Cadáver se necesita
El género policial, si bien puede considerarse actualmente en pleno auge editorial, ha sido y es consecuentemente bastardeado en pos de la masividad y la repetición, aparentemente casi infalible desde el punto de vista económico, de grises y trilladas fórmulas.
La apelación a situaciones explotadas hasta el hartazgo, los personajes unidimensionales a medio camino entre la novela negra barata y la novela rosa, la inevitable relación sentimental del detective o investigador de turno con su cliente, algún acontecimiento del pasado que retorna para atormentarlo, o la llegada del caso que le permite redimirse de sus errores pasados, son recursos que no por agotados desde el punto de vista creativo, dejan de ser rentables.
Si bien los europeos han sido -a lo largo de la historia- los máximos cultores de la novela de misterio, basta recordar personajes emblemáticos como Poirot, Miss Marple, el Padre Downey, Auguste Dupin y Sherlock Holmes, para citar tan sólo unos cuantos, es a los norteamericanos que debemos la novela policial crudamente realista, la llamada hard boiled.
Inspiradas por el auge de los gángsters, en la década del veinte, talentosos novelistas comenzaron a retratar la cruda realidad de los barrios bajos, las luchas entre bandas, la crisis económica, la desesperación del ciudadano medio y los testimonios sobre el derrumbe del tan mentado sueño americano.
Verdaderos referentes de la novela negra norteamericana, como Chandler, Hammett, Burnett, Scout, Woolrich, entre otros, llevaron al género hasta sus cotas más altas de realismo, escrutando la realidad a través de una mirada amargamente irónica y salvajemente crítica.
Esta nueva vertiente, que reunía elementos de la novela de suspenso europea pero se despegada notoriamente de ella, instauró en el imaginario colectivo un nuevo tipo de héroe, o mejor dicho de antihéroe, un protagonista muchas veces tan corrupto y miserable como el submundo en el cual se movía.
Simultáneamente al auge de la novela negra, el cine comenzó a adaptar las mejores obras y, al mismo tiempo, a retroalimentar el origen literario del género. El cine europeo abrevó de este nuevo enfoque, dotándolo al mismo tiempo de su particular sensibilidad.
El escritor compatriota Milton Fornaro, de fecunda y dilatada trayectoria tanto dentro como fuera de fronteras, es, más allá de las variadas temáticas que aborda en sus obras, uno de los más firmes referentes de la mejor tradición de la novela negra en nuestro país.
El autor demostró su innegable oficio literario, en obras como «La muerte hace buena letra» (1993) destacada antología de cuentos policiales uruguayos, «Nueve en cuerpo 18″ (1968), «Los imprecisos límites del infierno» (1979), «Descuentos» (1998) y «Murmuraciones inútiles» ( 2004), para destacar tan sólo algunos títulos de su variada y fecunda producción.
En «Cadáver se necesita», el escritor nos propone un retorno a las fuentes, ofreciendo un destacable exponente del mejor policial negro. Si bien son innegables e inevitables las variadas influencias del policial americano, el talentoso narrador uruguayo posee un evidente oficio y un toque absolutamente personal.
Milton Fornaro comparte la visión desencantada y cruda de autores de la talla de Raymond Chandler, Fredric Brown o Samuel Dashiell Hammett, pero no cae en la burda repetición ni en el plagio disfrazado de homenaje.
Muy por el contrario, Fornaro construye una novela contundente y de estilo personal y adaptada a nuestra realidad, aunque no cae en el recurrente panfleto localista.
El protagonista, Mendoza, es un arribista que sobrevive malamente a base de engaños, mentiras y una actitud acrílica y obsecuente, que recuerda a antihéroes como el personaje protagónico del magistral filme «El conformista», de Bernardo Bertolucci.
Mendoza es detective, pero más que de su oficio vive de la estafa, que practica contra muchos de sus clientes clientes, «trabajo» muchas veces más redituable y menos riesgosa que la propia investigación.
Milton Fornaro imprime a su relato un ritmo ágil que sabe dosificar la tensión dramática, aunque no por eso deja de lado un impecable manejo del humor negro y el sarcasmo. *
(Editorial Alfaguara)
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