Diana Krall en el Plaza

Buena cantante y un guitarrista de primera

Su técnica vocal, que combina vibratos, susurros, dinamismo, inflexiones, rispideces y acentuaciones rítmicas variadas, fue el vehículo apto para los viejos temas populares que ella utiliza para seducir los auditorios en todo el mundo.Su cuarteto funciona para el lucimiento de la directora.

El contrabajo de Benjamín Wolfe se limitó a un correcto «walking bass», tanto en el acompañamiento como en sus escasas intervenciones solistas, y Redney Green no pasó de ser un discreto y respetuoso baterista.

Pero con los primeros títulos ejecutados (los clásicos «Love Being Here With You», «All Or Nothing At All», «Let’s Fall In Love» y «I’ve Got You Under My Skin»), el público hizo su reconocimiento a un nuevo talento: el guitarrista Dan Faehnle, seguidor de la escuela de Kenny Burell y Tal Farlow, exhibió una inventiva y un swing bastante más creativos que los que desarrollaba Diana en su piano, demasiado fría en su estilo de acordes y «block chords» con armonizaciones y fraseos que recordaban a George Shearing.

Con el correr de los siguientes temas («Devil May Care», «Pick Yourself Up», «East Of The Sun» y los demás), los aplausos que premiaban las ágiles improvisaciones de Faehnle fueron cada vez más intensos. Antes de cumplir la hora y media de actuación, la cantante se levantó, saludó y dio por terminado el concierto.

El cuarteto volvió para interpretar un movido «Frim Fram Sauce» y, ante la insistencia del público, Diana tocó el piano y cantó a solas el hermoso «I fall In Love Too Easily». Quizá pueda criticársela al exagerar la cualidad sensual de su voz, pero es evidente que esa es una de sus cartas de triunfo.

Nada nuevo, en definitiva, pero fue una velada muy agradable y placentera.

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