Neuronas y neurosis

Imaginación ¿perdida o rescatada?

No es la primera vez que el tema es considerado. Hasta hace poco, la respuesta era una sola, la imaginación había sido avasallada, destrozada, abandonada. Claros ejemplos del siglo XX fueron el pase de la radio a la televisión. En la radio uno escuchaba los radioteatros y dejaba que nuestro cerebro compusiera a su gusto las figuras de los protagonistas, rubias platinadas, ojos azules, esbeltas y hermosas muchachas que solían caer en brazos de galanes altos y musculosos y los veía corretear por los campos libres de la grosería de la ciudad. La pantalla chica, aún en blanco y negro, dejaba algunos espacios para que agregáramos el color a los rostros, el ropaje, al ambiente. Cuando llegó el color se eliminó definitivamente el juego de armar nuestro propio espectáculo.

Ya todo estaba a la vista, o casi todo. Quedaban escasos tiempos para que incorporásemos nuestro mísero aporte a lo que veíamos. La censura era uno de los frenos y los desnudos eran ocultados en tinieblas u oscureces moviendo allí la ensoñación voyerista, limitada a revistas de alto calor. Pero esto también se terminó.

Otro de los obstáculos eran las horas o minutos pasados desde el hecho hasta su puesta en el aire. Y con esto quedó desde Vietnam ya enterrado porque todos tenían la posibilidad de ver, en el momento, como mataban a sus hijos o amigos. Así pasó con todas las otras guerras que siguieron.

Los informativos, sin duda, han sido los mayores responsables de ese golpe a la imaginación porque la muerte comenzó a ser simultánea, al alcance de los ojos. Y en los informativos, en los últimos años, el cambio llegó a la devastación. Casi no importan las noticias políticas, que siempre habían sido vencedoras en el primer lugar de cada noticioso, porque ahora importa más un choque violento, donde un motociclista pierde la vida contra un camión y su cuerpo es exhibido sin recato, alguna vez algo alejado, otra vez cubierto a medias, pero siempre dejando ver alguna parte de esa vida que se fue, una mano que escapa de los diarios, un pie destrozado, la sangre en la calle. La violencia está en nosotros, parafraseando el título de un filme, pero el machaqueo, el regusto por la violencia sigue superando los límites de la cordura, más cuando esos límites se trasladan a lo internacional y es posible ver pedazos de humanos que quieren vivir y perderán la lucha, sin duda, en los informes de atentados, o cuerpos inflados flotando en aguas de ríos desbordados y la gente llorando, gritando, aullando una pena que por ajena no deja de ser propia.

Claro que tanta insistencia, además, se apareja a la insensibilidad. Ya nadie se asusta de miles de muertos en otros mundos, ni de cinco o diez que un temporal pueda dejar en nuestro país. Porque, también es cierto, en el próximo informativo ya habrá otros que hagan olvidar tragedias en un suspiro o en un simple «la pucha qué fulero».

Sin embargo, hay algún atisbo -y eso debe ser reconfortante- de la vuelta a la imaginación. Surge de cada armado de la noticia, de la interpretación que el periodista le dé, de la verdad o falsedad con que se maneja cada dicho -muchos ejemplos en los últimos tiempos han generado reacciones que desdicen lo que se ha dicho o hecho, ya sea por mala interpretación o por simple manipulación.

Ahí está el inicio de la salvación. El lograr cernir, el desmenuzar los gruesos manejos y rescatar lo válido, lo verdadero de lo que se nos cuenta. Quizás, entonces, tengamos que volver a la vieja radio para que nos deje crear nuestra versión, sin intermediarios trucadores, aunque también debe asegurarse que en el dial los mentirosos están a la orden del día, de la hora, del minuto.

Las salidas cada vez son más estrechas. La globalización, palabra maldita, unifica toda la comunicación, también la escrita, por lo que habrá que dejar que la imaginación tenga voluntad y coraje para discernir lo real o por lo menos inventar un ideal personal, incontaminado.

Tarea difícil como pocas. Pero no imposible. El hastío, el hartazgo, el ocultamiento, el desconocimiento, el silencio, la autocensura, van a ser los responsables directos -aunque no los busquen- del regreso de la inteligencia y del triunfo sobre los espejismos.

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