimiento de identificaciones de obras y autores, aceptando donaciones numerosas. La más importante fue la de Calouste Gulbenkian quien, entre otras maravillas, obsequió el Retrato de Mariana de Austria de Velázquez.
Ese cuantioso acervo proviene, desde su arranque, de los monasterios portugueses extinguidos en 1834 y luego de la nacionalización de los bienes de la iglesia y de la corona, con incorporaciones del mobiliario de algunas catedrales, palacios episcopales y reales a consecuencia de la instalación de la República en 1910. Como sucede en la mayoría de los museos, coleccionistas privados contribuyeron al enriquecimiento y diversidad del acervo inicial. Aunque la pintura es el núcleo fundamental, las salas de orfebrería (Custodia de Belén (1506) de Gil Vicente del siglo XVI, obra suprema de la imaginación), el mobiliario, textiles, cerámica, vidrios, testimonios indudables del imperio portugués en su expansión por Japón, India, China y Africa. Esa variedad hace del Museo de las Ventanas Verdes, un museo único en el mundo.
Porque dos obras, dos obras únicamente, justificarían el desplazamiento a Lisboa para conocerlas. Por un lado, Los paneles de San Vicente de Nuno Gonçalves, el mayor pintor portugués, obra emblemática de la época de los descubrimientos. Por otro, Las tentaciones de San Antonio de El Bosco, un tríptico de inagotables significados. Demorarse en esos cuadros, es una de las mayores gratificaciones que un aficionado puede obtener. Los paneles de San Vicente, obra enigmática, con una iconografía todavía no suficientemente dilucidada, consiste en un políptico de seis pinturas sobre madera de 2.20 x 1.40, representando 60 personajes de la sociedad epocal. Su autor, Nuno Gonçalves, ya mencionado en las crónicas de Francisco de Holanda en el siglo XV, fue pintor de cámara del rey Alfonso V (1437-81) y aunque no se conserva ninguna obra suya se conjetura con alto índice de convicción de numerosos eruditos como el autor de los Paneles de San Vicente, con fecha probable entre 1460 y 1470. Una obra monumental por sus dimensiones (su ubicación, encontrada en la iglesia lisboeta de San Vicente obedecía a otra disposición que también en el museo se fue modificando a lo largo de los años) y la componente social de personajes que registra. Obra capital, referente único y aislado, retrato implacable de un momento histórico de Portugal.
Esos seis paneles, descubiertos en 1882, en la iglesia de San Vicente por el pintor Columbano, está formada por seis cuadros, agrupados de a dos: los dos mayores, del Infante Don Enrique y del Arzobispo, ladeados, a la izquierda por el de los Frailes y de los Pescadores, y a la derecha, por el de los Caballeros y de la Reliquia.
El santo está representado solitario e inmóvil, rodeado de todos los sectores sociales (aristocracia, religión, ejército y pueblo, con un fuerte sentido escultórico y una intensidad sicológica de imponente sugestión, en una paleta de colores que del blanco de los Frailes a la policromía de las dalmáticas. Una obra maestra, sin duda, plena de enigmas, de interrogantes, de infinitas interpretaciones.
El tríptico Las Tentaciones de San Antonio de El Bosco, estudiada en todos los libros, junto con la parte posterior en grisalla, ejerce una fascinación en su intrincada red de narraciones simbólicas, desbordantes de inventiva y sentido.
El recorrido, sin ser apabullante, produce el impacto en varias salas. Varios monjes de Zurbarán, de tamaño, natural, San Leonardo de Andrea della Robbia, San Jerónimo de Durero, Autorretrato de Andrea Del Sarto, una delicada composición que se aproxima a Leonardo, la Fuente bicéfala de mármol de la época manuelina, principios del siglo XVI, los biombos Namban del XVI, el centro de mesa de plata de François.Thomas Germain, los tapices y cerámicas persas, un pequeño y delicioso Fragonard (Las dos primas), Apolo, mármol griego del siglo V a. C., Bodisatwa, bronce japonés del siglo VII y El hombre de la pipa de Courbet (estos tres últimos, ofrecimientos de Gulbenkian), Virgen con Niño de Hans Memling, La santa Familia de Gossaert, Retablo de la Virgen de los Dolores de Matsys y Salomé de Lucas Cranach, quedan en perenne recuerdo del visitante. *
(Quinta de una serie de notas sobre un viajea España y Portugal)
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